Vendida al Magnate

Descargar <Vendida al Magnate> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 4 Capítulo 4

Esa misma noche, la chica se quitó la vida.

El golpe fue brutal. Para todas las que estaban en ese lugar, fue un recordatorio doloroso de la realidad en la que vivían. La joven que había llegado con la misma fuerza que Yia, había decidido que no podía soportarlo más. No se podía escapar de ese lugar. La muerte parecía ser la única salida.

Las palabras de Sol resonaron en su cabeza, esas mismas palabras que había escuchado hace un momento: "Si no nos venden, seremos rentadas el resto de nuestras vidas." Y aquella chica que había intentado resistir, había optado por la única libertad que le quedaba.

Yia no podía evitar preguntarse: ¿Era esa la única manera de ser libre? ¿Era esa la única forma de escapar del dolor y la humillación que les esperaba? ¿Morir?

Las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras miraba el reflejo en el espejo, su propia imagen, y se preguntaba si ella sería capaz de soportarlo todo. Podía sentir que la desesperación comenzaba a tomar su lugar en su corazón. Pero una pequeña chispa de resistencia seguía ardiendo en lo más profundo de su ser, aunque no sabía por cuánto más tiempo podría mantenerla encendida.

Madame entró a la habitación con una sonrisa complacida, mirando a Yia con una mirada que denotaba satisfacción.

—Estás hermosa —dijo con voz suave, casi melosa—. Realmente no me equivoqué contigo.

Yia no podía evitar sentir repulsión por sus palabras. Cada vez que Madame la miraba de esa forma, como si fuera una propiedad, un objeto que se podía moldear y vender, una parte de Yia se rompía un poco más. Su rostro se endureció, y su cuerpo, vestido con aquel atuendo revelador, parecía volverse más pesado con cada palabra de la mujer.

—Linda —continuó Madame, acercándose lentamente—, no me mires así. Créeme, muchas de las mujeres que son subastadas viven vidas mejores que la que tenías antes. Estás por vivir una vida de lujo, algo que te mereces.

Yia tragó saliva, su garganta apretada por la rabia que amenazaba con estallar. Las palabras de Madame eran como veneno, diseñadas para someter, para hacerla creer que de alguna manera su destino no era tan malo. Pero Yia no podía callarse, no quería que ella pensara que estaba ganando.

—¿A cuántas de ellas les has preguntado? —respondió con furia, su voz temblando de ira contenida. —Porque lo único que haces es venderlas, como si fueras una comerciante, y lo que importa al final es lo que el comprador pague, no lo que nos pasa después.

Madame se detuvo un momento, una mueca cruzando su rostro, su sonrisa se deshizo al instante. Yia sabía que había golpeado una fibra sensible, pero eso solo aumentaba su desprecio. Sabía que todo lo que Madame decía era solo una fachada, una mentira para justificar lo que estaba haciendo. Los hombres que compraban a esas mujeres no se preocupaban por sus vidas, solo por su dinero, y Madame sabía bien que, tarde o temprano, todas las chicas terminarían igual: utilizadas y olvidadas, como mercancía que ya no tiene valor.

Madame apretó sus labios, su rostro ahora serio y algo frío. Yia podía ver el cambio en su actitud, como si, por un momento, hubiera dejado caer la máscara de cortesía para mostrar su verdadera naturaleza.

—Es mejor que te apresures a salir —dijo finalmente, con voz autoritaria—. Muchos de nuestros clientes han viajado desde muy lejos solo para conocerte a ti.

Yia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No quería seguir su orden, no quería ser parte de ese maldito espectáculo, pero sabía que no tenía opción. La puerta estaba abierta y Madame ya esperaba fuera, con la expectativa de que Yia la siguiera sin protestar.

Yia levantó la barbilla, desafiando a la mujer con la mirada, pero por dentro sentía un nudo en el estómago. Estaba atrapada en su propia pesadilla, y no había forma de escapar. Cada paso que daba hacia la puerta era un paso más hacia su futuro incierto, hacia un destino que no había elegido, pero que parecía ser el único que le quedaba.

Mientras cruzaba el umbral, pensó en lo que venía a continuación. Su vida se estaba reduciendo a una simple transacción. Podría ser comprada por cualquier hombre, desde un sádico sin escrúpulos hasta un asesino sin alma. Pero, en su interior, una parte de ella aún se negaba a rendirse. No importaba lo que viniera, no iba a ser una más de las mujeres que perdían su humanidad por completo. Al menos, hasta que su última respiración fuera tomada, ella seguiría luchando, aunque fuera solo en su mente.

El aire estaba denso, pesado con el eco de murmullos y risas nerviosas. Yia apretó los labios y se tocó la máscara que le habían entregado, una máscara sencilla pero elegante, que cubría su rostro, aunque ni siquiera esa tela parecía darle protección. La máscara no solo ocultaba su identidad, sino que también la hacía sentir más distante de la realidad, como si no fuera más que una sombra de sí misma, preparada para ser observada, evaluada y, finalmente, vendida.

Cada chica estaba alineada frente al escenario, todas con sus propias máscaras, todas tan diferentes entre sí, pero unidas por un destino común. Yia podía sentir cómo el miedo, la ansiedad, y una creciente repulsión se apoderaban de ella mientras todas hacían una especie de desfile, una pasarela en la que se mostraban como si fueran piezas de arte, o peor aún, mercancía. Sus cuerpos se movían con una mezcla de gracia forzada y tristeza, pero el brillo en sus ojos delataba la lucha interna, el deseo de ser vistas como algo más que una simple propiedad.

El escenario no era muy grande, tal vez lo suficiente para albergar a unas cien personas, todas observando con atención, con el brillo de la codicia reflejado en sus miradas. La luz era tenue, creando un ambiente artificialmente cálido, que contrastaba con la frialdad que Yia sentía en su pecho. El sonido de los tacones de las otras chicas resonaba en la sala mientras tomaban su lugar, cada una tomando su turno para caminar, posar y mostrar sus atributos como si fueran marionetas en una obra macabra.

Yia, como todas las demás, sabía que no era nada más que una vitrina, un escaparate de carne humana. En su interior, sentía una mezcla de impotencia y furia. Pensaba en todo lo que le había llevado hasta ese momento y en todo lo que había perdido, pero también pensaba en nada, como si su mente hubiera apagado cualquier pensamiento lógico, para evitar volverse loca por la magnitud de lo que estaba sucediendo.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo