Capítulo 5 El encuentro con el lobo
Sábado, 5 de julio. 19:00. Suite 812. Hotel Plaza. Amberes.
El sol se ponía sobre Amberes, tiñendo la ciudad de un naranja sangriento que se filtraba a través de los ventanales de la suite. Jenn estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá, las piernas recogidas contra el pecho y la nota de Charles arrugada en la mano.
"—Solo guerra."
Las palabras resonaban en su cabeza como un eco.
Michael estaba en la cocina, hablando en voz baja con William. Sus voces eran un murmullo ininteligible, pero Jenn podía sentir la tensión en sus hombros, en la forma en que movía las manos, en la rigidez de su mandíbula.
Karen estaba en la habitación de al lado, durmiendo después de que Sarah le hubiera dado algo para calmar los nervios. Melissa estaba en el balcón, fumando un cigarrillo electrónico y mirando el horizonte con una expresión inusualmente seria.
Sarah se sentó a su lado.
—¿Cómo estás?
—No lo sé.
—Mientes.
—Un poco.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres estar sola?
—Tampoco.
—Entonces quédate aquí. Conmigo.
Jenn apoyó la cabeza en el hombro de Sarah.
—¿Crees que va a volver?
—No lo sé.
—¿Crees que va a matarlo?
—No lo sé.
—¿Crees que esto terminará bien?
—No lo sé. Pero sé que estaremos juntas.
—No es suficiente.
—Es todo lo que tengo.
—No es verdad.
—Es verdad.
Jenn cerró los ojos.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
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19:30. La cocina. La conversación con William.
Jenn se levantó y caminó hacia la cocina.
Michael y William se callaron cuando ella entró.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada —dijo Michael.
—Mientes.
—Un poco.
—¿Qué está pasando?
—William ha encontrado algo.
—¿Qué?
William la miró. Su cara de póker no había cambiado, pero había algo en sus ojos que Jenn no había visto antes. Preocupación.
—Charles no se ha ido —dijo William.
—¿Qué?
—No se ha ido. Está en Amberes. En un hotel. Con sus hombres.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo gente que lo vigila.
—¿Y qué está haciendo?
—Preparándose.
—¿Para qué?
—Para la guerra.
Jenn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué guerra?
—La que viene —dijo Michael—. La que sabíamos que iba a llegar.
—No podemos dejar que pase.
—No podemos detenerla.
—Podemos intentarlo.
—No es suficiente.
—Es todo lo que tenemos.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Intentémoslo.
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20:00. El salón. El plan.
Estaban todos reunidos. Jenn, Michael, William, Sarah, Melissa y Karen, que se había despertado y se había unido al grupo, con los ojos aún rojos pero la determinación intacta.
—Esta es la situación —dijo Michael, señalando un mapa del festival en la mesa—. Charles controla el lado este. Nosotros el oeste. El centro es neutral.
—¿Por qué es neutral? —preguntó Sarah.
—Porque hay demasiada gente. No va a arriesgarse a un enfrentamiento abierto.
—¿Entonces qué va a hacer?
—Atacar donde no esperemos.
—¿Dónde?
—No lo sé. Pero tenemos que estar preparados.
—¿Cómo?
—Con hombres. Con armas. Con un plan.
—No quiero que nadie salga herido —dijo Jenn.
—Yo tampoco. Pero a veces no hay opción.
—Siempre hay opción.
—No esta vez.
—¿Por qué?
—Porque Charles no va a parar.
—Entonces paremos nosotros.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero lo descubriremos.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Juntos.
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20:30. El balcón. La conversación con Karen.
Jenn salió al balcón. Karen estaba allí, mirando el horizonte.
—¿Estás bien? —preguntó Jenn.
—No.
—¿Quieres hablar?
—No.
—Pero igual lo haces.
—Sí.
Karen se giró hacia ella.
—Me violó —dijo—. Charles me violó.
