Capítulo 5 Capítulo 5
De repente, un murmullo se alzó en la sala cuando Madame apareció en el escenario, con su andar elegante y esa sonrisa fría y calculadora. Con una mano levantada, pidió silencio.
—Bienvenidos a todos, caballeros —dijo con voz suave pero firme, y la sala se quedó en silencio, expectante. Ella era la estrella del show, la orquesta que dirigía toda esta pesadilla—. Esta noche, como siempre, tendrán la oportunidad de adquirir lo mejor de lo mejor. Nuestras chicas son únicas y, por supuesto, virg,nes dispuestas a cumplir con todos los deseos de sus nuevos dueños.
Yia no podía dejar de mirar al público, y lo que vio la hizo estremecerse. La mayoría de los hombres que se encontraban allí eran mayores, tal vez en sus 70 años, algunos más viejos, con caras arrugadas y cuerpos que denotaban años de excesos. La repulsión que sintió fue tan fuerte que por un momento, deseó poder desvanecerse, desaparecer entre las sombras.
¿Era esto lo que le esperaba? ¿Ser comprada por uno de esos hombres que, probablemente, la usarían y la olvidarían, como a tantas otras antes que ella?
Quiso gritar, huir, pero algo la detuvo. En el último instante, cuando su corazón amenazaba con salirse de su pecho, sintió una mano cálida sobre la suya. Era Susan. La chica rubia que siempre la había apoyado, la que había estado junto a ella en las noches más oscuras.
Susan la miró con una pequeña sonrisa, tan suave y cálida que Yia sintió que el peso de su angustia se aligeraba un poco.
—Tranquila, Yia —susurró Susan, sin que nadie más pudiera escuchar. —Lo haremos juntas. No estás sola.
Las palabras de Susan no eliminaron el miedo, ni la repulsión que Yia sentía, pero le dieron algo que hacía mucho tiempo no sentía: un poco de consuelo, un refugio en medio de la tormenta. Aunque todo estaba en su contra, Yia sabía que no estaría completamente sola en esta pesadilla.
Pero, al mismo tiempo, había una sensación amarga en el aire, algo que no podía evitar. Este podría ser el último día que pasaran juntas, la última vez que se verían antes de ser separadas por el destino cruel que las esperaba. Un futuro incierto, lleno de horrores que ni siquiera podía imaginar, pero que sentía venir como una ola arrolladora.
La música comenzó a sonar suavemente en el fondo, marcando el inicio de la subasta. Las chicas empezaron a caminar una vez más, mientras los hombres comenzaban a murmurar y a susurrarse entre sí, evaluando, negociando. Yia no podía dejar de mirar el suelo, no podía enfrentar la mirada de esos hombres, pero al mismo tiempo, no podía apartar la vista de Susan. Su mano seguía siendo un ancla en ese mar de desesperación.
Yia intentó mantener la mirada fija en el suelo, en sus pies, en cualquier cosa que pudiera distraerla de la sala llena de miradas hambrientas. Pero cuando levantó la cabeza por un segundo, su vista se cruzó con la de un hombre en el público, y un estremecimiento recorrió su cuerpo. Lo primero que notó fue que era el único que llevaba un cubrebocas, una pieza negra que le cubría la mitad inferior del rostro, como una sombra que lo ocultaba del mundo. Eso lo hacía aún más enigmático, pero al mismo tiempo, más peligroso. La falta de expresión en su rostro solo añadía misterio a su figura.
Era difícil decir si era mayor o no. El cubrebocas lo tapaba casi por completo, y su postura, firme y segura, solo sugería que estaba acostumbrado a estar en el centro de atención. A pesar de esa cobertura parcial, lo que más le impactó a Yia fueron sus ojos: dos orbes oscuros, intensos, que parecían penetrarla sin esfuerzo. Esa mirada la atrapó, no le permitió apartarse, y un cosquilleo extraño recorrió su piel. Era como si algo invisible la uniera a él, un lazo que no entendía, pero que la inquietaba profundamente.
Por un momento, Yia dejó de ser consciente del lugar que la rodeaba. El ruido de la sala se desvaneció, y todo lo que quedaba era esa mirada que la absorbía por completo. Sus ojos negros eran tan penetrantes que se sentía como si los estuviera juzgando, evaluando, no como los demás hombres, pero de una manera mucho más profunda, más silenciosa. ¿Qué quería de ella? ¿Por qué se sentía tan vulnerable ante un desconocido que ni siquiera mostraba su rostro? Era absurdo, lo sabía, pero por algún motivo sentía una conexión inexplicable, como si algo en su interior respondiera a su presencia.
Tratando de no ceder a esa extraña sensación, Yia rápidamente apartó la vista, dirigiéndola hacia cualquier otro rincón oscuro de la sala, hacia el suelo, hacia las chicas que aún pasaban por la pasarela. Pero no podía dejar de sentir esa presencia en el aire, como si él estuviera observándola fijamente, como si pudiera sentir su mirada en cada fibra de su ser.
En ese momento, la voz de Madame volvió a sonar, cortando el tenso silencio que se había apoderado de la sala.
—Muy bien, caballeros —dijo Madame, y su tono parecía aún más autoritario que antes—. Comenzaremos con la subasta. Espero que estén listos, porque hoy tienen una oportunidad única de obtener lo mejor que tenemos para ofrecer.
El sonido de su voz parecía arrastrar a Yia de vuelta a la realidad.
Pero aún así, no podía dejar de preguntarse: ¿por qué ese hombre la había mirado así?
