Capítulo 1 La caída
ALANA
El despacho del senador emana un aroma a caoba, café costoso y poder. Un poder absoluto que yo admiro con devoción, han sido 5 años trabajando bajo la tutela del senador y he seguido su carrera desde que estaba en la universidad.
—Eres la mejor asistente que he tenido en años, Alana —dice el hombre, regalándome esa sonrisa impecable que siempre usa en la televisión—. Tu lealtad es invaluable para mi campaña.
—Es un honor trabajar para usted, señor —respondo, acomodando las carpetas sobre su escritorio de cristal.
Para mí, este hombre es un héroe. El único político honesto y honorable que le queda al país, un verdadero ejemplo a seguir.
De pronto, un estruendo hace eco en el pasillo. La imponente puerta de madera se abre de golpe, chocando con violencia contra la pared.
Me tenso al instante, dando un paso atrás.
Un chico cruza el umbral arrastrando los pies. Viste una chaqueta de cuero negra y desgastada, jeans rotos y tiene los nudillos de la mano derecha completamente ensangrentados,además hay algunas heridas en su rostro.
Es peligrosamente alto, con el cabello negro alborotado y unos ojos oscuros que destilan un profundo odio.
—¿Qué demonios haces aquí, Ian? —la voz del senador pierde toda la amabilidad, transformándose en un siseo gélido.
—Vine a visitarte, papá —escupe el chico con una sonrisa ladina y burlona.
El aire en la habitación se vuelve tan pesado que casi no puedo respirar. El chico desvia sus oscuros ojos hacia mí, recorriéndome de arriba abajo con una mirada tan fría y cargada de cinismo que me eriza la piel.
—Vaya... veo que tienes un juguete nuevo en la oficina.
—Cuida tu maldita boca —suelta entre dientes el senador sonando frío y amenazante, por primera vez desde que trabajo con él—. Alana, por favor, trae el botiquín de primeros auxilios y cúralo ahora mismo.
Miro al senador, confundida. ¿Curarlo yo? En ese instante la alarma del teléfono del senador Cooper le alerta de la llegada de una notificación la cual revisa sin perder tiempo.
Su rostro se transforma con cada segundo que pasa y luego posa sus ojos claros en la expresión divertida y cínica de su hijo.
—¿Que mierda fue lo que hiciste ahora? —suelta haciendo que el recién llegado se encoja de hombros riendo.
—¿Ya te vinieron con el chisme?
—Los periodistas están abajo rodeando el edificio —continúa el político, frotándose las sienes con evidente desesperación—. No puedo permitir que los periodistas te vean saliendo como el delincuente que eres. Destruiría mi campaña en un segundo.
Ian suelta una carcajada ronca, arrastrando una de las costosas sillas de cuero para sentarse a su antojo.
—Por cierto, tu seguridad trasera da asco —se burla, restando importancia a lo que dice el senador e ignorando incluso su desesperación. Estira las piernas y deja caer sus botas sobre la superficie del escritorio—. Entrar por el muelle de carga y subir por el ascensor de servicio fue demasiado fácil. Deberías despedirlos.
—¡Cállate! —murmura con frialdad el senador viéndolo con desprecio—. Alana, haz lo que te pedí. Muévete.
Asiento rápidamente, con el corazón latiendome en la garganta sin comprender del todo como el hombre que admiro tanto está en este estado. Camino hacia el baño privado del despacho y tomo el maletín médico. Mis manos tiemblan un poco.
Sabía que el senador tenía un hijo problemático, pero la prensa siempre lo pinta como un "joven incomprendido".
El chico en la sala no parece incomprendido. Parece un hombre dispuesto a cualquier cosa, contal de conseguir lo que quiere.
Regreso al despacho y me acerco a él con cautela. Ian me mira fijamente, divertido por mi evidente nerviosismo.
—No muerdo, muñeca —susurra cuando me arrodillo a su lado para limpiar la sangre de sus nudillos—. Al menos no si no me lo piden.
