Capítulo 1 El Vuelo
Jueves, 18:23. Aeropuerto. Puerta de embarque B27.
—¿Cómo que perdiste el DNI? —Jenn apretó el vaso de plástico hasta que crujió.
Karen se encogió de hombros desde el asiento de plástico gris. Llevaba puesta una sudadera negra de un bufete que claramente había robado de su trabajo.
—No lo perdí. Lo dejé en la mesilla de noche. Hay diferencia.
—La diferencia es que ahora no subes al avión —dijo Sarah, repasando la lista de equipaje de mano como si fuera hoja de enfermería.
Melissa soltó una carcajada desde el suelo. Estaba sentada con las piernas cruzadas, recargada contra su maleta rosa chicle, con gafas de sol de espejo puestas dentro de la terminal.
—Tía, es Rampage. No vas a necesitar identificación para lo que vamos a hacer.
—Para volar SÍ —insistió Jenn.
Se pasó una mano por el pelo. Llevaba tres días sin dormir bien. Andrew publicó la foto del anillo. Su hermana con la mano en la barbilla, mirando a cámara. El diamante ocupaba media historia de Instagram.
Jenn borró la aplicación. Volvió a instalarla. La borró otra vez.
Un apenas sirvió de nada.
Este viaje tenía que resetearle el cerebro.
—¿No pueden enviarte el DNI por correo? —preguntó Sarah con toda la buena fe del mundo.
Karen la mirá como si hubiera sugerido volar en escoba.
—Es un documento oficial, no un Uber Eats.
—Ya pedí que me lo traigan —dijo una voz grave detrás de ellas.
Jenn se giró.
El tipo medía uno noventa fácil. Traje azul marino, sin corbata, desabrochado. Moreno, mandícula de actor secundario de serie de narcos, y unas manos enormes que sostenía un sobre amarillo.
—William Jones —se presentó—. Trabajo para la organización.
Karen frunció el ceño.
—¿Qué organización? ¿Los iluminati del festival?
William no sonrió. Extendió el sobre.
—Su DNI, señorita White.
Karen lo abrió. Dentro estaba el DNI. Y un pase todo acceso con su nombre impreso en dorado.
—¿Cómo sabes...?
—Mi jefe es muy minucioso con los invitados —cortó William—. Disfruten el vuelo.
Se dio la vuelta y desapareció entre la gente de la terminal.
Melissa se quitó las gafas por primera vez en una hora.
—Me cago en la puta, ¿eso era un hombre o un ángel vengador?
—Era un guardaespaldas —dijo Sarah, aún mirando hacia donde se había ido.
—Guardasp... da igual, me lo follo —sentenció Melissa.
Jenn no dijo nada. Estaba mirando el pase dorado de Karen. Las letras pequeñas decían: Cortesía de Rampage Records. CEO: M. Williams.
M. Williams.
Lo guardó en la memoria.
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19:15. Dentro del avión.
El jet privado olía a cuero nuevo y a dinero que quema. Ocho asientos reclinables dispuestos en dos hileras. Alfombra gruesa. Ventanillas polarizadas.
Jenn se dejó caer en el suyo junto a la ventanilla.
—Hay champán —dijo Karen abriendo una nevera empotrada—. No es broma. Champán de verdad.
—Es cava —corrigió Sarah, sentándose al otro lado.
—Da igual, tiene burbujas y cuesta más de veinte pavos.
Melissa ya tenía una botella abierta y bebía directamente del pico.
—Así me gusta, señor Williams. Pensé que íbamos en Ryanair con asientos de cemento.
—El señor Williams no está aquí —dijo una azafata morena, con uniforme impecable—. Pero les envía sus saludos. El vuelo dura dos horas. Tienen comida, bebida y... —hizo una pausa—. Cualquier cosa que necesiten, pidan.
—¿Cualquier cosa? —Melissa alzó una ceja.
La azafata sonrió profesionalmente y se fue.
Jenn tomó la ventanilla. El avión empezó a rodar. Vio las luces del aeropuerto haciéndose borrosas.
Se llevó la mano al pecho sin darse cuenta.
Andrew le escribió ayer. "¿Seguro que no quieres venir a la boda? Mi hermana estaría encantada."
Su hermana. La muy zorra se casaba con su ex.
Y encima la invitaba.
Jenn borró el mensaje. Y luego volvió a leerlo cinco veces más antes de bloquear el número definitivamente.
—Estás haciendo otra vez esa mueca —dijo Sarah a su lado—. La de antes de tomarte tres copas de vino y llamar a tu ex llorando.
—No voy a llamar a nadie.
—Bien. Porque si llamas, te tiro por la puerta del avión.
Jenn esbozó media sonrisa. Sarah era así. Directa, práctica, con manos de enfermera que sabían sujetar a cualquiera.
Karen se sentó enfrente y soltó un suspiro teatral.
—Chicas. Estamos en un jet privado. Con champán. Rumbo al festival de música electrónica más grande de Europa. Y ninguna está siquiera un poco emocionada.
