Venganza Para Mamá: Los Pequeños Revoltosos Del Mafioso

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Capítulo 5 La huida de los maldeanos

Totalmente asustado, Eliseo miró hacia atrás y al ver pasar a uno de los hombres de Collins, tan similar a él y a los otros dos que ya habían visto, tembló.

—Todos estos hombres son unos maldeanos grandotes y peligrosos. No vamos a poder, Isa —respondió Eliseo evidentemente incrédulo de la suerte de ambos, pero la expresión de confianza absoluta de Elisa lo hizo creer un poquito en la posibilidad de salir de ahí y vivos—. ¿Qué hacemos para que nos dejen ir? —preguntó en un susurro, escudriñando con la mirada el pasillo.

—Hay que distraer a los maldeanos. Mira allá.

Frente a ellos, en una sala de monitoreo adyacente que había quedado abierta, destellaban docenas de pantallas y la terminal táctil central del sistema de seguridad de la mansión.

Sobre una repisa baja, los niños divisaron un frasco de pegamento industrial que los obreros habían dejado después de reparar un panel, se miraron y con eso parecieron haber dibujado el mapa de su estrategia de huida, sin imaginar la magnitud del caos que provocarían.

Elisa, con la rapidez mental, tomó el pegamento y un par de vasos con agua que estaban en una bandeja.

—Finge que juegas a los astronautas —le ordenó Elisa en un susurro—. Como no sabemos apagar esa cosa, entonces sígueme. Con esto se apagarán.

Con total ingenuidad en sus rostros, riéndose en voz alta como dos niños distraídos, Eliseo volcó el agua de los vasos sobre el teclado del servidor central, como un hecho fortuito, mientras Elisa dándole la espalda a las cámaras para que no se viera lo que hacía vaciaba el tubo de pegamento espeso directamente entre los circuitos táctiles.

Para sellar el caos, Eliseo corrió al ventanal y presionó el botón de emergencia del jardín, activando los rociadores a máxima presión bajo el pretexto de bañar a los perros imaginarios.

—¡Siii… perritos deben bañarse! —gritaba Eliseo emocionado mientras miraba las cámaras.

En cuestión de segundos, los paneles emitieron chispas violetas, las pantallas se apagaron con un zumbido seco y las alarmas de la mansión comenzaron a sonar en un tono sordo de fallo crítico.

—¡Corre, Seo! —le dijo Elisa con emoción propia de su edad.

Justo en ese momento, aprovechando que Blade y los demás hombres corrían confundidos hacia la central gritando por el cortocircuito, los gemelos abandonaron la casa y atravesaron el portón lateral a toda prisa. Salieron a la calle y corrieron sin mirar atrás hasta alcanzar la avenida principal.

Llegaron a una parada de autobuses exhaustos de la estampida que tuvieron que hacer, casualmente cuando un auto negro con el distintivo de Uber se detuvo a bajar un pasajero. Eliseo, utilizando su mejor cara de susto, se acercó a la ventanilla del chofer.

—¡Señor, por favor, ayúdenos! —suplicó Eliseo al borde de las lágrimas fingidas—. ¡Unos hombres feos nos vienen persiguiendo desde la otra cuadra! ¡Mamá nos dijo que nos subiéramos a un carro seguro si pasaba algo!

El chofer, alarmado al ver a dos niños solos y desamparados, abrió la puerta trasera sin dudar.

—¡Suban rápido, niños! ¿A dónde los llevo?

Elisa le dictó una dirección a dos calles de su edificio.

Momento presente:

Mientras el Uber avanzaba a toda velocidad alejándose de la zona de peligro para los hermanos Dorantes, Collins transitaba la misma avenida en dirección opuesta, llevando a una Natalia enfurruñada, con los brazos cruzados sobre sus pechos, en actitud de guerra, ocupando el asiento del copiloto.

Adentro del auto, la tensión era fulminante, se respiraba hostilidad.

Natalia viajaba erguida, con la mandíbula apretada y la mirada fija entre el parabrisas y breves ojeadas de lado a Collins lanzando destellos de furia.

A medida que viajaban se dio cuenta que a pesar de los años transcurridos, la cercanía con Collins despertaba en ella una turbulenta mezcla de sentimientos ya conocidos, deseo y un odio profundo que le quemaba las entrañas.

Se odiaba por ser tan débil con su peor enemigo, y el temor de que él descubriera que los gemelos eran los niños que una vez rechazó le generaba taquicardia empeorando su situación.

—No me mires así, Natalia —espetó Collins con frialdad, manteniendo las manos firmes sobre el volante—. Esos mocosos causaron un alboroto innecesario.

—Lávate la boca antes de hablar de ellos —respondió Natalia con voz envenenada—. Si están en esta situación es porque algo hicieron tú y tus matones. No sé qué juego sucio te traes con ellos, pero si les rozas un solo cabello, te juro por Dios que te mato.

Collins esbozó una sonrisa helada, aunque por dentro la rabia y una atracción incontrolable lo consumían al ver la fiereza de los ojos de Natalia.

—Sigues siendo igual de impulsiva —murmuró él, acelerando el motor—. Vamos a mi casa. Vas a recoger a esos pequeños delincuentes y me vas a explicar qué hacían pidiéndole dinero a mi gente.

Lo miró con los ojos entrecerrados. Le pareció una vil acusación, lo odiaba.

De solo escucharlo, Natalia no podía creer que Collins estuviera hablándole de Elisa y Eliseo, sus ángeles jamás harían algo similar. No con la educación que ella se había preocupado en darles.

La desesperación estaba haciendo un ovillo enmarañado de sus nervios y acrecentando la ira en contra de Collins como una bomba amenazando con estallar.

Mientras tanto, a pocas manzanas de allí, el Uber se detuvo en un semáforo en rojo, justo a una cuadra de la casa de los gemelos. Elisa sacó del bolsillo el fajo de billetes gastados que Blade le había entregado en el callejón y lo dejó caer varios billetes sobre el asiento del copiloto

—¡Gracias, señor! —gritó Eliseo.

Antes de que el chofer pudiera reaccionar, los gemelos abrieron la puerta.

—Ahora, Isa —le gritó Eliseo saltando del auto y echaron a correr uno detrás del otro por la acera.

—¡Hey! ¡Niños, esperen! ¡El cambio! —gritó el conductor intentando bajarse, pero la luz verde del semáforo y el tráfico detrás de él le impidieron perseguirlos. Los gemelos se perdieron ágilmente entre los callejones, dejando al chofer varado con el dinero en la mano.

—Corre, Seo, tenemos que llegar a casa antes que mami sepa que de verdad no estábamos en la casa —gritó Elisa con la voz agitada.

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