94, una venganza personal

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Capítulo 5 Un infierno

ALANA

El aliento del Ruso apesta a alcohol barato y tabaco. Sentir sus dedos toscos rozando mi cabello me revuelve el estómago y hace que toda mi anatomía se tense. Miro a Ian, esperando que haga algo. Lo que sea.

Pero no se mueve. Solo se limita a cruzarse de brazos y apoyarse perezosamente sobre una columna de hormigón. Sus ojos oscuros me observan con una gélida indiferencia. Ni siquiera parece importarle lo que pueda pasarme.

«Defiéndete sola, princesita», parece decirme con la mirada.

La rabia sustituye al miedo en un segundo. Si estos imbéciles piensan que voy a llorar y suplicar, están muy equivocados. No he llegado tan lejos dejándome pisotear por hombres poderosos y no voy a empezar a hacerlo ahora con tipos de su calaña.

Aprieto los dientes y levanto la pierna derecha, clavando la punta de mi tacón directamente en la pantorrilla del Ruso.

—¡Maldita zorra! —ruge, tambaleándose hacia atrás.

Aprovecho su descuido para impactar mi mano con fuerza en su mejilla. La bofetada resuena en todo el galpón. A mi gesto le sigue el silbido de algún idiota, mientras que el Ruso queda completamente inmóvil durante un segundo que parece una eternidad. Después, sus ojos se llenan de furia.

—¡Maldita hija de puta, ya verás!

Se abalanza sobre mí. Retrocedo por instinto, cerrando los ojos mientras espero el golpe, pero este no llega. Cuando los abro, Ian está de pie junto a él, sosteniendo su muñeca.

—Ya fue suficiente, Ruso.

Su voz es baja. Tranquila. Eso la hace todavía más aterradora y amenazante.

—¿Qué te pasa, 94? —gruñe el Ruso, intentando liberar su brazo—. Es una de ellos. Trabaja para el viejo.

Ian no lo suelta. Solo le dedica una mirada cargada de advertencia.

—He dicho que basta.

El Ruso vuelve a forcejear, pero Ian aprieta con más fuerza.

—Después de todo lo que ese hijo de puta nos hizo, ¿ahora vas a proteger a su gente?

Por primera vez desde que llegamos aquí, algo cambia en la expresión de Ian. Dura una fracción de segundo, pero lo noto.

—Yo la traje —sentencia—. Yo decido qué pasa con ella.

El Ruso lo observa en silencio, bufa exasperado y se libera de un tirón, haciéndose hacia atrás, mientras Ian posa sus ojos en mí.

—Camina, Alana.

No necesito que me lo repita. Mis piernas todavía tiemblan mientras lo sigo por un estrecho pasillo hasta una pequeña habitación al fondo del taller. Hay una mesa de madera, dos sillas y una luz amarillenta que parpadea sobre nuestras cabezas.

En cuanto entro, Ian cierra la puerta. Me giro inmediatamente hacia él.

—¿Qué demonios fue eso? —suelto.

—Una bienvenida.

Lo miro incrédula.

—¿Una bienvenida? Ese psicópata acaba de intentar golpearme.

Ian se apoya contra la mesa y me regala una sonrisa burlona.

—Tú le clavaste un tacón y le cruzaste la cara.

—¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que dejara que me atacara mientras tú disfrutabas del espectáculo?

Se relame los labios, viéndome unos instantes, y finalmente se encoge ligeramente de hombros y apoya las manos en el borde de la mesa.

—Esperaba que salieras corriendo.

—Pues te equivocaste.

—Evidentemente.

La forma en que me observa me incomoda. Como si acabara de descubrir algo sobre mí que no esperaba encontrar. Me cruzo de brazos, conteniendo las reacciones de mi cuerpo.

—¿Para qué me trajiste aquí, Ian?

Su sonrisa desaparece lentamente y su mirada se vuelve más intensa.

—Para que abras los ojos.

Suelto una carcajada incrédula.

—¿Los ojos?

