Capítulo 2 Marionetas
IAN
Ver la maldita sonrisa de mi padre es el peor de mis tormentos. Pero ver esa fotografía del otro día, cuando salimos a comer helados juntos, sobre el escritorio, me congela la sangre en las venas.
Luna. Mi pequeña Luna.
El viejo sabe perfectamente dónde golpear. A mí me importa una mierda terminar en una celda, pero no voy a permitir que toque a mi hermanita. Ya acabó con parte de mi vida en 1994 y no voy a dejar que repita la historia con la única persona pura que me queda.
—Acepto —escupo, clavando mis dedos en el borde del escritorio con tanta fuerza que la madera de caoba cruje—. Pero mantén tus malditas manos lejos de ella.
—Hijo, por favor. Es mi pequeña. No quiero que le pase nada malo.
Aprieto los dientes con fuerza bajo su mirada mientras él hace una pausa y me observa unos segundos.
—Sabía que entrarías en razón —agrega, recuperando su tono impecable antes de girarse hacia la chica—. Alana, sé que esto suena a una locura y es muy repentino, pero necesito tu ayuda. Si aceptas este acuerdo por un año, te garantizo el puesto de jefa de Despacho en el Ministerio y una recomendación directa para tu carrera política. Subirás a la cima antes de los treinta.
Desvío la mirada hacia ella.
La chica sigue estupefacta, pero, cuando escucha la oferta del viejo, algo cambia en sus ojos. Ya no es solo miedo; hay una chispa de ambición. No es una simple secretaria asustada. Es una mujer escalando posiciones, dispuesta a pagar un alto precio por el poder y el éxito social que mi padre le está poniendo en bandeja de plata.
—¿Un año? —pregunta ella, con la voz firme a pesar de la sorpresa y las dudas—. ¿Y la prensa no sospechará nada? ¿Sus votantes? ¿La sociedad? —suelta, desviando la mirada como si meditara todas las formas en que esto podría salir mal.
—Mi equipo legal redactará un acuerdo de confidencialidad y un contrato civil estricto en la oficina de al lado ahora mismo —sentencia mi padre, presionando el intercomunicador—. En dos horas estará listo para firmar. Alana, es tu boleto de entrada a las grandes ligas. ¿Aceptas?
Ella no responde de inmediato. Permanece con los ojos fijos en el suelo hasta que, finalmente, observa a mi padre y luego fija su atención en mí. Sus ojos me observan cargados de un evidente desprecio. Respira profundo y niega ligeramente.
—¿No hay otra manera, señor? —su pregunta me toma por sorpresa.
El senador deja que el silencio se prolongue unos segundos. Luego, como si no acabara de amenazar indirectamente la vida de su hija, recupera su sonrisa impecable y se vuelve hacia su asistente.
—Alana, si hubiera otra manera, jamás te pondría en esta situación. Créeme, sé lo que estoy pidiéndote y sé que es demasiado, pero es la única forma de resolver todo esto —suelta mi padre con ese tono amable e impecable que usa con sus estúpidos seguidores.
Después de unos segundos, toma una bocanada de aire. Me mira con intensidad y, finalmente, asiente. La forma en que me mira me dice todo lo que necesito saber. Está calculando cuánto tendrá que soportar para conseguir lo que quiere.
—Acepto, señor —declara con frialdad—. Firmaré.
Idiota. Qué maldita idiota ambiciosa. No tiene la menor idea de en qué se está metiendo.
Dos horas más tarde, los documentos impresos están sobre la mesa. Tomo el bolígrafo y firmo con un trazo rápido y violento, casi rompiendo el papel. Alana se acerca despacio y estampa su rúbrica justo al lado de la mía, sellando su destino.
Oficialmente, la princesita acaba de venderle su alma al diablo a cambio de un ascenso.
—Excelente —sonríe el viejo—. Alana, te mudarás al departamento de Ian hoy mismo.
Mis músculos se tensan y los ojos de ella se abren, llenos de sorpresa, pero no protesta.
—Los fotógrafos lo están cazando en la entrada. Debemos hacer que esto parezca real. Ustedes deben parecer una pareja real desde esta noche. Pueden retirarse.
No espero un segundo más. Me doy la vuelta y camino hacia la puerta privada del muelle de carga, ignorando el dolor de mis nudillos abiertos. Escucho los pasos rápidos de Alana, el repiqueteo de sus tacones sobre el lujoso suelo, intentando seguirme el ritmo por el pasillo de servicio.
—¡Espera! ¡Ian, detente! —exclama, alcanzándome junto al ascensor de carga.
Me giro de golpe, acorralándola contra la pared de metal frío. Ella ahoga un grito ante lo repentino de mi movimiento y pega la espalda a la estructura. Estamos tan cerca que puedo oler su perfume costoso y sentir el calor de su cuerpo tenso.
—Escúchame bien, Alana —le susurro, inclinándome hasta que mi aliento roza su oído—. No sé qué tan alto quieres llegar en tu maldita carrera política, pero te acabas de meter en mi camino.
Sujeto su mentón con mi mano vendada, obligándola a mirarme directamente a los ojos. Hay cautela en su mirada, pero también un orgullo frío que me enciende la sangre.
—A partir de hoy, tu perfecta vida de oficina se termina —sentencio con una sonrisa oscura—. Vas a dormir bajo mi techo y vas a cenar con mis demonios. Y, si descubro que eres una espía de mi padre, te juro que desearás nunca haber firmado ese maldito contrato —hago una pausa, admirando sus rasgos, para luego sonreír de lado—. Bienvenida a mi infierno, princesita.
Suelto su rostro con cierta brusquedad justo cuando las puertas del ascensor se abren con un sonido metálico. Nuestras miradas se enfrentan durante una fracción de segundo antes de cortar contacto. Me subo de un paso, dejándola sola en el pasillo, conteniendo el aliento.