Jenn sintió que el corazón se le partía.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu mirada. Cuando volviste.
—¿Se nota tanto?
—Solo para quienes te conocen.
Karen apretó los labios.
—No sé qué hacer.
—No tienes que hacer nada. Solo estar.
—¿Y si no quiero estar?
—Entonces te quedas aquí. Y yo me quedo contigo.
Karen rompió a llorar. No un llanto bonito. Un llanto feo. De esos que salen del estómago. De esos que duelen.
Jenn la abrazó.
Y se quedó allí.
En el balcón.
Con su amiga rota entre los brazos.
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21:00. El salón. La llamada.
El teléfono de Michael vibró.
Lo cogió.
Escuchó.
Su rostro se tensó.
—¿Qué? —preguntó Jenn.
—Charles quiere hablar contigo.
—¿Conmigo?
—Sí. Dice que si no vas, matará a uno de los suyos.
—¿A quién?
—No lo dice.
—¿Y qué voy a hacer?
—Ir.
—No.
—Jennifer...
—No.
—Por favor.
Otra vez esa palabra.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Voy.
—No vas a ir sola.
—Tengo que ir sola.
—No.
—Michael...
—No.
—Por favor.
Él la miró.
—Vale —dijo—. Pero voy detrás.
—¿Y si te ve?
—No me va a ver.
—No lo sabes.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque soy bueno en esto.
Jenn apretó los puños.
—Vale —dijo—. Vamos.
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21:30. El hotel de Charles. La entrada.
El hotel era un edificio antiguo, de ladrillo oscuro, con ventanas tapiadas y una puerta de hierro forjado. Jenn se detuvo frente a la entrada.
El corazón latiéndole en la garganta.
—Tranquila —se dijo—. Vas a entrar. Vas a hablar. Vas a salir.
Y entonces empujó la puerta.
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21:45. El interior del hotel.
El interior era más grande de lo que parecía desde fuera. Un vestíbulo vacío, con el suelo de mármol agrietado y las paredes desconchadas. Charles estaba sentado en una silla en el centro de la habitación, con una copa de whisky en la mano y una sonrisa en los labios.
—Has venido —dijo.
—Has dicho que si no venía, matarías a alguien.
—Y lo habría hecho.
—Pero no lo has hecho.
—Todavía.
Charles se levantó. Caminó hacia ella.
—¿Dónde está Michael?
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Sí. Y lo sé porque cuando mientes, aprietas la mandíbula.
Jenn aflojó la mandíbula. Mierda.
—No sé dónde está.
—No importa. Está aquí. En algún sitio. Viéndome.
—No está aquí.
—Está aquí. Y no va a hacer nada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si hiciera algo, tú estarías muerta.
Jenn sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo de siempre.
—¿Qué?
—El festival. Las rutas. El control.
—No te lo voy a dar.
—No me lo estás dando tú. Me lo está dando él.
—No te lo va a dar.
—Ya veremos.
Charles se acercó a ella. Jenn retrocedió.
—No tengas miedo —dijo él.
—No tengo miedo.
—Mientes. Se te nota en los ojos.
—No.
—Sí. Y no pasa nada. El miedo es normal.
—No tengo miedo.
—Entonces no te importa que te toque.
Charles levantó una mano.
Jenn no se movió.
La mano de Charles rozó su mejilla.
Jenn no se movió.
—Ves —dijo Charles—. No tienes miedo.
—No.
—Pero deberías.
—¿Por qué?
—Porque soy peligroso.
—Lo sé.
—Y no te importa.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no voy a dejarte que me hagas daño.
Charles sonrió.
—Eres valiente.
—No. Solo estoy harta.
—Es lo mismo.
—No. Es diferente.
—¿Cómo?
—La valentía es una elección. El hartazgo es una consecuencia.
—¿Y qué eres tú?
—Una consecuencia.
Charles rió.
—Eres increíble, Jennifer.
