94, una venganza personal

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Capítulo 3 El primer asalto

ALANA

Las puertas del ascensor de carga se cierran, llevándose a Ian y dejándome con las palabras atrapadas en la garganta.

—Imbécil —escupo entre dientes, sintiendo cómo la rabia me enciende las mejillas.

¿«Bienvenida a mi infierno»? ¿Quién se cree que es? Miro el indicador digital del ascensor. Está bajando directo al sótano del muelle de carga. Si Ian sale solo por esa puerta, los fotógrafos lo emboscarán por el escándalo de la pelea en el club y la oportunidad de resolver todo esto se irá a la basura.

Adiós a la campaña del senador. Adiós al puesto de jefa de Despacho. Adiós a mi carrera. Adiós a la ayuda para mi familia. Adiós a todo mi esfuerzo.

Los reporteros no saben nada de mí ni del trato. Todavía. Pero, si están buscando una historia para destruir al senador, voy a darles una completamente diferente.

No voy a permitir que un delincuente arruine mi futuro ni todo lo que hemos trabajado para estar aquí. Me quito los zapatos de tacón, los tomo con una mano y empujo la puerta de la escalera de incendios.

Bajo los tres pisos corriendo como una loca, sin detenerme ni un instante a tomar aire. El corazón me va a mil por hora, no solo por el esfuerzo físico, sino por la adrenalina de enfrentarme a ese tipo.

Cuando empujo la pesada puerta del sótano, el sonido de un motor rugiendo hace eco en el espacio.

Ian está subido en una motocicleta negra de gran cilindrada, ajustándose los guantes de cuero. El muelle de carga está a solo unos metros y, detrás de la gran persiana metálica ligeramente abierta, ya se alcanzan a ver los destellos de los flashes de la prensa que lo espera, lista para emboscarlo.

—¡Apaga ese maldito motor! —grito, caminando hacia él y plantándome justo frente a la rueda delantera mientras me pongo los zapatos a toda prisa, respirando agitada.

Ian se detiene y levanta lentamente la visera de su casco oscuro. Sus ojos negros me recorren de arriba abajo con una mezcla de sorpresa y pura diversión.

—Vaya, la princesita sabe correr —se burla, cruzando los brazos sobre el tanque de la moto—. Muévete, Alana. No querrás que te pase por encima.

Su voz es fría y amenazante.

—No me voy a mover —sentencio, cruzándome de brazos y clavando mis talones en el suelo con toda la dignidad que puedo reunir—. Escúchame bien. A mí no me importan tus amenazas. Yo firmé un contrato para poder resolver esto, limpiar tu imagen, salvar la campaña del senador y obtener mi ascenso —hago una pausa, tratando de organizar mis ideas lo más rápido que puedo, y continúo—. Y tú firmaste por la seguridad de esa niña... Luna, ¿no? Así que no seas idiota y vamos a cumplirlo.

La mención de la pequeña hace que la diversión desaparezca de su rostro al instante. Su mandíbula se tensa tanto que el aire parece congelarse.

—No vuelvas a pronunciar su nombre —sisea con un tono de voz que promete puro peligro.

—Entonces actúa con inteligencia —le sostengo la mirada, dando un paso hacia él—. Mírate los nudillos, el rostro. Estás herido. Si la prensa te fotografía saliendo en ese estado, solo confirmarás los rumores y todo este trato será en vano.

Ian entorna los ojos, escuchándome por primera vez. Se quita el casco y eleva una de sus cejas, mirándome con intensidad.

—¿Y qué sugieres, genio de la política? —pregunta con desdén.

El ruido de la rejilla metálica en la distancia, las voces y los gritos de los periodistas me obligan a pensar en una solución rápida.

—Sugiero que usemos la verdad a nuestro favor desde este segundo —suelto, pensando a toda velocidad sin apartar los ojos de los suyos, que me observan atentos—. Cuando esas cámaras nos apunten, no verán a un pandillero huyendo. Verán a un novio protector. Mañana diremos que unos tipos intentaron propasarse conmigo y tú solo reaccionaste para defenderme. Así justificamos tu pelea, limpiamos tu imagen y dejamos la pista de nuestra relación sembrada en los medios.

Una sonrisa lenta y peligrosa comienza a dibujarse en los labios de Ian. Apaga el motor de la moto con un clic seco y se baja de ella, caminando hacia mí con lentitud felina. Se relame los labios y se inclina ligeramente hacia mí, cubriéndome casi por completo con su altura.

—Tienes una mente muy sucia y hábil para ser una chica buena, Alana —murmura, deteniéndose a escasos centímetros de mí, lo que me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos—. Me gusta. Pero ajustar nuestra historia ante los medios implica contacto físico.

Se inclina tanto que su pecho casi roza el mío. El espacio entre los dos desaparece y me siento completamente invadida por su aroma a menta, cedro y cuero.

—Aléjate de mí —le advierto, apoyando las manos contra su pecho para mantener la distancia. El corazón parece querer salirse de mi pecho.

—¿Y si no lo hago, qué? —suelta él con una voz ronca y burlona, atrapando mis muñecas con suavidad, pero con una firmeza implacable—. ¿No quieres que empecemos a fingir frente a ellos?

Me quedo sin palabras, atrapada en su mirada oscura, buscando desesperadamente una respuesta inteligente que no llega.

Justo en ese segundo de duda, la persiana metálica del muelle termina de abrirse por completo. La horda de fotógrafos y periodistas nos descubre y, de inmediato, empiezan a disparar sus flashes. Veo el reflejo de estos en sus oscuros ojos al mismo tiempo que una sonrisa pausada y descarada se dibuja en sus labios.

No lo pienso demasiado, sino que acorto la distancia entre ambos y choco mis labios con los suyos. Ian no reacciona de inmediato, pero luego pasa su mano vendada por mi nuca, pegándome a su cuerpo, al mismo tiempo que devora mi boca en un beso brusco, posesivo y cargado de electricidad salvaje.

Me pierdo por un instante en el sabor de sus labios mientras las cámaras captan nuestra primera gran mentira. Su cuerpo contra el mío, el calor de su mano en mi nuca y la electricidad que me recorre la piel provocan una reacción que no esperaba.

Es solo parte del plan, me repito.

La única manera de resolver todo este embrollo.

Entonces, ¿por qué demonios mi cuerpo parece no haber entendido que todo esto es mentira?

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