Capítulo 3 ¡Amapola!
Alexandro
El estruendo de las turbinas del jet privado no logra ahogar la tormenta de frustración que me quema el pecho. Miro a través de la ventanilla mientras el paisaje nocturno de Chicago empieza a desplegarse abajo: una alfombra infinita de luces frías y rascacielos imponentes que prometen de todo, menos la paz que necesito. Mi vuelo transatlántico desde Atenas ha sido un martirio prolongado, un recordatorio sofocante de la última jugada de mi abuelo antes de morir.
Una jugada que amenaza con destruir el imperio que me costó sangre levantar.
Soy Alexandros Kostas. El CEO de la firma tecnológica y de inversiones más poderosa del mercado internacional. El hombre cuyo apellido infunde respeto en Wall Street y temor en los consejos de administración. He construido mi reputación a base de disciplina de hierro, frialdad estratégica y un control absoluto sobre cada aspecto de mi vida. Jamás pierdo. Jamás cedo.
Sin embargo, esta noche el peso que cargo sobre los hombros no proviene de las fluctuaciones del mercado bursátil ni de la adquisición de una corporación rival. Proviene de un trozo de papel sellado ante un notario en Atenas.
El testamento de mi abuelo, Nikolas Kostas.
Aprieto el vaso con tanta fuerza que los nudillos se me tornan blancos. Todavía puedo escuchar la voz quebrada y solemne del viejo abogado de la familia resonando en mi despacho hace apenas cuarenta y ocho horas: «Para heredar el control mayoritario del conglomerado Kostas International, tanto la sede matriz en Grecia como la división matriz de Estados Unidos, Alexandros deberá contraer matrimonio legítimo y sentar las bases de una familia antes de que culmine el presente año fiscal. De lo contrario, los activos pasarán a manos del consejo fiduciario».
Una cláusula ridícula. Una manipulación arcaica y desesperada de un anciano que creyó que podía gobernar mi vida privada incluso desde su tumba. He dedicado cada segundo de mis treinta y dos años a forjar este imperio, a triplicar su valor, a sacrificar cualquier atisbo de vida personal para convertirme en el hombre de negocios más despiadado de mi generación. ¿Y ahora todo pende de un hilo por un contrato nupcial?
—Aterrizaje completado, señor Kostas —anuncia la voz del piloto a través del intercomunicador, sacándome de mi furia contenida.
Desciendo por la escalerilla envuelto en mi abrigo negro a medida que el viento helado de Chicago me azota el rostro. Mi chófer me espera al pie de la pista con la puerta del sedán abierta.
Aprieto la quijada mientras el coche con chofer me espera a pie de pista. Al subirme a la limusina, el silencio dentro del vehículo solo acentúa mi mal humor. Debería ir directo al hotel penthouse a preparar la reunión matutina con los auditores de la sede estadounidense, una filial que, según los primeros reportes, se encuentra al borde de una fuga masiva de capitales por culpa de administradores ineptos. Sin embargo, mi mente está tan saturada que sé que no podré dormir. Necesito adormecer el veneno de la rabia antes de encarar mañana la cruda realidad.
—Señor Kostas, ¿lo llevo al hotel? —pregunta el chofer desde el frente, mirándome por el espejo retrovisor con cautela.
—No —respondo con tono seco y tajante—. Lévame a L’Éclipse.
El chófer asiente sin rechistar y cambia la ruta. L’Éclipse es el club nocturno más exclusivo y discreto de Chicago. Un santuario de decadencia suntuosa donde los hombres más poderosos del país vienen a ahogar sus tensiones sin el riesgo de que los paparazzi los enfoquen. Es el único lugar en esta ciudad donde el alcohol es fino, la música hace retumbar las paredes y el anonimato está garantizado.
Cuando el coche se detiene frente a la entrada discreta del local, las luces de neón púrpura y carmesí parpadean sobre el asfalto mojado. Los dos guardias de seguridad en la puerta se cuadran de inmediato al reconocerme, abriendo las puertas pesadas de roble sin pedir identificación.
Al cruzar el umbral, la atmósfera densa de L’Éclipse me envuelve. El aire huele a una mezcla embriagadora de perfume caro, tabaco dulce y alcohol de alta gama. La música de bajos profundos retumba directamente en mi caja torácica, marcando un ritmo hipnótico. Me abro paso entre las mesas privadas de terciopelo, ignorando las miradas insinuantes de varias mujeres vestidas con trajes elegantes que intentan captar mi atención. Hoy no tengo paciencia para conversaciones vacías ni para cazafortunas que huelen el dinero a kilómetros.
Llego a la barra principal de mármol negro y me acomodo en uno de los taburetes del fondo, donde la penumbra me protege.
—Doble de Macallan, solo —le indico al barman con voz grave.
El hombre asiente sin demora y me sirve el licor ambarino. Tomo el primer trago, sintiendo cómo el alcohol me quema la garganta y aplaca, aunque sea por una fracción de segundo, la tensión que me atenaza la mandíbula.
El alcohol quema mi garganta en un trago amargo y reconfortante, dejando un rastro de calor que calma ligeramente la tensión de mi cuello. Apoyo los codos en la barra, observando el hielo derretirse lentamente mientras busco una grieta de tranquilidad en la que refugiarme.
De pronto, las luces principales del club se apagan por completo. Un foco de luz cálida parpadea sobre el escenario principal y la música ambiental disminuye hasta convertirse en un murmullo melódico y envolvente.
El locutor del club se acerca al micrófono, y su voz profunda resuena por los altavoces de todo el establecimiento, cargada de un tono dramático:
—Damas y caballeros... Ha llegado el momento que todos en esta sala estaban esperando. Preparen sus sentidos para la nueva joya de la corona de L’Éclipse. ¡Con ustedes... la cautivadora, la inigualable, AMAPOLA!
El público estalla en aplausos impacientes. Yo mantengo el vaso contra mis labios, escéptico. He visto bailarinas en París, Mónaco y Londres; no hay nada en este escenario que pueda sorprenderme.
O al menos eso creo hasta que ella pone un pie bajo la luz y el aire se me atasca en los pulmones.