—No. Soy normal.
—No. Eres increíble. Y por eso me gustas.
—No me gustas.
—Ya.
—Te odio.
—Eso es diferente.
—No. Es lo mismo.
—No. El odio es personal. La indiferencia es el verdadero desprecio.
—¿Y qué soy yo?
—Indiferente.
—No. Eres odio.
—Es lo mismo.
—No. Es diferente.
—¿Cómo?
—El odio implica que me importas.
Jenn se quedó callada.
Porque él tenía razón.
Le importaba.
Y eso era lo peor.
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22:00. El interior del hotel. La negociación.
—¿Qué quieres? —preguntó Jenn.
—Lo que te he dicho.
—No es verdad.
—Es verdad.
—No. Hay algo más.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si solo quisieras el festival y las rutas, ya las habrías conseguido.
—¿Y qué más quiero?
—Venganza.
Charles sonrió.
—Eres lista.
—Lo sé.
—Demasiado lista.
—No. Solo observo.
—¿Y qué observas?
—Que quieres venganza por tu hermano.
—¿Y qué más?
—Que quieres que Michael sufra. Que quieres que pierda todo lo que ama.
—¿Y qué más?
—Que quieres que yo sea parte de eso.
—¿Cómo?
—Quieres que te quiera. Y luego quieres romperme.
Charles se quedó callado.
—Eres increíble —dijo.
—Ya lo has dicho.
—Pero no sabes todo.
—¿Qué no sé?
—Que Michael mató a mi hermano a sangre fría.
—No es verdad.
—Es verdad.
—No.
—Sí. Estaba desarmado. Y Michael lo mató igual.
Jenn sintió que la sangre se le helaba.
—No es verdad.
—Es verdad.
—No.
—Sí. Y lo sabes. Por eso tienes miedo.
—No tengo miedo.
—Sí. Tienes miedo de que sea verdad.
Jenn apretó los puños.
—Vete a la mierda.
—Ya me voy.
Charles se giró.
—Pero volveré.
—Lo sé.
—Y cuando vuelva, no habrá negociación.
—Lo sé.
—Solo guerra.
—Lo sé.
—Y vas a perder.
—Ya veremos.
Charles salió de la habitación.
Jenn se quedó sola.
Con el miedo.
Y con la duda.
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22:30. El exterior del hotel. El encuentro.
Jenn salió del hotel.
Michael estaba esperando en la esquina.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Nada.
—Mientes.
—Un poco.
—¿Qué ha dicho?
—Que mataste a su hermano a sangre fría.
—No es verdad.
—¿Cómo lo sé?
—No lo sabes. Lo sientes.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Te creo.
—¿Por qué?
—Porque no tengo otra opción.
—Eso no es confianza.
—Es el principio de la confianza.
Michael la miró.
—Vámonos —dijo.
—¿Adónde?
—A la suite.
—No tengo hambre.
—No vamos a comer.
—¿Entonces?
—A hablar.
—No quiero hablar.
—Lo sé. Pero igual hablamos.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Hablemos.
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23:00. La suite. La conversación.
Estaban sentados en el sofá.
Michael frente a ella.
—¿Qué quieres saber? —preguntó.
—La verdad.
—¿Sobre qué?
—Sobre todo. Sobre tu hermano. Sobre Charles. Sobre lo que pasó.
Michael respiró hondo.
—Hace cinco años —dijo—, yo estaba en una guerra. Una guerra por el control del festival. Por las rutas. Por el dinero. Charles y su hermano querían lo que yo tenía.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que ellos atacaron. Y yo me defendí.
—¿Y tu hermano?
—Mi hermano murió en el ataque.
—¿Y Charles?
—Charles sobrevivió. Y juró vengarse.
—¿Y por eso quiere matarte?
—Sí.
—¿Y por eso me ha secuestrado?
—Sí.
—¿Y por eso quiere que me quede con él?
