Capítulo 6 ¡Es un desfalco!
Emily
Trago saliva con la garganta seca mientras la realidad me golpea con la fuerza de un naufragio. Mi acosador del club, el hombre al que insulté y rechacé anoche... es el CEO de la compañía donde trabajo. Mi jefe absoluto.
Bajo la luz natural del ventanal, su presencia es aún más imponente y peligrosa. Mide casi un metro noventa, viste un traje gris hecho a medida que acentúa sus hombros anchos, y su rostro posee una belleza salvaje: mandíbula marcada por una barba sombreada de dos días, cabello oscuro peinado con elegancia y unos ojos negros tan profundos y fríos que parecen capaces de incinerarme viva.
Siento que el aire se me acaba. Cierro los ojos un segundo, esperando el desastre. Pero de pronto, la lógica regresa a mi mente aturdida: hoy no llevo la peluca corta y negra. Tampoco llevo el maquillaje sobrecargado ni el labial rojo pasión.
Y, sobre todo, llevo unas gafas gigantescas que cubren la mitad de mi rostro, acompañadas de un suéter holgado que destruye cualquier silueta femenina. Para él, en este momento, no soy Amapola. Soy solo una empleada insignificante.
Alexandros me observa con una mezcla de fastidio absoluto y desprecio corporativo.
—¿Acaso eres sorda? —repite con voz grave, dando un paso rodeando su escritorio—. ¿Qué esperas para recoger este desastre?
Sus palabras me sacan del trance. Bajo la mirada de inmediato, evitando cualquier contacto visual prolongado, y me me pongo a recoger frenéticamente los documentos esparcidos por el suelo. Las manos me tiemblan tanto que me cuesta juntar las hojas.
—Lo... lo siento mucho, señor Kostas —consigo articular con un hilo de voz nasal y sumisa, bajando la cabeza—. No volverá a suceder, se lo aseguro.
Alexandros se detiene justo a mi lado. Puedo ver sus zapatos de piel lustrada a escasos centímetros de mis manos. Siento el peso opresivo de su mirada recorriendo mi espalda.
—Las disculpas no mantienen una empresa en funcionamiento —declara con una frialdad cortante—. No sé cómo se manejaban las cosas en esta filial antes de mi llegada, pero bajo mi mando la eficiencia es lo único que importa. Si no puedes sostener unas simples carpetas sin provocar un caos, no tienes ningún lugar en esta compañía.
—Entendido, señor —murmuro, reuniendo la última pila de papeles y poniéndome de pie a toda prisa.
Mantengo la mirada clavada en la alfombra, abrazando los folios desordenados contra mi pecho como si fueran un escudo.
—Deja eso sobre la mesa y lárgate —ordena con un gesto seco de la mano, dándome la espalda para mirar por el ventanal.
No necesito que me lo repita dos veces. Dejo el montón de carpetas sobre la esquina de su escritorio y salgo de la oficina casi corriendo, sintiendo que el corazón se me sale de la cavidad torácica.
Camino a paso apresurado por el pasillo hasta llegar al baño de empleados. Me apoyo contra el lavabo y me miro al espejo. Tengo las mejillas encendidas y las manos heladas. Si Alexandros descubre que la chica torpe del archivo que acaba de tirar los papeles es la misma bailarina que lo rechazó en el club, me despedirá al instante.
Perderé la única fuente de ingresos segura para el tratamiento de mi madre. Estoy jugando con fuego en el borde de un precipicio.
Tardo quince minutos en recomponerme antes de regresar a mi escritorio en la planta baja. La oficina sigue en bullicio, pero yo intento aislarme del mundo. Para calmar la ansiedad, abro una de las copias digitales del informe de finanzas que guardé en mi ordenador antes de subir. Necesito confirmar que no estoy loca.
Empiezo a cruzar los datos contables nuevamente con la calculadora. Mis dedos vuelan sobre el teclado. Cuanto más profundizo en las fórmulas, más evidente se vuelve el fraude.
—Lo sabía... —murmuro para mí misma en un susurro involuntario, dejándome llevar por la indignación al ver el descuadre—. Las cuentas están completamente alteradas. Es un desfalco masivo.
—¿De qué cuentas estás hablando?
Una voz profunda y grave, cargada de una autoridad aplastante, resuena justo detrás de mi oreja.
Doy un salto en la silla por el susto, a punto de tirar el teclado al suelo. Me giro bruscamente y me encuentro cara a cara con la figura imponente de Alexandros Kostas, quien está inclinado sobre mi cubículo, mirándome con sus ojos oscuros clavados directamente en la pantalla de mi ordenador.
