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El Último de los Perdidos

El Último de los Perdidos

621 Weergaven · Lopend · Kenzie Axella
No queriendo perder más tiempo, rápidamente me arrastré fuera de la manta y caminé hacia Gerard, que estaba sentado al final de la cama, y toqué su mano suavemente.

—Necesito ser más fuerte. Por favor, hiéreme —supliqué como un cachorro pidiendo comida.

Él apartó mi mano y se levantó, caminando hacia la puerta. Todo lo que hizo fue cerrar la puerta con llave y luego caminar de regreso hacia mí con pasos lentos pero seguros. Su mano se movió para quitarse el reloj de la muñeca sin apartar los ojos de mí.

Gerard se detuvo y me tomó la barbilla con una mano.

—Voy a darte un buen dolor —dijo con una sonrisa en el rostro, y al segundo siguiente realmente estaba atacándome.


Al principio, los humanos vivían en paz, lado a lado con vampiros y hombres lobo, gracias al acuerdo de sus ancestros. Hasta que un día, estalló una gran guerra entre vampiros y hombres lobo. Como resultado, los vampiros fueron declarados extintos, mientras que el número de hombres lobo disminuyó.

Aún manteniendo el pacto de los ancestros, las naciones restantes intentaron vivir en armonía sin molestarse entre sí. Hasta que un día, una serie de ataques misteriosos ocurrieron en asentamientos humanos, y los hombres lobo se convirtieron en los principales sospechosos. El odio comenzó a crecer en los corazones de los humanos, declarando la guerra a los hombres lobo restantes con la intención de erradicarlos.

Anne, una chica llena de ambición por vengar el ataque a su familia, se une a La Unión de Vigilantes, una fuerza especial para luchar contra los hombres lobo. Anne nunca imaginó que el enemigo y el salvador que había estado buscando estarían tan cerca de ella en la forma de la misma persona.

¿Qué elegirá? ¿Venganza o gratitud?
24 centímetros de placer

24 centímetros de placer

597 Weergaven · Lopend · Axel Palacios
Huyó con una niña en brazos, el corazón en la garganta y la vida colgando de un hilo. No tenía casa, ni amigos, ni paz… solo rabia, miedo y un cuerpo que aprendió a fingir que todo estaba bien.
Pero entonces chocó con alguien. Un muro de músculo, traje caro, y mirada que desviste. Leo. El tipo que no pregunta, ordena. Que no mira, devora. Y que está a punto de convertir su caos en deseo.
Ella no buscaba amor. Ni sexo. Ni salvación. Pero el calor entre las piernas no entiende razones.
Ahora trabaja en su casa. Vive en su cabeza. Y empieza a preguntarse qué se siente cuando alguien te toca sin querer hacerte daño.
¿Podrá Lina resistirse a ese hombre que huele a peligro y sabe a pecado? ¿O va a abrir las piernas antes que el corazón?
Porque una cosa está clara:
Él no vino a rescatarla. Vino a hacerla suya con sus 24 centímetros entre las piernas.
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