94, una venganza personal

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Capítulo 4 El sabor del peligro

IAN

Alana resulta ser más que una muñeca de porcelana fría. Alguien manejable no actuaría con esta rapidez mental y, joder, su jodida boca... La forma en que estrella sus labios contra los míos hace que de inmediato sienta una descarga eléctrica recorrerme la espina dorsal.

Su boca es cálida, dulce y, por un segundo, siento cómo su respiración se entrecorta contra la mía antes de apartarse apenas un milímetro y observarme con un brillo en los ojos que no sé cómo definir.

Los flashes de las cámaras siguen estallando como fuegos artificiales a nuestro alrededor. Me aparto con brusquedad, disfrutando de la extraña sensación que invade mi cuerpo y del brillo furioso en sus ojos.

—Súbete —le ordeno, colocándome el casco de un tirón y encendiendo el motor de la moto, que ruge como una bestia enjaulada.

—¿Qué? Pero... —intenta protestar, mirando el caos de reporteros que ya corre hacia nosotros con los micrófonos en la mano.

—¡Que te subas si no quieres que te linchen! —suelto, agitado.

Alana no tiene opción. Se monta detrás de mí a horcajadas, acomodándose la falda ejecutiva como puede. Envuelve sus brazos alrededor de mi cintura, apretándose contra mi espalda con una fuerza que me sorprende. Su pecho firme se pega a mis omóplatos. Giro el acelerador a fondo y la motocicleta sale disparada del muelle de carga, esquivando a dos fotógrafos que tienen que saltar a la acera para no ser arrollados.

—¡Esto es una locura! —grita a mis espaldas.

Por el espejo retrovisor veo cómo dos camionetas de los canales de noticias nos siguen de cerca. Esos malditos buitres quieren su exclusiva a toda costa.

Sonrío bajo el casco.

Porque este es mi puto terreno.

Meto segunda marcha y entro con la moto por un estrecho callejón peatonal entre dos edificios comerciales. Alana ahoga un grito y se pega aún más a mí, enterrando las uñas en mi chaqueta de cuero.

Cruzo una avenida a toda velocidad, saltándome una luz roja, y zigzagueo entre los autos que tocan sus bocinas con furia.

—¡Ian, vas a matarnos! —grita a mi espalda.

Doblo bruscamente hacia una estrecha calle de servicio. Una de las camionetas intenta seguirnos, pero el vehículo es demasiado grande y tiene que frenar de golpe.

Una menos.

La segunda continúa detrás de nosotros.

Persistente.

Acelero.

Conozco estas calles mejor que cualquiera de esos imbéciles. Abandono las avenidas principales y me adentro en una parte de la ciudad que tipos como ellos solo conocen desde sus oficinas.

Las luces comienzan a desaparecer. Los edificios modernos dan paso a almacenes cerrados, fábricas abandonadas y paredes cubiertas de grafitis. En una esquina, un enorme 94 pintado en rojo desaparece a toda velocidad a nuestro lado.

Siento cómo los brazos de Alana se tensan alrededor de mi cintura.

Ya se dio cuenta.

No la estoy llevando a casa.

Giro hacia el acceso estrecho de una antigua fábrica y salgo por el extremo contrario. Por el espejo retrovisor veo cómo la camioneta pasa de largo.

Los he dejado atrás.

El viejo quiere que juguemos a la parejita perfecta, pero ella tiene que entender quién soy y en qué se está metiendo.

Apago el motor. Alana se baja de la moto de inmediato, respirando de forma entrecortada, con el cabello completamente alborotado y el rostro pálido, pero con la mirada ardiendo en llamas.

Está furiosa.

Mira a su alrededor y su expresión cambia paulatinamente, transformándose en puro pánico al ver a tres de mis hombres salir de la penumbra del taller, con los rostros serios y tatuados.

—¿Dónde... dónde estamos? —pregunta con la voz temblorosa, dando un paso hacia atrás hasta chocar con el tanque de mi moto—. Este no es tu departamento.

Me quito el casco, sacudiendo mi cabello negro, y camino hacia ella con una sonrisa gélida.

—Te lo dije en el ascensor, princesita —murmuro, atrapando su mirada entre cautelosa y asustada—. Bienvenida a mi verdadero hogar. Aquí tu traje de oficina y los discursos de mi padre no valen una mierda.

De entre las sombras del taller, uno de los hombres se adelanta arrastrando los pies.

Es el Ruso, el tipo más problemático y desequilibrado de toda la banda. Tiene una cicatriz que le cruza el ojo izquierdo y una mirada enferma que siempre busca problemas. Pero hay algo que odia incluso más que quedarse quieto.

A mi padre.

Perdió demasiado por culpa del viejo y nunca lo ha olvidado.

En cuanto la luz parpadeante del taller ilumina el rostro de Alana, los ojos del Ruso se abren con sorpresa.

Después llega el reconocimiento.

Y, finalmente, la malicia.

Una sonrisa torcida aparece en sus labios.

—Eh... A esta perra la conozco —suelta con voz ronca, dando un paso agresivo hacia ella—. ¿No es la zorra asistente del viejo senador?

Alana contiene el aliento. El miedo se apodera de sus facciones, pero no se mueve.

El Ruso avanza directamente hacia ella.

—¿Tienes idea de la cantidad de mierda que he perdido por culpa de tu jefe? —escupe, inclinándose sobre su rostro—. ¿De la cantidad de gente que lo perdió todo mientras ese hijo de puta seguía sonriendo frente a las cámaras?

Alana traga saliva.

—No sé de qué estás hablando.

El Ruso suelta una carcajada seca.

Sin humor.

—Claro que no.

Da otro paso.

—Los perros de Cooper nunca saben nada.

Algo cambia en la expresión de Alana. Es pequeño, casi imperceptible.

Pero lo veo.

Confusión.

El Ruso extiende una mano tatuada y roza bruscamente uno de los mechones de su cabello alborotado. Sus ojos la recorren con esa expresión demente que oscila entre la burla, la repulsión y una lascivia desagradable que forma parte de su naturaleza.

—Mírala —murmura—. Tan limpia. Tan perfecta. Exactamente el tipo de gente que le gusta tener cerca.

Alana se tensa.

Pero, increíblemente, no baja la mirada.

Eso me sorprende.

Está aterrada. Puedo verlo en la rigidez de sus hombros, en la forma en que sus dedos se aferran al borde de su falda.

Pero no se encoge.

No intenta apartarse.

No le ruega que se aleje.

Simplemente lo mira. Incluso hay un poco de desafío en su expresión.

El Ruso sonríe.

—94, esto es una puta genialidad —dice finalmente, sin apartar los ojos de ella—. ¿Cómo diste con la muñequita favorita del viejo?

No puedo evitar sonreír ante la expresión de Alana.

Quería que conociera mi mundo.

Ahora está justo en medio de él.

El Ruso vuelve a acercarse, invadiendo su espacio hasta acorralarla contra el metal de la moto.

Entonces me mira.

Está esperando una señal.

Una sola.

El permiso para hacerle entender, a su manera, que aquí el senador Cooper y cualquiera que esté de su lado no son bienvenidos.

—Dame cinco minutos con ella, 94.

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