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
—Protegerte.
—¿Cómo?
—Matándolo.
—No.
—Jennifer...
—No. No voy a dejar que mates a nadie.
—No hay otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—No esta vez.
—Sí. Esta vez sí.
—¿Cómo?
—No lo sé. Pero lo descubriremos.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Juntos.
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23:30. El balcón. La decisión.
Jenn salió al balcón.
La ciudad brillaba a sus pies.
El teléfono vibró en su bolsillo.
Michael: "¿Estás bien?"
Jenn: "Sí."
Michael: "¿Segura?"
Jenn: "No. Pero igual estoy bien."
Michael: "Eso es suficiente."
Jenn: "¿Por qué?"
Michael: "Porque es honesto."
Jenn: "Te quiero, Michael."
Michael: "Yo también te quiero, Jennifer."
Jenn: "¿Crees que esto terminará bien?"
Michael: "No lo sé."
Jenn: "¿Crees que sobreviviremos?"
Michael: "No lo sé."
Jenn: "¿Crees que Charles nos dejará en paz?"
Michael: "No."
Jenn: "¿Y qué vamos a hacer?"
Michael: "Luchar."
Jenn: "¿Y si perdemos?"
Michael: "Entonces lo intentamos otra vez."
Jenn: "¿Y si no podemos?"
Michael: "Entonces habremos intentado."
Jenn: "Eres un cabrón."
Michael: "Lo sé. Buenas noches, Jennifer."
Jenn: "Buenas noches, Michael."
Jenn guardó el teléfono.
Se quedó mirando la ciudad.
Y por un momento, el miedo desapareció.
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Domingo, 6 de julio. 00:00. Un nuevo día.
El reloj marcaba las doce.
Jenn estaba de pie en el balcón.
El viento le acariciaba el rostro.
—Un día menos —susurró.
—Un día más —dijo una voz detrás de ella.
Se giró.
Michael estaba allí.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—No podía dormir.
—Yo tampoco.
—¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé.
—¿Vas a esperar?
—Sí.
—¿A qué?
—A que ataque.
—No es una estrategia.
—Es la única que tenemos.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Esperemos.
---
01:00. La cama. La noche.
Estaban tumbados en la cama.
Vestidos.
En silencio.
—Michael —dijo Jenn.
—Dime.
—¿Crees que esto durará?
—¿El qué?
—Nosotros.
—No lo sé.
—¿Crees que podremos salir de esto?
—No lo sé.
—¿Crees que Charles nos dejará en paz?
—No.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Luchar.
—¿Y si perdemos?
—Entonces lo intentamos otra vez.
—¿Y si no podemos?
—Entonces habremos intentado.
Jenn se giró hacia él.
—Hazme el amor —dijo.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Segura?
—No. Pero igual quiero hacerlo.
Michael la besó.
No fue un beso suave.
Fue un beso de deseo.
Jenn se dejó llevar.
---
02:00. La cama. Después.
Estaban desnudos.
Sudados.
Felices.
—Eso ha sido... —dijo Michael.
—Ya.
—No ha sido solo sexo.
—No. No lo ha sido.
—Y eso me asusta.
—A mí también.
—¿De qué tienes miedo?
—De que esto termine.
—No va a terminar.
—No lo sabes.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque no voy a dejarte ir.
Jenn lo miró.
—¿Eso es una promesa?
—Es una amenaza.
—Es lo mismo.
—No. Una promesa es algo que hago por ti. Una amenaza es algo que hago por mí.
—¿Y qué es esto?
—Las dos cosas.
—Eres un cabrón.
—Lo sé.
—Un cabrón con dinero.
—También.
—Y con un jet privado.
—Sobre todo con un jet privado.
—Y con una forma de hacer el amor que te deja sin aliento.
—Eso no lo sabía.
—Ahora lo sabes.
—Entonces lo recordaré.
—¿Siempre?
