Capítulo 6 El precio de la osadía
IAN
El ardor en mi mejilla izquierda es puro fuego.
Me quedo estático, sintiendo el pulso acelerado en mi sien. Nadie en la calle, ni el tipo más rudo de la banda, se ha atrevido jamás a levantarme la mano. Y ahora, la pulcra asistente del senador me ha cruzado la cara de un golpe en mitad de la puta oficina de mi taller.
Una parte de mí, esa que aprendió demasiado joven que cada golpe se devuelve, quiere reaccionar con violencia. Hacerle entender que acaba de cruzar una línea que no dejo pasar tan fácilmente.
Pero cuando giro lentamente el rostro y la observo, otra parte de mí se enciende de una forma completamente jodida. Su cuerpo tiembla ligeramente y sus ojos me observan llenos de expectación y rabia contenida, pero ni siquiera en esta maldita situación aparta la mirada.
Y joder, se ve jodidamente hermosa con las mejillas encendidas y el afán impreso en la mirada por hacerme retroceder. Con un movimiento rápido, tomo su barbilla entre mis dedos, sujetándola con firmeza y apretando quizás un poco más de la cuenta.
—Tienes muchas agallas, Alana —siseo, inclinándome hasta que mis labios casi rozan los suyos. Sonrío porque su osadía, su ímpetu y su valor me fascinan de una extraña y retorcida forma.
Su respiración entrecortada me golpea el rostro. Su perfume floral me nubla ligeramente el juicio, tan fuera de lugar en este galpón lleno de grasa, humo y metal. Muerdo mi labio, contemplándola sin saber exactamente si darle una lección o besarla como un puto poseso.
—Suéltame... —balbucea de pronto, apoyando sus manos en mi pecho y tratando de alejarme, pero no consigue moverme ni un poco.
Nuestras miradas vuelven a conectarse y reconozco que realmente se siente herida.
—No vuelvas a hacerlo.
—Entonces no vuelvas a llamarme puta.
Su respuesta me toma por sorpresa. No hay una sola vacilación en su voz. Está asustada. Lo sé. Pero incluso así me desafía.
—No eres lo que esperaba, florecita.
—Y tú eres exactamente lo que esperaba.
Suelto una carcajada seca.
—Eso ha dolido más que la bofetada.
Por un instante, algo cambia entre nosotros. Sus ojos bajan durante una fracción de segundo hacia mi boca y mi mirada desciende hacia la suya.
Joder. Estamos demasiado cerca.
Puedo sentir su respiración contra mi rostro. Mis dedos siguen sosteniendo su mandíbula. Solo tendría que inclinarme unos centímetros. Alana parece darse cuenta de lo mismo porque su respiración se detiene.
Entonces recuerdo quién es. La asistente de Cooper. La mujer que cree conocer a mi padre mejor que yo.
La burbuja explota.
Suelto su rostro y me aparto. Abro la puerta y, justo antes de salir, le dedico una mirada.
—Ahora sígueme.
Cuando me alcanza, coloco una mano sobre su cintura y la conduzco hacia el galpón principal, donde el Ruso y los demás esperan.
—¡Atentos todos! —elevo el tono—. A partir de hoy, esta mujer está conmigo. Nadie la toca. Nadie se le acerca. Y nadie vuelve a ponerle una puta mano encima sin mi permiso. ¿Quedó claro?
El Ruso le dedica una mirada de reojo y asiente de mala gana junto al resto. Me giro hacia ella y encuentro su expresión iracunda.
—¿Qué?
—No soy de tu propiedad.
—Nunca dije que lo fueras.
—«Esta mujer está conmigo» —repite, imitándome—. ¿Qué demonios se supone que significa eso?
Camino hacia la salida.
—Que si el Ruso vuelve a acercarse a ti, tendrá que responder ante mí.
—Puedo defenderme sola.
Miro de reojo sus tacones.
—Eso ya lo dejaste bastante claro.
—Andando, florecita. Vamos a nuestro nuevo hogar.
Sonrío.
Definitivamente no es lo que esperaba.
Media hora después, las puertas del ascensor privado se abren y Alana entra detrás de mí al departamento.
Mira a su alrededor y sé exactamente cuándo se vuelve consciente de la realidad.
—Hogar, dulce hogar —murmuro en tono burlón.
Mi departamento ocupa prácticamente toda la planta superior del edificio. Es un enorme loft de hormigón visto, acero oscuro y ventanales con vistas a las luces de la ciudad.
No hay demasiados muebles. Una cocina abierta. Una barra. Un sofá. Al fondo, mi cama y, junto a esta, el baño detrás de una pared de cristal.
Alana mira hacia un lado y luego hacia el otro. Contengo una sonrisa porque sé exactamente lo que está buscando.
—¿Dónde están las habitaciones?
Dejo las llaves sobre la barra.
—Estás mirándola.
Se gira hacia mí.
—¿Qué?
Señalo el espacio.
—Esto es un loft, florecita.
Sus ojos recorren nuevamente el departamento. Mira la cama, el baño y después a mí.
—No.
Me apoyo contra la barra y cruzo los brazos.
—¿No qué?
—Yo no voy a dormir ahí.
—Perfecto —señalo el sofá—. Puedes dormir ahí.
Sus ojos se abren.
—¿Yo?
—Es mi cama.
—¡Tu padre dijo que me mudaría contigo! Nadie mencionó que tendría que dormir en tu maldito sofá.
Esta vez suelto una carcajada.
—Entonces habla con él.
—Eres un imbécil.
—Eso ya me lo han dicho.
Alana se lleva ambas manos a la cintura.
—Necesito una habitación.
—No tengo.
—Pues tendrás que conseguir una cama.
—No.
—¿Un colchón?
—Tampoco.
—¿Y dónde demonios se supone que voy a dormir durante un año?
Finjo meditarlo y me encojo de hombros.
—Ese parece ser tu problema.
Alana aprieta la mandíbula.
—Te odio.
Sonrío.
—Y apenas llevamos unas horas casados.
—Ni siquiera estamos casados todavía.
—Entonces todavía estás a tiempo de salir corriendo, florecita.
Por primera vez, Alana guarda silencio. Los dos sabemos que podría marcharse, pero también sabemos lo que está en juego.
Su carrera. Mi hermana. El maldito acuerdo con Cooper.
Alana desvía la mirada hacia la cama.
—Ni lo sueñes —advierte, señalándome con un dedo—. Jamás voy a compartir una cama contigo.
Camino lentamente hacia ella. Su dedo termina apoyado sobre mi pecho cuando me detengo a unos milímetros de distancia..
—Tranquila, florecita —murmuro—. No eres mi tipo.
La indignación aparece inmediatamente en su rostro.
Sonrío.
—Pero tenemos todo un año para resolver si te acostarás o no en mi cama.
