Dayana Perez Almaguer

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2 Verhalen van Dayana Perez Almaguer

Dos razones para amarte.

Dos razones para amarte.

495 Weergaven · Lopend · Dayana Perez Almaguer
Cuando Nora Patson fue despedida por quinta vez, decidió que era el momento de buscar algo que se ajustara a su personalidad.

Es entonces, cuando encuentra en Internet un anuncio con una oferta de trabajo que iluminó sus ojos. Lo que aquel padre multimillonario estaba dispuesto a pagarle a la niñera que cuidara de sus hijos era casi absurda. Así que sin pensarlo dos veces, envió su solicitud, y por sorpresa para ella fue aceptada.

¿El menor de los problemas? no era una intranquila y desobediente criatura, sino dos.
¿El mayor de los problemas? el padre de los mellizos era Alexander Gabini, uno de los empresarios increíblemente poderosos del país, el magnate más egocéntrico y arrogante que pensó conocer jamás. Y fue esa ignorancia suya, lo que la llevó a meterse en la boca del lobo más temido y respetado de la mafia.
Mi arrogante jefe. ¡Es mi cuñado!

Mi arrogante jefe. ¡Es mi cuñado!

982 Weergaven · Lopend · Dayana Perez Almaguer
Vicky Gil no supo como negarse a la propuesta de matrimonio. Llevaba mucho tiempo planeando el momento ideal para dejar la relación y justo cuando consiguió empleo en otra ciudad y pretendía escapar de la culpa, ya su novio había preparado una preciosa celebración pre-matrimonial, nada podía ser peor.

Estaba cansada de la monotonía, de la costumbre, y sobre todo, de esa cama fría donde jamás fue complacida.

Pensó que la primer semana de adaptación en su nuevo empleo le ayudaría a reconsiderar la propuesta de casamiento, pero al contrario, trabajar para Erick Rosewood -su jefe-, convertirse en su obsesión, y terminar siendo suya, no fue lo peor... Que ese hombre fuera el hermano de su prometido, sin dudas sí lo fue.

—Por favor, no es necesario contarle, en serio, no sé como reaccione.

—Desde el momento en que cerraste esta oficina con llave dejaste de deberle explicaciones —refuta con seriedad, es fácil notar lo molesto que está. ¿No se supone que fue un error? ¿Por qué parece estar furioso?

–Esa no es la cuestión, Erick. ¡Es tu hermano!

—Y tú su ex —recalcó—, en cuanto cruce por esa puerta le haré saber que te tiene que dejar en paz—. comienza a caminar hacia mí, me extiende su mano y la tomo, insegura de su próximo acto. Hace que me ponga de pie, atrapa mi cintura entre sus manos y me alza, dejándome sentada sobre su escritorio—. Yo no comparto, Bick, y menos con él.

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