—Yo estoy emocionada —dijo Melissa, ya con la segunda botella—. Juraría que acabo de ver al piloto y está bueno.
—El piloto tiene cincuenta años y barba de tres días —dijo Karen.
—Mejor.
Sarah negó con la cabeza.
Jenn miró a sus amigas.
Karen, la abogada que trabajaba ochenta horas a la semana y que nunca se quitaba el reloj ni para dormir.
Melissa, la dependienta de tienda de lencería que se acostaba con cualquiera que le hiciera reír durante más de diez minutos.
Sarah, la enfermera que veía morir gente en urgencias y aún así creía en el amor.
Y ella. Jennifer Taylor. La que dejó su trabajo la semana pasada porque su jefe le dijo que "sonreír más" era parte de sus funciones.
Todas estaban rotas a su manera.
Por eso este viaje iba a funcionar.
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20:30. Sobrevolando Francia.
El avión era un punto plateado en un mapa que nadie miraba.
Jenn había terminado su tercera copa de champán. La cabeza le pesaba un poco. Las palabras de Karen sonaban más divertidas de lo que deberían.
—Digo —Karen gesticulaba con la mano derecha, la que tenía el anillo de graduación de la facultad—, que si me hubieras dicho hace un año que estaríamos yendo a un rave pagado por un desconocido, habría llamado a la policía.
—Y ahora no llamas —dijo Sarah.
—Ahora acepto sobornos. Es la madurez.
Melissa se reía sola con el móvil. Enseñó la pantalla.
—Mirad. Mark Anderson acaba de seguirme en Instagram.
—¿El DJ? —preguntó Sarah.
—No, el papa Francisco. CLARO que el DJ. Tiene veintidós años, doscientos mil seguidores y acaba de dar like a mi foto en bikini.
—¿La de la piscina del año pasado?
—La del año pasado, la de antes de ayer y la de ayer —dijo Melissa—. Este quiere algo seguro.
Jenn se recostó en el asiento.
—Ojalá todo el mundo fuera tan fácil de leer.
—Tú eres fácil de leer —dijo Sarah—. Ahora mismo estás pensando en él.
—No.
—Estás haciendo la mueca otra vez.
Jenn se relajó la cara a la fuerza.
Mierda. Sarah tenía razón.
Andrew la dejó porque ella "no era lo suficientemente estable". Esa fue la palabra que usó. Estable. Como si ella fuera un edificio con grietas. Como si su hermana, la psicóloga infantil con piso pagado por sus padres, fuera un búnker.
Jenn apretó la copa.
—Vale —dijo levantándose—. Propongo una regla.
Las tres la miraron.
—Durante estos tres días, no se habla de exnovios, ni de trabajos de mierda, ni de facturas. Solo se habla de lo que pase allí.
—¿Allí? —preguntó Karen.
—En Rampage. En el festival.
Sarah asintió despacio.
—Me gusta.
—Yo quiero hablar de posiciones sexuales —dijo Melissa—. ¿Eso vale?
—Vale —dijo Jenn.
—Entonces voto a favor.
Karen levantó la copa.
—Salud por no hablar de nuestros problemas. Que para eso los traemos de viaje, para no solucionarlos.
Bebieron.
El avión empezó a descender.
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21:45. Aeropuerto de Charleroi. Bélgica.
El aire olía a lluvia y a hierba mojada.
Jenn se estiró al salir de la escalerilla. El viento le movió el pelo. Vestía unos vaqueros negros, zapatillas blancas y una chaqueta de cuero que le había costado tres meses ahorrar.
Las maletas ya estaban fuera. William Jones esperaba apoyado contra una Range Rover negra.
—Bienvenidas —dijo, sin sonreír.
—Otra vez tú —Melissa le miró de arriba abajo—. ¿Dónde está el resto de la mercancía humana?
—En el hotel. El señor Williams llegará mañana por la mañana.
—¿El señor Williams? —preguntó Jenn—. ¿El del pase dorado?
William la miró. Por primera vez, algo se movió en su expresión. Algo que Jenn no supo interpretar.
—Él mismo. Ahora suban. Son veinte minutos hasta el hotel. Mañana empieza el festival.
Se montaron.
Jenn se sentó en el asiento del copiloto por instinto. William arrancó.
Las luces del aeropuerto se quedaron atrás. Carreteras oscuras. Carteles en francés y neerlandés que no entendía.
Sarah y Karen hablaban bajito detrás. Melissa ya estaba dormida, la cara pegada a la ventanilla.
Jenn miró a William de reojo.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para él?
—Cinco años.
—¿Y él... es siempre tan generoso con los invitados?
William no contestó. Solo apretó el volante con un poco más de fuerza.
Jenn entendió que no debía seguir preguntando.
Guardó silencio.
Pero en su cabeza, el nombre M. Williams empezaba a sonar a algo más que un patrocinador.
Sonaba a aviso.
