Una amapola para el griego

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Capítulo 2 Haré lo que sea necesario

Emily

Dos horas después, me encuentro parada frente a la entrada trasera de L’Éclipse. Son las siete de la noche y el club apenas comienza a despertar. El letrero de neón púrpura proyecta sombras siniestras sobre el callejón mojado por la lluvia de Chicago. Corrijo la posición de mis gafas gruesas sobre el puente de la nariz y me ajusto el abrigo viejo, sintiéndome completamente fuera de lugar.

Toco la puerta metálica. Un hombre gigantesco vestid de traje negro abre y me mira de arriba abajo con evidente escepticismo.

—El club abre a las nueve, niña. Y las entregas de insumos son por la mañana —dice con voz de trueno.

—No vengo a entregar nada —respondo, tratando de que mi voz no tiemble—. Vengo por el anuncio del periódico. Quiero hablar con el encargado.

El guardia suelta una risotada burlesca, mirando mi cabello recogido en un moño desordenado, mi rostro sin una gota de maquillaje y mi ropa holgada.

—¿Tú? ¿Bailarina? Niña, esto es un club de lujo, no una biblioteca.

—Por favor —insisto, clavándole la mirada con una determinación que lo toma por sorpresa—. Solo déjeme hablar con el gerente. No le quitaré más de cinco minutos.

El hombre suspira, me evalúa un segundo más y finalmente se hace a un lado, permitiéndome el paso.

—Entra. Si Marcus te echa a patadas, no es mi problema.

Me adentro en el lugar. El contraste es brutal. Por dentro, el club es opulento, lleno de terciopelo rojo, luces tenues, espejos dorados y barras de mármol. El aire huele a perfume caro y cera de pulir. El guardia me guía hasta una oficina amplia en el segundo piso, donde un hombre de mediana edad, con traje elegante y un puro apagado entre los dedos, revisa unas facturas sobre un escritorio de madera fina.

—¿Qué pasa, Boris? —pregunta el hombre sin levantar la cabeza.

—Dice que viene por el puesto de bailarina, Marcus —responde el guardia.

Marcus levanta la vista. Al verme, su expresión pasa de la molestia a la incredulidad total. Deja el puro sobre el cenicero y se reclina en su sillón de cuero.

—¿Es un chiste? —pregunta Marcus, soltando una risita cínica—. Aprecio la audacia, muchacha, pero este no es un lugar para universitarias perdidas. Busco mujeres esculturales, con presencia, no archivadoras asustadas.

Siento que el rostro me arde de vergüenza, pero la imagen de mi madre en la cama del hospital me llena las venas de una fuerza desesperada. Doy dos pasos hacia su escritorio y quito mis gafas, dejándolas sobre la mesa. Con un movimiento rápido, deshago el moño de mi cabello castaño, dejando que caiga en ondas suaves sobre mis hombros. Luego, me quito el abrigo pesado, revelando la silueta de mi cuerpo que la ropa ancha solía esconder.

Marcus se queda en silencio. Sus ojos se abren un poco más mientras me examina con atención profesional.

—Tengo buen cuerpo, sé bailar y aprendo rápido —digo con voz firme, sosteniéndole la mirada—. Pero quiero dejar claras mis condiciones antes de que diga cualquier cosa.

Marcus esboza una sonrisa intrigada y cruza los dedos sobre el escritorio.

—A ver... Te escucho, «chica de la biblioteca». ¿Cuáles son esas condiciones?

—Solo voy a bailar en el escenario —afirmo con rotundidad—. Nada de privados, nada de tocar a los clientes, nada de salir con nadie fuera del club. No me vendo a nadie. Usaré una peluca y un antifaz para que nadie reconozca mi rostro. Si acepto trabajar aquí, mi identidad se queda en la puerta.

El gerente suelta una leve carcajada, pero hay un destello de respeto en sus ojos.

—Eres exigente para estar pidiendo trabajo. ¿Sabes cuántas chicas desearían estar en este escenario?

—Sé lo que valgo y sé lo que estoy dispuesta a hacer —respondo sin dar un paso atrás—. Dígame la verdad, Marcus. ¿Cuánto puedo ganar aquí si soy buena?

El hombre se acomoda en la silla y adopta una postura de negocios.

—El sueldo base es modesto, pero las propinas de la zona VIP son astronómicas. Un fin de semana excelente, una bailarina estrella puede llevarse entre cinco mil y diez mil dólares en efectivo al instante, sin preguntas. Si la clientela te adora, la cifra sube.

Diez mil dólares a la semana. Con eso, en pocas semanas podría cubrir el tratamiento completo de mi madre y sacarla de peligro. La cifra me marea, pero es la luz al final del túnel oscuro en el que estoy atrapada.

—¿Cuándo empiezo? —pregunto de inmediato.

Marcus me mira fijamente durante un largo minuto, evaluando el fuego en mis ojos. Finalmente, abre un cajón de su escritorio y saca un formulario.

—Tengo una bailarina que faltó hoy por enfermedad. Si me demuestras en los camerinos que puedes moverte y encajar en un vestuario, te subes al escenario esta misma noche. Pero necesitas un nombre artístico. Aquí nadie usa su nombre real.

Pienso por un segundo. Recuerdo el jardín de la casa de mi infancia, lleno de flores rojas y resistentes que mi madre amaba cuidar. Flores que crecían fuertes incluso en los terrenos más difíciles.

—Amapola —digo con seguridad—. Me llamaré Amapola.

—Bienvenida a L’Éclipse, Amapola —dice Marcus, pasándome el documento—. Ve al vestidor del fondo. La maquilladora te dará tu equipo.

Diez minutos después, salgo por la puerta trasera del club con el contrato firmado en el bolso y una bolsa de tela con mi nuevo vestuario y el antifaz negro.

La lluvia helada de Chicago comienza a caer sobre mi rostro, mezclándose con las lágrimas amargas que finalmente me permito derramar. Me abrazo a mí misma en medio del callejón oscuro, sintiendo cómo el estómago se me revuelve de terror por lo que estoy a punto de hacer.

Miro hacia el cielo nublado y cierro los ojos con fuerza.

—Perdóname, Dios mío... Perdóname, mamá —murmuro entre sollozos, apretando el bolso contra mi pecho—. Haré lo que sea necesario. Venderé mi alma si es preciso, pero no te voy a dejar morir.

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