—Siempre.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Palabra de Williams.
—Palabra de Williams.
Jenn apoyó la cabeza en su pecho.
—Te quiero —dijo.
—Yo también te quiero.
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03:00. El teléfono de Michael.
Vibró.
Michael lo cogió.
William: "Tenemos un problema."
Michael: "¿Qué?"
William: "Charles ha desaparecido."
Michael: "¿Cómo?"
William: "No lo sabemos. Pero sus hombres están nerviosos."
Michael: "¿Dónde está?"
William: "No lo sabemos."
Michael: "Búscalo."
William: "¿Y si no lo encontramos?"
Michael: "Entonces prepárate."
William: "¿Para qué?"
Michael: "Para la guerra."
Michael guardó el teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó Jenn.
—Charles ha desaparecido.
—¿Y eso qué significa?
—Que va a hacer algo.
—¿Algo malo?
—Algo peor.
—¿Qué?
—No lo sé.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Esperar.
—¿A qué?
—A que ataque.
—No es una estrategia.
—Es la única que tenemos.
Jenn lo miró.
—No vamos a esperar —dijo.
—¿Qué vamos a hacer?
—Vamos a buscarlo.
—No es seguro.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces ven conmigo.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Vamos.
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03:30. El laberinto de contenedores.
El festival era un laberinto de carpas negras, cables eléctricos y gente corriendo de un lado a otro. Jenn caminaba detrás de Michael, con el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Dónde está? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Cómo vamos a encontrarlo?
—Preguntando.
—¿A quién?
—A los que saben.
Michael se detuvo frente a una carpa blanca. La entrada estaba custodiada por dos hombres de traje negro.
—¿Dónde está Charles? —preguntó.
—No sabemos —respondió uno.
—Mientes.
—No.
—Sí. Y si no me dices la verdad, voy a tener que hacerte daño.
—No sabes nada.
—Lo sé todo.
El hombre lo miró.
—Vale —dijo—. Está en la carpa morada.
—¿La del fondo?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con la chica.
—¿Qué chica?
—La del vestido rojo.
Jenn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué? —preguntó.
—Está con la chica del vestido rojo.
—No es verdad.
—Es verdad.
—¿Cómo sabes que es la del vestido rojo?
—Porque la vi.
—¿Dónde?
—En la carpa.
—¿Y qué hacía?
—No lo sé.
—No es verdad.
—Es verdad.
Jenn sintió un nudo en el estómago.
—No puede ser —dijo.
—¿Qué? —preguntó Michael.
—Melissa.
—¿Qué?
—Melissa lleva el mismo vestido. El que le compré en la tienda del festival.
Michael apretó la mandíbula.
—Joder.
—¿Qué hacemos?
—Ir a buscarla.
—No es seguro.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces quédate aquí.
—No.
—Jenn...
—No. Voy contigo.
—Es peligroso.
—No me importa.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Vamos.
---
04:00. La carpa morada.
La carpa estaba iluminada por una luz tenue, amarillenta, que creaba sombras alargadas en las paredes de tela.
Jenn entró detrás de Michael.
Y allí estaba.
Melissa.
Sentada en un sillón de terciopelo burdeos, con una copa en la mano y una sonrisa en los labios.
Charles estaba a su lado.
—Hola, Jenn —dijo Charles—. Estaba esperándote.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Jenn.
—Nada. Solo le he ofrecido una copa.
—Mientes.
—No.
—Sí.
—No, Jennifer. No le he hecho nada. Solo he hablado con ella.
—¿De qué?
—De ti.
—¿Qué has dicho?
—Que eres una persona maravillosa. Que Michael tiene suerte de tenerte. Que yo también querría tenerte.
—No te intereso.
—Claro que sí. Pero no es por ti. Es por lo que representas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
Charles se levantó. Caminó hacia ella.
—Tú eres la clave —dijo—. La pieza que falta. El eslabón perdido.
