Una amapola para el griego

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Capítulo 4 ¡No estoy en venta!

Alexandro

El tiempo parece detenerse de golpe en el club. Una descarga eléctrica recorre mi espina dorsal cuando la veo emerger de entre las cortinas de terciopelo rojo. Es una visión que raya en la fantasía pura, una criatura de una belleza tan perturbadora que erradica por completo los pensamientos de mi abuelo, el testamento y la empresa.

Lleva la cara cubierta por un elegante antifaz de encaje negro que solo deja al descubierto la curva delicada de sus pómulos y unos labios carnosos pintados de un rojo pasión abrumador.

Su cabello es una melena corta, un corte bob de un negro azabache tan intenso que brilla bajo los focos dorados. Su piel, de un tono trigo suave y terso, parece hecha de porcelana fina bajo la luz tenue. Viste un conjunto de lencería de encaje oscuro que se ciñe a sus curvas perfectas, resaltando una cintura diminuta y unas piernas kilométricas que se mueven con una soltura magnética.

La música arranca con un ritmo sensual y lento. Amapola comienza a bailar.

No es un baile ordinario. No hay vulgaridad en sus movimientos; hay arte, un dominio absoluto de su propio cuerpo y una gracia hipnótica que hace que parezca flotar sobre la tarima. Se desliza por el escenario con la compostura de una diosa que sabe perfectamente el efecto que causa en los hombres que la rodean. Cada giro de sus caderas, cada flexión de su espalda, es una provocación calculada que enciende un fuego violento en mi ingle.

Me quedo completamente inmóvil, sujetando el vaso de whisky con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Mis ojos están clavados en ella, devorando cada centímetro de su piel, cada movimiento insinuante. Su mirada rasgada, marcada por un delineado oscuro tras el antifaz, barre la audiencia. Y por un segundo —un segundo en el que el aire se me escapa de los pulmones—, sus ojos se cruzan con los míos en medio de la penumbra.

La intensidad de esa mirada me atraviesa como un rayo. Siento una necesidad imperiosa, casi salvaje, de poseerla. Ella no es solo una bailarina más; es un enigma envuelto en encaje y misterio. Un deseo primitivo e insaciable se apodera de mi cuerpo. La quiero. La quiero en mi cama esta misma noche.

No soy un hombre que espere ni que pida permiso. Cuando el espectáculo llega a su fin entre los vítores y aplausos ensordecedores de los espectadores, la veo hacer una reverencia sutil y dirigirse hacia la puerta lateral que conduce a los pasillos privados de los camerinos.

Me levanto del taburete de un solo golpe, dejando varios billetes de cien dólares sobre la barra sin mirar, y me corto paso entre la multitud con determinación implacable. Camino a paso firme hasta alcanzar el pasillo antes de que cruce la puerta restringida. Extiendo la mano y le sujeto la muñeca con firmeza, pero sin lastimarla, deteniendo su paso en seco.

Amapola se gira despacio. Al tenerla a escasos centímetros, el aroma que desprende —una mezcla dulce de jazmín, vainilla y el calor de su propia piel— me nubla la razón.

—Eres una criatura fascinante —le digo, dibujando una sonrisa calculada y cautivadora, esa misma sonrisa que suele doblegar a cualquier mujer en mis términos—. Tu actuación en el escenario ha sido simplemente sublime.

Amapola me observa a través de las aberturas de su antifaz. Sus ojos reflejan una frialdad insondable. Su voz, cuando responde, es suave pero firme, como el terciopelo sobre acero:

—Gracias, señor —dice escuetamente.

Acto seguido, con un movimiento rápido y sutil, tira de su brazo y libera su muñeca de mi agarre. Mi ceño se frunce al instante. Nadie se aparta de mí de esa manera. Ignorando la punzada de molestia en mi orgullo, decido cortar por lo sano. La diplomacia no es necesaria cuando puedo ofrecer una cifra que nadie rechazaría.

—Vamos directo al punto, preciosa. No me gusta perder el tiempo —digo, dando un paso más hacia ella, acorralándola sutilmente contra la pared del pasillo—. ¿Cuál es tu precio? Ponle una cifra a la noche y te aseguro que te haré disfrutar tanto que no vas a olvidarlo jamás.

Estoy acostumbrado a que las mujeres sonrían, ceda o muestren fascinación ante una propuesta así viniendo de un hombre como yo. Pero la reacción de Amapola me deja completamente descolocado.

No hay una sonrisa. No hay coquetería. Ni siquiera hay interés financiero en sus facciones. En su lugar, el rostro de la mujer se endurece instantáneamente. Sus labios rojos se comprimen en una línea fina y sus ojos me atraviesan con una mirada cargada de un desprecio tan puro que me congela la sangre.

—No estoy en venta, señor —responde con un tono de voz helado que corta el aire como una navaja—. Así que guarde su dinero y su propuesta «inolvidable». No me interesa en lo más mínimo.

El impacto de sus palabras es equivalente a una bofetada física en pleno rostro. La incredulidad se apodera de mí. Siento cómo la sangre me hierve en las sienes.

—¿Disculpa? —pregunto, bajando el tono de voz a una frecuencia peligrosa mientras me acerco más—. ¿Tienes idea de a quién estás rechazando, niña?

En lugar de achicarse o dar un paso atrás ante mi intimidación, la chica eleva la barbilla con una altivez impresionante. Aprieta la quijada y levanta su mano derecha, apoyando la punta de su dedo índice directamente en el centro de mi pecho, justo sobre la tela de mi traje a medida.

