Capítulo 3 3
—Creo que es seguro asumir que no eres una espía —dice el hombre con voz lánguida—. O eso, o eres la peor en la historia de la profesión.
Suelto a la fuerza una risa entrecortada y presa del pánico.
—En realidad soy una espía profesional. En cierto modo.
Se le arruga la frente, esas cejas gruesas y oscuras inclinándose hacia abajo.
—No puede ser en se...
—Reportera —suelto de golpe antes de que el brillo asesino en sus ojos vuelva rugiendo a la vida—. Estaba bromeando. Al parecer, no fue una muy buena broma.
Sigue frunciendo el ceño, pero las arrugas se suavizan lo suficiente para dejarme respirar otra vez.
—Eres reportera —repite, acariciándose la línea de la mandíbula—. Hm. ¿Aquí para informar sobre...?
Hago un gesto vago con la mano en dirección al salón de baile donde se está celebrando la gala de esta noche.
—La ilustre generosidad de nuestro distinguido anfitrión y sus muchas e importantes causas benéficas, por las que siente un interés muy profundo y genuino, y definitivamente no solo por las relaciones públicas y las deducciones fiscales.
El hombre suelta un sonido corto y seco. Me toma un segundo darme cuenta de que así es como suena su risa.
—No creo que Leander siquiera sepa escribir “generosidad”.
Parpadeo, sorprendida. No hay mucha gente en este mundo dispuesta a hablar pestes de Leander Makris, y mucho menos con una desconocida. El hombre tiene una reputación lo bastante sangrienta como para que el riesgo simplemente no valga la pena.
Este hombre, sin embargo, no podría importarles menos. Mientras intento descifrar quién demonios es para atreverse a hablar con tanta libertad de un tipo con más acusaciones de asesinato y extorsión que baristas hay en Brooklyn, se pasa una mano por el pelo y mira su reloj.
—¿Tiene algún lugar adonde ir? —pregunto.
—No —dice—. Solo intento calcular cuánto tiempo puedo esconderme aquí antes de tener que volver a mezclarme con los buitres.
Ahora me toca reír a mí, aunque espero sonar menos como una foca ladrando que mi nuevo amigo hace un momento.
—No parece el tipo de hombre que le teme a los compromisos sociales.
Su ceño se oscurece.
—Ellos son los que deberían tener miedo. Si tengo que soportar una conversación más sobre remodelaciones de casas adosadas del Upper West Side o sobre la lista de invitados del baile de Año Nuevo del alcalde, le voy a meter una maldita bala en el cráneo a alguien.
Una vez más, estoy bastante segura de que está bromeando, del mismo modo que ayer yo le dije a Gina que, si tengo que ir por un latte mocha helado descremado con crema extra para Steve el cronista deportivo una vez más, voy a hacerme seppuku en el puente de Brooklyn.
Pero tampoco logro olvidar del todo que literalmente acaba de hablar de asesinato por teléfono, así que la broma se siente demasiado cercana para resultar cómoda.
—Bueno —digo con toda la despreocupación que puedo fingir—, no quisiera apartarlo de sus deberes de la noche. Parece que tiene las manos llenas y, además, yo realmente me moría por hablar de este nuevo salpicadero que mi vecina hizo instalar en su...
Él levanta una mano para detenerme.
—No. Ni siquiera en broma.
—Entendido —digo, fingiendo que me cierro los labios con un cierre—. Los salpicaderos quedan descartados.
Pero mientras hago el gesto, los ojos del hombre se clavan en algo. Ese surco en su frente regresa, más hondo que nunca.
Estoy confundida, hasta que él dice con un gruñido severo:
—Estás sangrando.
Bajo la vista y, sí, resulta que ese incómodo bache en mi noche no ha desaparecido por arte de magia. Siento el vuelco conocido en el estómago, ese cosquilleo de mareo: la sangre bajando en oleadas hasta la punta de los dedos de las manos y de los pies.
Me tambaleo un poco. La mano del hombre se lanza a sostenerme una vez más.
—De verdad no es para tan—
—Silencio —ordena, y yo me callo de inmediato, como si acabara de apretar el botón de mute en el control remoto de Ariel Ward—. Al lavabo. Ya.
Así de simple, soy una marioneta en su agarre. Él me guía y mis piernas obedecen mientras nos deslizamos hacia el lavabo juntos.
De pronto no tengo poder para hacer nada que él no me diga. No puedo esperar, no puedo pensar, no puedo discutir, no puedo huir. Solo puedo recibir cosas, pequeñas sensaciones aisladas que vienen y se van como nubes pasajeras.
Sus manos son grandes.
Huele bien. Un poco a menta.
Y es alto también. Muy alto. Algunos dirían demasiado alto. Yo no, claro. Yo no diría eso. Yo diría que tiene una estatura muy adecuada.
—Suéltalo.
Sigo su mirada hacia abajo y me doy cuenta de que estoy apretando con fuerza mi propio meñique. La punta se me ha puesto de un tono raro, entre morado y blanco, por falta de circulación. Dejo que me desdoble un dedo a la vez hasta que suelto el agarre y él sostiene mi mano cortada, acunándola en su palma.
Con la mano libre abre el grifo y comprueba el agua un par de veces hasta que está lo bastante tibia. Me mira.
—No grites. Van a pensar que estoy haciendo algo que no debo.
Antes de que pueda preguntar quiénes son “ellos” y cuestionar si tal vez tendrían razón, y si toda esta situación es, de hecho, una mala idea, pasa mi mano por debajo del chorro.
Tengo que morderme la parte de adentro de la mejilla para no gritar. Un dolor blanco y ardiente me atraviesa, pero solo por un segundo. Justo detrás llega un alivio cálido.
Puedo aflojar.
Puedo respirar.
—No me gusta la sangre —explico, avergonzada, cuando vuelvo a abrir los ojos.
El hombre me mira, evaluándome, sereno.
—Pudiste haberme engañado.
Me muerdo el labio para no reírme.
—Soy mejor reportera de lo que soy actriz, lo juro.
—¿Ah, sí? —arquea una ceja—. A ver. Te daré una exclusiva.
Frunciendo el ceño, lo vuelvo a mirar de arriba abajo.
—Por favor, no me odies por preguntar esto, pero… ¿debería saber quién eres?
—Me hieres. —Se toca el pecho en broma por un segundo y luego se encoge de hombros—. O quizá me halagas. Estoy acostumbrado a que la gente me haga la pelota y me eche flores. La “ignorancia voluntaria” es un cambio agradable.
Arrugo la nariz.
—¿Eso se suponía que era un cumplido?
Él suelta una risita, se agacha, abre el gabinete debajo del lavabo y saca un botiquín de primeros auxilios. Cómo supo que estaba ahí no tengo idea, pero lo hizo con tanta naturalidad que es como si simplemente esperara que el mundo le diera lo que necesitaba… y el mundo se lo diera. Tengo que parpadear y frotarme los ojos con los nudillos hasta que se me pasa el asombro.
—No —responde mientras abre el botiquín y empieza a sacar vendas, gasas y desinfectante—. Un cumplido sería decirte que te ves jodidamente impresionante con ese vestido. Llamarte ignorante fue solo una observación.
