Terciopelo y Plomo

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Capítulo 4 Abismo

​El trayecto en helicóptero desde Marsella hasta el Sur de Córcega es un recordatorio silencioso del poder de loss Vallo. Desde el aire, la ciudad de Bonifacio parece suspendida en el tiempo, con sus casas blancas aferradas a los acantilados de piedra caliza que caen directamente al azul profundo del Mediterráneo.

A mi lado, mi padre revisa documentos en su tableta, ajeno al paisaje. Para él, este viaje es una última transacción comercial. Para mí, es el camino hacia el patíbulo o hacia mi libertad.

—Recuerda, Isolde —dice mi padre sin apartar la vista de la pantalla—, en la Fortaleza de Bonifacio no eres una invitada. Eres una aspirante. Dante te observará buscando una sola grieta en tu armadura para mandarte de vuelta a casa con las manos vacías. Y sabes qué te espera en el puerto si eso sucede.

—Lo sé, padre —respondo, apretando mi bolso contra mi regazo. Dentro, guardo mi secreto más peligroso: los contactos de los muelles que Marcello ha prometido proteger mientras yo esté fuera.

Cuando el helicóptero aterriza en el helipuerto privado de la mansión Vallo, el viento nos golpea con una fuerza brutal. La Fortaleza es una obra maestra de la arquitectura moderna integrada en la roca antigua. Acero, cristal y piedra negra. Es exactamente como Dante: impenetrable y carente de calidez.

Él nos espera en la pista. No lleva esmoquin esta vez. Viste unos pantalones oscuros y una camisa de lino negro con los primeros botones desabrochados, revelando la base de un cuello fuerte y una piel bronceada por el sol corso. Su postura es dominante, las manos metidas en los bolsillos, observando cómo descendemos como quien vigila a un intruso en su territorio.

—Lorenzo. Isolde —su voz compite con el ruido de las hélices que se detienen. Es profunda y vibra con una autoridad natural.

—Gracias por recibirnos, Dante —dice mi padre, estrechando su mano.

Dante me mira. Sus ojos negros no muestran cortesía. Recorren mi vestido sencillo de color crema y mi cabello, que el viento ha desordenado un poco.

—Espero que el viaje no haya sido demasiado agotador para alguien tan... refinada —dice Dante. Hay un matiz de ironía en su voz, una burla sutil a mi supuesta fragilidad.

—Estoy acostumbrada a las turbulencias —respondo, sosteniéndole la mirada. Es la primera vez que no bajo la vista ante él.

Sus cejas se elevan apenas un milímetro, sorprendido por mi réplica.

—Veremos si es cierto. Bonifacio no perdona a los que no saben dónde pisan.

Nos guía, el lugar es inmenso. Los pasillos son largos, decorados con arte minimalista y armas antiguas de la familia Vallo expuestas en vitrinas de seguridad. El aire acondicionado es frío, pero no tanto como la atmósfera que se respira entre estas paredes. Aquí, cada empleado es un soldado; cada ventana, un punto de vigilancia.

—Alessia te mostrará tus aposentos —anuncia Dante al llegar al gran salón—. Lorenzo y yo tenemos asuntos en el despacho.

Alessia aparece desde una de las alas laterales, luciendo unos pantalones cortos y una camiseta blanca, rompiendo la estética rígida de su hermano. Me sonríe con complicidad.

—Por fin alguien con quien hablar que no huela a pólvora y testosterona —dice, tomándome del brazo—. Ven, Isolde. Te he asignado la habitación con la mejor vista, aunque a mi hermano no le haga mucha gracia.

Mientras subimos las escaleras de piedra, siento la mirada de Dante clavada en mi espalda. Es una sensación física, un calor que me recorre la columna. Sé que me está analizando, tratando de entender por qué acepté venir después de sus desplantes en las galas anteriores.


La habitación es espectacular. Una pared entera de cristal da hacia el acantilado. El mar ruge allá abajo, rompiendo contra las rocas con una violencia que me resulta extrañamente reconfortante.

—Dante está de un humor terrible —me dice Alessia, sentándose en el borde de mi cama—. Cree que este compromiso es un error estratégico. Dice que el amor y el deber son como el agua y el aceite.

—No busco su amor, Alessia —digo, acercándome a la ventana. El sol comienza a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja sangriento—. Busco respeto.

—Entonces has venido al lugar equivocado, querida. En esta casa, el respeto se gana con sangre o con miedo. Dante no cree que una mujer de tu cuna sepa lo que es ninguna de las dos cosas.

Alessia se levanta y camina hacia la puerta.

—Cenaremos a las ocho. Un consejo: no uses seda. Usa algo que diga que puedes sobrevivir a una caída desde este acantilado. A mi hermano le gustan los desafíos, aunque pase la vida diciendo que los evita.

Cuando se va, me quedo sola con el rugido del mar. Abro mi maleta y saco el pequeño frasco de perfume de jazmín nocturno. Lo aprieto en mi mano hasta que los nudillos me duelen.

Dante cree que el peligro está afuera, en los barcos que cruzan el estrecho o en las facciones rivales que quieren su cabeza. No tiene ni idea de que el mayor riesgo para su control acaba de instalarse en el corazón de su fortaleza.

Tengo que hacerlo cumplir. Tengo que unirme a él, no porque lo desee, sino porque es el único escudo que puede evitar que mi mundo se desmorone. Si él quiere un desafío, le daré uno que no podrá rechazar.

Me miro en el espejo. Mis ojos brillan con una determinación nueva. Mañana comenzaré a estudiar sus movimientos, sus horas de soledad, los momentos en que baja la guardia. Porque hasta el hombre más frío tiene un punto de quiebre. Y yo estoy dispuesta a encontrar el de Dante Vallo, incluso si para ello tengo que quemar mi propia alma en el proceso.

Me cambio de ropa para la cena, eligiendo un vestido rojo oscuro que definitivamente será una bomba de atención. Si voy a entrar en la guarida del lobo, no lo haré vestida de oveja. Mejor que sea del color de la sangre seca después del banquete con las ovejas...

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