—Entendió perfectamente —dice, encarándome sin pestañear—. Le estoy diciendo que no. No puede comprar a todas las mujeres que se le crucen por enfrente solo porque tiene la cartera llena. No somos un pedazo de carne en exhibición.

Un gruñido se me escapa del pecho. Doy un paso más, reduciendo la distancia entre nosotros a cero, permitiendo que mi aura de poder la envuelva por completo.

—Te lo repetiré una sola vez —murmuro con voz grave y amenazante—: ¿Sabes con quién demonios estás hablando?

Es en ese preciso instante cuando capto un destello diferente en el fondo de sus ojos oscuros. Una chispa de miedo real. Veo cómo la piel de su cuello se tensa al tragar en seco ante mi cercanía y el peso de mi presencia. Está asustada. Lo huelo. Sin embargo, lo que me deja atónito es que, a pesar del temor evidente que siente, la mujer no cede un solo milímetro. Se mantiene firme, sosteniéndome la mirada con una valentía casi suicida.

—No me importa quién sea usted —dice, manteniendo la voz firme a pesar de la respiración agitada que hace subir y bajar su pecho—. Yo no estoy a la venta. Estoy segura de que en este club sobra gente dispuesta a aceptar su dinero para esa noche inolvidable, pero yo no soy una de ellas. Con permiso.

Da media vuelta con una elegancia implacable y camina a paso rápido hacia los camerinos, dejando que el sonido de sus tacones resuene en el pasillo antes de desaparecer tras una puerta metálica que se cierra con un golpe seco.

Me quedo completamente petrificado en medio del pasillo. El silencio de la pared frente a mí parece burlarse de mi estupefacción. 

Mi orgullo, ese que he alimentado durante años de triunfos corporativos y conquistas fáciles, yace en el suelo, sangrando. Pero al mismo tiempo, debajo de la indignación y la rabia, una corriente de adrenalina pura recorre mis venas.

Hace años que ninguna persona se atrevía a hablarme así. Hace años que una mujer no despertava en mí esta combinación explosiva de furia, curiosidad y una atracción desmedida.

Aprieto los puños, girando sobre mis talones para regresar a la zona principal del club. Mi mente es un caos de determinación. Esto no se va a quedar así. Ninguna mujer me dice que no y se sale con la suya.

Me dirijo a paso firme hacia el área administrativa de la barra y le hago una seña imperiosa al gerente del local, un tipo maduro que maneja el negocio. Al verme avanzar hacia él con el rostro ensombrecido, el hombre palidece y se apresura a salir de la barra para recibirme, haciendo una reverencia casi servil.

—¡Señor Kostas! Por todos los cielos... Qué honor tenerlo de vuelta. Hace meses que no nos honraba con su visita.

—Estaba fuera del país arreglando asuntos importantes —mordisqueo cada palabra, manteniendo una postura erguida e intimidante—. Dime una cosa, Ramírez... ¿Qué demonios sabes de la nueva bailarina? ¿La tal Amapola?

El gerente parpadea sorprendido, limpiándose una gota de sudor frío de la frente con un pañuelo.

—Bueno... eh, en realidad muy poco, señor Kostas. Lleva apenas una semana con nosotros. Es una contratación reciente, pero ha sido un éxito rotundo. La clientela VIP está eufórica con ella, es de las mejores artistas que hemos tenido en la tarima en años...

—Pues no parece ser tan profesional —lo interrumpo con frialdad, disfrutando de cómo el hombre se pone cada vez más pálido—. Tu empleada estrella acaba de rechazar una oferta directa mía de la manera más grosera posible.

El gerente traga saliva de golpe, abriendo los ojos de par en par con verdadero pánico.

—Señor Kostas, por favor, le pido disculpas en nombre del club... La chica... bueno, ella firmó un contrato estrictamente artístico. Solo baila en el escenario. Sé que necesita desesperadamente dinero extra por algunas situaciones personales, pero se negó rotundamente a aceptar servicios privados con clientes. Sin embargo, si usted desea que hable con ella...

—No —lo detengo con un gesto seco de mi mano—. No quiero que obligues a nadie. Pero sí quiero saber absolutamente todo sobre ella. Nombre real, dirección, antecedentes, qué problemas tiene y por qué necesita ese dinero. Quiero un informe completo en mi escritorio mañana a primera hora. ¿Queda claro?

—Sí, señor Kostas. Por supuesto. Tendrá toda la información que los registros posean a primera hora de la mañana —asiente el hombre sumisamente.

—Asegúrate de que sea detallado —sentencio, arrojando una última mirada hacia la puerta por donde ella desapareció.

Doy media vuelta y salgo del club hacia el frío nocturno de Chicago. El aire helado me golpea el rostro, pero no logra apagar el fuego que esa mujer ha encendido bajo mi piel.

Tengo un imperio que salvar antes del amanecer, una junta directiva que poner en orden y una solución que encontrar para la trampa que me dejó mi abuelo en su testamento. Pero mientras subo a la parte trasera de mi coche, soy plenamente consciente de que mis prioridades acaban de complicarse.

Amapola cree que puede decirme que no y desaparecer entre las sombras. No sabe con quién se ha metido. Nadie escapa de Alexandros Kostas, y voy a descubrir exactamente quién se oculta detrás de esa máscara.

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