Capítulo 3 La Propuesta
Jueves, 23:45. Planta octava. Habitación 812.
La habitación era pequeña. No pequeña para un hotel normal, sino pequeña comparada con la suite de abajo. Cama individual. Sábanas blancas. Una ventana que daba a un patio interior. Silencio.
Demasiado silencio.
Jenn estaba sentada en el borde de la cama, con los brazos cruzados, mirando la puerta cerrada. No tenía cerrojo por dentro. Solo una manilla de latón que giraba sin resistencia.
Cualquiera podía entrar.
Cualquiera, en este caso, significaba él.
William la había dejado ahí hace veinte minutos. "El señor Williams vendrá cuando decida", fueron sus únicas palabras antes de desaparecer.
Jenn se levantó. Caminó de un lado a otro. Cuatro pasos hasta la ventana. Cuatro pasos hasta la puerta. Cuatro pasos hasta la cama.
Intentó llamar a Sarah. El móvil no tenía cobertura o alguien la había bloqueado.
Intentó llamar a Karen. Silencio.
Intentó llamar a Melissa. Directo a buzón.
—Mierda —murmuró.
Se sentó otra vez. Se levantó otra vez.
La cabeza le daba vueltas.
Las fotos. El dossier. Las rosas cada martes. Dos meses. Ocho semanas. Treinta y dos rosas rojas que ella había tirado a la basura sin pensar, convencida de que eran una broma de mal gusto.
No eran ninguna broma.
Eran el rastro de un hombre que la había estado observando desde lejos.
Un hombre que ahora estaba a tres pisos de distancia, probablemente en la suite que había sido suya hacía una hora.
Jenn se mordió una uña. Mala costumbre. Andrew se lo reprochaba siempre. "Pareces una niña", decía.
Pues bien. Ahora no había ningún Andrew para reprocharle nada.
Ahora solo estaba ella, sola, en una habitación cerrada, esperando a un desconocido que tenía cara de ángel y ojos de asesino.
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00:15. Viernes. Ya es oficialmente el primer día del festival.
El tiempo se arrastraba.
Jenn había intentado dormir. Imposible. Cada vez que cerraba los ojos veía las fotos. La del supermercado. La del parque. La de su salón iluminado mientras ella veía la televisión sin saber que alguien la miraba desde la calle.
Se levantó otra vez. Fue al baño. El grifo del lavabo era moderno, de esos que se abren con un simple toque. El agua salió fría. Se mojó la cara.
Se miró en el espejo.
Ojeras más profundas. Pelo revuelto. Labios resecos.
—Eres una idiota —se dijo a sí misma—. ¿Cómo has podido venir sin saber nada de este tipo?
Porque Melissa ganó el concurso. Porque el concurso parecía real. Porque necesitaba salir de su ciudad, de su piso, de su vida.
Porque Andrew le había roto el corazón y ella quería romper algo también.
Pero no así.
Nunca así.
Oyó un ruido.
Al principio pensó que era su imaginación. El silencio era tan denso que cualquier cosa podía ser un fantasma.
Pero el ruido se repitió.
La puerta.
Alguien giraba la manilla.
Jenn salió del baño con el corazón en la garganta.
La puerta se abrió lentamente.
Michael Williams entró sin pedir permiso.
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00:20. Habitación 812.
Llevaba el mismo traje azul marino, pero ahora sin chaqueta. Solo la camisa blanca, arremangada hasta los codos, mostrando antebrazos con venas marcadas y un reloj que valía más que el coche de Jenn.
En la mano derecha llevaba una botella de whisky. En la izquierda, dos vasos.
Cerró la puerta con el pie.
—No he traído hielo —dijo, como si estuvieran en una cita normal—. Espero que no te importe.
Jenn no se movió.
—¿Qué quieres?
Michael dejó la botella y los vasos en la mesilla. Sirvió dos dedos en cada uno. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue de la lámpara.
—Tomar algo contigo —dijo—. Charlar. Conocernos.
—No quiero conocerte.
—Mientes.
—No.
—Sí. Llevas meses queriendo saber quién te enviaba las rosas. Y ahora lo sabes.
Jenn apretó los puños.
—Eso no es romántico. Eso es acoso.
Michael cogió uno de los vasos y se lo tendió.
—Toma. Te va a hacer falta.
—No bebo con desconocidos.
—No soy un desconocido. Sabes mi nombre. Sabes lo que hago. Sabes que te he traído aquí porque quiero algo de ti.
—¿El qué?
Michael bebió un sorbo. No apartó la mirada de ella.
—Siéntate —dijo—. Esto va a llevar un rato.
Jenn no se sentó.
Michael se encogió de hombros y se dejó caer en la única silla de la habitación. Una butaca tapizada en terciopelo granate que quedaba ridículamente pequeña para su altura.
Bebió otro sorbo. Respiró hondo.
—Tengo un problema —empezó—. Un problema que se llama Charles Brown.
—No me importan tus problemas.
—Te van a importar cuando te diga que Charles ha visto tus fotos. Que le gustas. Y que tiene la costumbre de tomar lo que le gusta sin preguntar.
El estómago de Jenn se contrajo.
—¿De qué estás hablando?
—Charles es el sobrino de una familia rival. Una familia peligrosa. Violenta. Sin códigos. Yo tengo un acuerdo con ellos desde hace años, pero Charles quiere romperlo. Quiere quedarse con mi festival, con mis artistas, con mis rutas de distribución.
—¿Rutas de...? —Jenn parpadeó—. ¿Eres narcotraficante?
—Soy inversor. En varias cosas. Algunas legales, otras no tanto.
—¡Dios mío! —Jenn dio un paso atrás—. ¿Me has traído a Bélgica para convertirme en algo?