—Trabajas para Cooper. Lo admiras. Prácticamente veneras el suelo que pisa, pero no tienes ni puta idea de quién es realmente.

—Sé perfectamente quién es —le espeto, frustrada.

—No, no lo sabes. Conoces la versión que él quiere que conozcas. La fachada.

Siento cómo mi mandíbula se tensa.

—El senador Cooper ha dedicado su vida al servicio público.

Ian suelta una carcajada seca e incrédula.

—Claro.

—Es un hombre honorable.

Esta vez deja de reír y sus ojos se clavan en los míos.

—Sal y dile eso al Ruso.

—¿Pretendes que crea en la palabra de un delincuente? —es mi turno de reír, incrédula.

—No tienes que creerle.

Ian da un paso hacia mí. Mi cuerpo se tensa de nuevo y mi corazón se salta un latido.

—Pregúntale qué perdió por culpa de mi padre.

—No me interesa.

—Claro que no.

Da otro paso.

—Es mucho más fácil admirar al hombre del traje que escuchar a la gente que tuvo que aplastar para mantenerlo limpio.

—No sabes de qué estás hablando —le contradigo porque no puedo creer nada de lo que dice. No quiero. Me niego.

—Sé exactamente de qué estoy hablando.

—El senador intenta proteger a este país y a su familia de delincuentes como ustedes.

El silencio cae entre nosotros. El ambiente se vuelve pesado y asfixiante de repente. Algo oscuro atraviesa la expresión de Ian.

—¿Proteger a su familia? —susurra.

—Sí.

Se detiene a un paso de distancia y niega con la cabeza para luego soltar una carcajada ronca y carente de alegría.

—Vaya... De verdad te lavó bien el cerebro.

—No tienes derecho a hablar así de él —le suelto, elevando el tono.

—¿Y tú por qué demonios lo defiendes tanto?

—Porque trabajo con él. Porque lo conozco.

Ian acorta la poca distancia que nos separa en un par de pasos, acorralándome contra la puerta.

—No conoces una mierda.

—Lo conozco mucho mejor que tú.

Error.

Mis palabras encienden algo en él y sus ojos se oscurecen todavía más. Sus manos se apoyan contra la madera de la puerta, acorralándome contra esta.

—Ten cuidado, princesita.

—¿O qué?

Sus ojos recorren mi rostro.

—Ninguna asistente defiende con tanta fe a su jefe a menos que haya algo más de por medio.

Frunzo el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Una sonrisa venenosa aparece lentamente en sus labios. Sus ojos recorren mi cuerpo unos instantes antes de posarse de nuevo en los míos.

—Conozco muy bien a Cooper, Alana. Sé cómo funciona su mundo. Poder, dinero, favores... Todos quieren algo.

—No todos somos como tú.

—Tienes razón.

Se inclina ligeramente hacia mí.

—Dime una cosa... ¿Qué tan buena eres en la cama para que el viejo te haya ofrecido un ministerio completo a cambio de un añito de matrimonio conmigo?

Me quedo completamente inmóvil. No puedo creer lo que acaba de decir. ¿Quién se cree que es? ¿Quién mierda cree que soy?

—O quizá ya te aburriste de ser la puta del senador y querías probar algo más joven.

Mi mundo se tiñe de rojo. No pienso. No mido las consecuencias. Simplemente reacciono.

Mi mano impacta contra su rostro con todas mis fuerzas. El sonido de la bofetada resuena en el pequeño espacio al mismo tiempo que la cara de Ian gira hacia un lado.

Luego, silencio.

Mi respiración se detiene. Mis ojos se abren paulatinamente mientras Ian permanece completamente inmóvil. Entonces recuerdo dónde estoy. Quién es él.

Lentamente, Ian comienza a girar el rostro hacia mí. Su mandíbula está tan tensa que se marcan perfectamente los músculos de su cuello. Sus ojos están ocultos detrás de los mechones de su cabello negro.

Acabo de golpear al hombre al que todos allá afuera llaman 94.

Y esta vez no hay nadie que me salve.

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