—No soy nada.
—Eres todo. Eres lo que Michael más quiere. Y lo que Michael más quiere, yo se lo quito.
—No me vas a quitar.
—Ya veremos.
Charles levantó la mano.
Y entonces, todo ocurrió muy rápido.
Michael se interpuso. El golpe fue para él. Charles retrocedió. Los hombres de negro entraron. Melissa gritó. Jenn corrió.
Y luego, el caos.
---
04:30. El suelo de la carpa.
Jenn estaba en el suelo. Con Melissa a su lado. Michael estaba de pie, frente a Charles, con la sangre corriéndole por la frente.
—¿Estás bien? —preguntó Jenn.
—Sí —respondió Michael.
—Mientes.
—Un poco.
—¿Qué hacemos?
—Salir.
—No podemos.
—Podemos.
—¿Cómo?
—Corriendo.
Michael la cogió de la mano.
—Vamos —dijo.
Y corrieron.
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05:00. La salida del festival.
Estaban fuera.
Jenn jadeaba. Melissa lloraba. Michael tenía la sangre seca en la frente.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Jenn.
—Un aviso.
—¿Un aviso de qué?
—De que Charles no se rinde.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Prepararnos.
—¿Para qué?
—Para la guerra.
Jenn sintió un nudo en el estómago.
—No quiero una guerra —dijo.
—No es una opción.
—Siempre es una opción.
—No esta vez.
—¿Por qué?
—Porque Charles ya ha empezado.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Entonces terminémosla.
—¿Cómo?
—Juntos.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Juntos.
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05:30. La suite del hotel. La espera.
Estaban todos reunidos.
Jenn, Michael, Sarah, Melissa, Karen y William.
El silencio era denso.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Melissa.
—No lo sé.
—¿Va a volver?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Esperar.
—No es una estrategia.
—Es la única que tenemos.
Jenn apretó los puños.
—No voy a esperar —dijo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Michael.
—Ir a buscarlo.
—No es seguro.
—No me importa.
—A mí sí.
—Entonces ven conmigo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque tengo que proteger a las demás.
—Entonces protégelas. Yo iré sola.
—No.
—Michael.
—No.
—Voy.
—No.
—Voy.
Michael la miró.
—Vale —dijo—. Vamos.
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06:00. La carpa de Charles. Vacía.
Había llegado.
La carpa estaba vacía.
No había muebles. No había luces. No había Charles.
Solo una nota.
En el suelo.
Jenn la cogió.
"Lo siento, Jennifer. Pero esto no ha terminado. Volveré. Cuando menos lo esperes. Y cuando vuelva, no habrá negociación. Solo guerra."
Jenn apretó la nota.
—Joder —dijo.
—Ya —dijo Michael.
—¿Qué hacemos?
—Esperar.
—No puedo esperar.
—Puedes.
—No.
—Puedes.
—No.
—Puedes. Porque no tienes otra opción.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Espero.
—No es suficiente.
—Es todo lo que tengo.
—No es verdad.
—Es verdad.
Michael la abrazó.
Y por un momento, el miedo desapareció.
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06:30. El balcón. El amanecer.
Jenn estaba en el balcón.
El sol comenzaba a salir sobre Amberes.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Michael desde la puerta.
—No lo sé.
—¿Vas a quedarte?
—Sí.
—¿Para siempre?
—Para siempre.
—¿Estás segura?
—No. Pero igual me quedo.
—Eso es lo único que necesito oír.
Michael se acercó a ella.
—Te quiero, Jennifer.
—Yo también te quiero, Michael.
—¿Crees que podremos salir de esto?
—No lo sé.
—¿Crees que Charles nos dejará en paz?
—No.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Luchar.
—¿Y si perdemos?
—Entonces lo intentamos otra vez.
—¿Y si no podemos?
—Entonces habremos intentado.
Michael la besó.
Y por un momento, el miedo desapareció.
---