—Te he traído a Bélgica para protegerte —dijo Michael, con una paciencia que parecía ensayada—. Charles sabe que te he estado siguiendo. Sabe que me interesas. Y quiere usarte para herirme.
—¿Usarme? ¿Cómo?
Michael dejó el vaso en la mesilla. Se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.
—Va a intentar acercarse a ti durante el festival. Va a fingir ser encantador, interesante, todo lo que una chica como tú busca en un hombre. Y cuando confíes en él, te va a hacer daño. Mucho daño.
—¿Y tú cómo sabes todo eso?
—Porque soy el CEO de Rampage Records. Porque organizo este festival. Porque aquí todo el mundo me cuenta todo. Y porque Charles es predecible. Siempre hace lo mismo.
Jenn negó con la cabeza.
—Esto es una locura. Yo me voy. Ahora mismo.
—No puedes. El siguiente vuelo a casa sale dentro de tres días. Y tus amigas se quedarían solas.
—Las despierto y nos vamos todas.
—¿Con qué dinero? Los billetes los pagué yo. Las entradas las pagué yo. El hotel lo pagué yo. Si te vas, te vas andando.
Jenn se quedó en blanco.
Michael tenía razón. No tenía dinero para otro vuelo. No tenía dinero para nada. Había gastado sus últimos ahorros en ropa para el festival.
Estaba atrapada.
—Hija de puta —susurró.
—Eso no es muy amable —dijo Michael sin inmutarse—. Sobre todo teniendo en cuenta que voy a hacerte una propuesta que te va a salvar la vida.
—¿Qué propuesta?
Michael se levantó. Dio dos pasos hasta quedar frente a ella. No la tocó, pero estuvo a punto.
—Finge ser mi novia durante el festival.
Jenn lo miró como si hubiera dicho la cosa más absurda del mundo.
—¿Estás loco?
—Probablemente. Pero escúchame. Si Charles cree que ya estás conmigo, no se acercará. O al menos lo pensará dos veces. Eso me da tiempo para cerrar el trato con su tío y mandarlo de vuelta a casa.
—¿Y qué gano yo?
—Vida. Integridad física. No ser violada por un psicópata.
Jenn tragó saliva.
—¿Y además de eso?
Michael sonrió. Esa sonrisa otra vez. Lenta. Peligrosa. Atractiva a su pesar.
—Además de eso, ganas tres días en el mejor festival del mundo con acceso total a todas las zonas VIP. Conoces a los DJs. Bebes gratis. Te olvidas de tu exnovio.
—¿Cómo sabes lo de mi exnovio?
—Sé muchas cosas de ti, Jennifer. Tu color favorito es el azul. Tu café es con leche de avena y un sobre de sacarina. Tienes una cicatriz en la rodilla izquierda de cuando te caíste en bicicleta a los doce años. Duermes del lado derecho de la cama. Y cuando te enfadas, te muerdes las uñas. Como ahora.
Jenn apartó la mano de su boca.
Mierda.
—Eso es enfermizo.
—Es atención al detalle. En mi negocio, los detalles te mantienen vivo.
Michael se acercó un poco más. Ahora estaba a centímetros de ella. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor a whisky y a madera, la intensidad de esos ojos grises que no parpadeaban.
—Te propongo un trato —dijo bajando la voz—. Tres días. Actúas como mi novia. Sonríes cuando te lo pida. Te pones bonita para las cenas. Me agarras del brazo en las zonas VIP. Y a cambio, te garantizo que tú y tus amigas saldréis de aquí enteras y con una historia que contar.
—¿Y si me niego?
—Entonces te quedas en esta habitación hasta que termine el festival. Tus amigas se preguntarán dónde estás. No podrás comunicarte con ellas. Y Charles, tarde o temprano, se enterará de que estás sola.
Jenn sintió un escalofrío.
—Eso es chantaje.
—Es supervivencia. Tú decides.
El silencio se hizo tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Jenn miró la ventana. El patio interior. La oscuridad.
Miró la puerta. El cerrojo que no existía.
Miró a Michael. Su mandíbula cuadrada. Su camisa blanca impecable. Las venas de sus antebrazos.
Odio decirlo, pensó.
—Acepto.
Michael inclinó la cabeza.
—¿Aceptas?
—Acepto tu puto trato. Tres días. Actúo como tu novia. Pero no voy a acostarme contigo.
—Eso está por ver.
—No. Eso está decidido.
Michael sonrió de nuevo. Esta vez más amplio. Triunfante.
—Levantaremos la mano para sellarlo.
—¿Qué?
—Como en los negocios. Te he dicho que soy inversor.
Jenn dudó. Pero al final levantó la mano.
Michael la apretó con fuerza. La palma caliente. Los dedos largos rodeando los suyos.
—Un placer hacer negocios contigo, Jennifer Taylor.
—No he dicho que sea un placer.
—Lo será.
Soltó su mano. Cogió su vaso de whisky, lo vació de un trago y dejó el vaso en la mesilla.
—Mañana a las diez te espero en el lobby. Trae puesto algo bonito. Vamos a presentarte a los artistas antes de que abran las puertas.
—¿Y mis amigas?
—Ellas también vendrán. Pero tú irás conmigo.
Se dirigió a la puerta. Abrió. Antes de salir, se giró.
—Ah, y Jennifer. Una cosa más.
—¿Qué?
—Tu amiga Melissa. La que va detrás de Mark Anderson. Dile que tenga cuidado. Mark es adicto y Charles se aprovecha de los adictos.
Cerró la puerta.
Jenn se quedó sola con el silencio.
Y con la certeza de que acababa de venderle su alma a un demonio con traje de miles de euros.
