Capítulo 4 4. Lo que esconden.
Tomás se inclina un poco más cerca de mí.
—Igual podrías habernos dicho que ibas a revolucionar la empresa en tu primer día.
Suelto una risa baja.
—Ni siquiera sé qué estoy haciendo todavía.
—No parecías perdida —dice Mateo.
—Porque aprendí a fingir desde chica.
Tomás se ríe.
—Eso explica muchas cosas.
Levanto una ceja.
—¿Como cuáles?
—La forma en que entrás a un lugar sabiendo que todos te están mirando.
Me acomodo mejor en el sillón mientras sostengo su mirada.
—¿Y ustedes me estaban mirando?
Tomás ni lo piensa.
—Desde que llegaste.
Mateo tarda apenas un segundo más.
—Mucho.
El calor me sube lento por el cuello y tomo otro sorbo de vino para disimularlo un poco, aunque la verdad es que me encanta escuchar eso.
Porque sí, quiero gustarles, y me gusta todavía más la idea de gustarles a los dos.
—Mi padre tendría un infarto si supiera que estoy acá con ustedes —murmuro divertida.
Tomás sonríe.
—Entonces claramente valió la pena.
—Mi padre cree que todos quieren algo dentro de esa empresa.
Mateo gira la copa lentamente entre los dedos.
—¿Y vos qué creés?
Pienso un segundo antes de responder.
—Creo que hoy no tengo ganas de pensar demasiado.
Eso les gusta, lo noto enseguida en la forma en que los dos se relajan apenas, como si hubieran estado esperando escuchar exactamente eso.
Tomás apoya el brazo detrás mío sobre el respaldo del sillón y su mano roza apenas mi hombro.
Un contacto mínimo, suficiente para hacerme sentir calor otra vez.
—Me gusta esa versión tuya —dice cerca mío.
—¿Cuál?
—La que deja de analizar todo.
Mateo me observa unos segundos en silencio antes de hablar.
—No creo que deje de analizar realmente.
—Tal vez no —respondo—, pero puedo distraerme bastante bien.
Su boca se curva, y juro que eso me afecta más de lo normal.
El mozo deja otra ronda sobre la mesa y aprovecho para inclinarme hacia adelante, dejando que mi rodilla vuelva a rozar la de Mateo por debajo de la mesa. Esta vez tampoco me aparto.
Él baja la mirada, después vuelve a mis ojos.
—Creo que estás jugando un poco —dice en voz baja.
—¿Y si sí?
Tomás se ríe cerca mío.
—Entonces estamos en problemas.
—No parecen preocupados.
—Todavía no sabés cómo terminan este tipo de juegos.
La frase me hace morderme apenas el labio antes de tomar otro sorbo.
Tomás nota el gesto enseguida, Mateo también, y el silencio que aparece después ya no es incómodo, es otra cosa, algo más pesado, más caliente.
—¿Siempre trabajan juntos? —pregunto después de un momento.
Tomás sonríe tranquilo.
—Nos acostumbramos.
Mateo me mira un segundo más de la cuenta.
—No tanto como debería.
—¿Qué significa eso?
Tomás interviene enseguida:
—Que después de demasiadas reuniones juntos ya no sabemos socializar como personas normales.
Los miro alternadamente mientras juego con el borde de mi copa.
—A veces parece que se entendieran sin hablar.
Tomás sonríe de lado.
—A veces pasa.
—Eso suena peligroso.
—Depende para quién —responde Mateo.
La manera en que lo dice hace que el aire cambie apenas otra vez. No sé exactamente qué esconden, y sinceramente ahora mismo no me importa demasiado. Solo sé que quiero seguir acá, quiero seguir viendo cómo reaccionan cuando los provoco, quiero sentir esas miradas encima mío un rato más.
Tomás acerca lentamente la mano hasta rozar la mía sobre la mesa.
—¿En qué pensás? —pregunta.
Levanto la vista hacia él.
—En que probablemente debería irme a casa.
—Pero no querés.
Su pulgar acaricia mis dedos, muy lento, muy suave, y siento un escalofrío recorrerme entera.
—No especialmente —admito.
Mateo me observa fijo desde el otro lado de la mesa.
—Entonces no te vayas todavía.
La forma tranquila en que lo dice me desarma un poco más de lo que debería, porque no suena desesperado, no intenta convencerme, y justamente por eso tengo todavía más ganas de quedarme.
Me reclino otra vez en el sillón y cruzo lentamente las piernas.
—¿Siempre son tan seguros de ustedes mismos?
Tomás sonríe.
—No.
Mateo responde al mismo tiempo.
—Con vos un poco más.
Eso me hace reír de verdad.
Tomás aprovecha para acercarse apenas más y murmura cerca de mi oído:
—Te ves demasiado cómoda entre nosotros para alguien que recién nos conoce.
Giro apenas la cabeza hacia él.
—Capaz aprendo rápido.
Su sonrisa cambia, más seductora.
—Capaz nosotros también.
El calor vuelve a instalarse entre los tres de inmediato y durante unos segundos nadie habla. Solo nos miramos, dejando que la tensión siga creciendo despacio mientras afuera la ciudad sigue moviéndose como si nada.
Hasta que Mateo revisa la hora en su reloj.
—¿Tenés sueño? —pregunto.
Él niega lentamente.
—No quiero que esto se complique antes de tiempo.
Entrecierro los ojos.
—¿Esto?
Mateo sostiene la mirada demasiado tiempo antes de responder.
—Vos.
Tomás se reclina en el sillón y sonríe como si quisiera quitarle peso al momento.
—La empresa, Lucía. Definitivamente la empresa.
Pero Mateo no lo mira cuando lo dice, y ahí entiendo que no están hablando solamente de trabajo.