—Por favor, quédese quieto, joven Ian —murmuro, vertiendo un poco de antiséptico en una gasa.
Al tomar su mano con delicadeza la aparta de golpe y luego de unos segundos suspira y me permite tomarla. Al hacer contacto con su piel abierta, él ni siquiera parpadea. Tiene los nudillos destrozados, señal de que le ha dado una paliza salvaje a alguien.
—¿"Joven Ian"? —repite con desdén, su rostro a escasos centímetros del mío—. Qué bien educada te tiene el viejo. Lástima que no sepas con qué clase de basura estás trabajando.
—Tu padre es un gran hombre —lo defiendo en un susurro.
—Mi padre es un...
—¡Suficiente! —interrumpe el senador elevando el tono ligeramente, mientras camina de un lado a otro mirando la pantalla de su teléfono—. Esto es una catástrofe. El escándalo de la pelea en el club ya se filtró. Los malditos reporteros tienen fotos tuyas en el lugar. Van a publicar que mi hijo lidera criminales.
El senador se detiene en seco, mirando fijamente la alfombra. El silencio en la habitación se vuelve sepulcral. Se nota que su mente calculadora está armando una estrategia, alguna forma de resolver esto y quedar bien parado.
Ian solo sonríe, con satisfacción disfrutando ver el imperio de su padre tambalearse.
—Tengo la solución para limpiar tu imagen y salvar la campaña — suelta de pronto el senador, sus ojos brillando con frialdad.
El político se gira hacia nosotros.
—Llamaré a mi jefe de prensa ahora mismo. Les diremos que Ian no es ningún pandillero. Diremos que es un joven apasionado y esa pelea fue el resultado de un agravio a alguien que le importa demasiado, además diremos que acabas de sentar cabeza.
Frunzo el ceño, terminando de asegurar la venda de Ian. No entiendo a dónde quiere llegar.
—¿De qué hablas? —pregunta Ian, perdiendo por primera vez su sonrisa burlona.
El senador me mira fijamente, con esa misma mirada autoritaria que usa para discutir y aprobar leyes.
—Mañana por la mañana anunciaremos tu compromiso oficial, Ian. Te vas a casar para limpiar tu nombre. Y tú, Alana, como mi asistente de absoluta confianza, una chica intachable con una carrera en pleno ascenso, serás la novia ejemplar que salvará esta familia. Ustedes dos se van a casar.
El mundo se detiene. La gasa resbala de mis dedos, cayendo al suelo.
Miro al senador completamente estupefacta, pero su rostro es pura autoridad.
—Estás demente, viejo —suelta Ian con una carcajada amarga, dando un paso agresivo hacia el escritorio—. Prefiero que me metan a la cárcel antes de prestarme para tu maldito circo político. Olvídalo.
El senador se limita a observarlo con una sonrisa fría y carente de emoción. Luego abre el cajón y saca una fotografía que desliza lentamente sobre la mesa, sin apartar los ojos de su hijo.
—¿Incluso si eso significa que no te permita ver a la pequeña Luna? —pregunta con voz gélida—. Qué lástima. Con lo frágil que es esa niña… y lo rápido que puede cambiar la salud de alguien cuando las circunstancias no son las adecuadas. Piensalo bien hijo. No queremos que le pase nada a nuestra Luna ¿verdad?
La mención de la pequeña congela el ambiente.
Ian se detiene en seco. Sus puños se cierran con tanta fuerza que sus nudillos recién vendados vuelven a sangrar, manchando la gasa limpia. La furia en su rostro se transforma en terror puro. Y, con cada segundo que pasa, veo cómo el chico a mi lado se descompone ante mis ojos. .
Finalmente se gira lentamente hacia mi. Su expresión asesina me congela en el lugar.
—Tú decides Ian —suelta el senador con una sonrisa calculadora y fría que me deja completamente de piedra.
