Súper Abogado

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Capítulo 4

La puerta metálica de la sala de interrogatorios se abrió de golpe, y unos agentes escoltaron a Perez al interior.

Parecía de unos veintisiete o veintiocho años, con las cuencas de los ojos muy hundidas y el cabello largo y desordenado cubriéndole media cara. A pesar de la ropa raída y de un aire de agotamiento extremo, su estructura ósea conservaba una cualidad pálida y atractiva, como la de un vampiro en una película de culto.

Daniel estaba detrás de Mark, con las manos en los bolsillos, observando en silencio con ojos fríos.

—Siéntate. —Mark señaló la silla metálica fija, abrió el expediente que llevaba en las manos y empezó el procedimiento rutinario.

—Tercera vez que entras, Perez. —La voz de Mark tenía la dureza fría de alguien que habla de negocios—. Sigues en libertad bajo fianza. Si te condenan esta vez, por reincidencia te cae un castigo más severo: por lo menos quince años de prisión. Los mejores años de tu vida los vas a pasar tras las rejas.

Perez mantuvo la cabeza agachada, sin vida, como si Mark no estuviera hablando de quince años en la cárcel, sino de qué cenar.

—Lugar del arresto: vivienda de asistencia de la iglesia. —Mark siguió presionando, leyendo los detalles del caso—. Informante: tu sacerdote.

Al oír eso, las pestañas de Perez temblaron apenas.

—Después de la segunda fianza, tus padres se rindieron por completo contigo. La iglesia te acogió, te dio vivienda de asistencia gratuita, y tú trabajabas para la iglesia a cambio. —Mark lo miró fijamente—. ¿Y escondiste drogas justo bajo las narices del sacerdote?

—No escondí nada. —La respuesta de Perez salió con una rapidez extrema.

Después de esas tres palabras, volvió a hundirse de inmediato en un aturdimiento. No mostró preocupación alguna por las intimidaciones de Mark y, del mismo modo, parecía no darse cuenta de Daniel de pie detrás.

Daniel entrecerró los ojos.

Cuando arrestan a un adicto, por lo general o está entumecido por la abstinencia o está completamente fuera de sí, agitado.

Apoyándose en la experiencia de ambas vidas, Daniel reconoció al instante esa diferencia sutil: Perez no estaba colocado. Simplemente estaba destrozado. Era ese entumecimiento emocional que nace de la desesperación absoluta.

Daniel dio un paso al frente desde detrás de Mark, se detuvo junto a la mesa y habló con voz baja y contundente:

—Extiende las manos.

Perez levantó la cabeza despacio y, por fin, un rastro de confusión cruzó aquellos ojos azul profundo.

Miró a Daniel, dudó dos segundos y luego abrió las manos lentamente.

Daniel se las examinó con atención.

Los lechos ungueales estaban limpios; en los dedos no había úlceras ni marcas de aguja, tan comunes en los adictos, y sus músculos no mostraban los temblores inconscientes de un daño nervioso. Al mirarle los ojos otra vez, el blanco estaba claro, sin venas enrojecidas.

Daniel resopló para sí con frialdad.

Bien. El sistema no le había asignado una tarea horrible esta vez: este tipo de verdad no era un drogadicto.

Mark, en cambio, aspiró con fuerza.

Miró el rostro de Perez, apuesto bajo el agotamiento, y luego a Daniel, inclinado muy cerca, examinando con cuidado el cuerpo del otro hombre, y su expresión cambió al instante. Sorpresa, asombro y, por último, una extraña sensación de “ah, con que era eso”.

Daniel no tenía idea de que la mente de Mark ya había armado algún drama gay barato. Convencido de su total inocencia, se giró directamente hacia Mark y extendió la mano:

—Préstame un dólar.

—¿Eh? Ah. —Mark, aturdido, sacó un billete de un dólar.

Daniel tomó el dinero y se lo metió directamente en la mano a Perez.

Antes de que Perez pudiera reaccionar, Daniel le arrebató el dólar con rapidez de la palma y se lo guardó bien en el bolsillo.

Apoyó ambas manos sobre la mesa y miró a Perez desde arriba, imponiéndose con una presencia abrumadora:

—Me encargo de tu caso. ¡Desde este segundo, todas las conversaciones entre nosotros están protegidas por el secreto profesional entre abogado y cliente!

¡Por fin pudo soltar esa frase clásica! Daniel se sintió secretamente complacido, aunque su expresión siguió tan fría y dura como hierro en bruto.

—¡Oye, ese es mi dólar! —Mark cayó en la cuenta.

—Ve a comprar dos cafés. —Daniel no miró hacia atrás; dio la orden sin una pizca de cortesía—. Con tu dólar.

Mark apretó los labios. Sabía que lo estaban despachando de manera evidente y no le quedó más que retirarse con tacto.

La puerta metálica se cerró de golpe con un «¡bang!», y en la sala de interrogatorios quedaron solo dos personas.

—Hay cosas que no conviene decir con otros presentes. —Daniel sacó una silla y se sentó.

Perez seguía con la cabeza gacha, como una cáscara sin alma, sin decir nada.

Daniel no lo apuró. En apariencia leía el expediente, pero en realidad ya estaba repasando en su mente la tarea emitida por el Sistema del Abogado de la Justicia.

[Tarea: limpiar el nombre de Perez y restaurar su reputación.]

Daniel maldijo por dentro. Ese sistema era un verdadero dolor de cabeza. Si solo se tratara de ganar el caso, encontrar fallas en la cadena de pruebas y alegar «absolución por falta de pruebas suficientes» no sería difícil. Pero una absolución no significa inocencia: los vecinos solo pensarían que tuvo suerte.

Para restaurar por completo su reputación, la única manera era sacar a la luz a quien lo había incriminado y obligarlo a confesar frente a todos los residentes. Además, lo ideal era que esa persona tuviera una credibilidad altísima en el vecindario, para crear un contraste absoluto.

La sala estaba tan silenciosa que se habría oído caer un alfiler.

Daniel no rompió el silencio a lo loco. Su mirada barrió con aparente indiferencia las notas del interrogatorio que Mark había dejado sobre la mesa y, de pronto, se quedó clavada en una línea en particular.

Una chispa de inspiración lo atravesó, y todos los fragmentos inconexos se ensamblaron al instante.

Daniel alzó la vista de golpe; su mirada, afilada como una hoja, se fijó en Perez. Pronunció cada palabra con cuidado, como si apuñalara directo al corazón del otro:

—Fue tu sacerdote, ¿verdad?

El cuerpo de Perez se puso rígido de inmediato.

—La persona que te incriminó fue tu sacerdote —remarcó Daniel, con un tono contundente y seguro.

¡Boom!

Perez empezó a temblar con violencia. Levantó la cabeza de golpe, con el rostro retorcido por una emoción intensa.

¡Esa reacción era cien veces más fuerte que cuando había oído lo de la posible condena de quince años!

Se quedó mirando a Daniel, el pecho subiéndole y bajándole con fuerza, como si alguien lo hubiera agarrado del cuello. Después de un largo rato, por fin logró exprimir una frase, con una voz áspera como lija:

—¿C-cómo… cómo lo supiste?

Daniel no dijo nada. Solo extendió el dedo y dio dos golpecitos sobre el cuaderno de Mark.

Una hora después, en la sala de conferencias de la comisaría.

Daniel estaba de pie frente al pizarrón blanco, y golpeaba con el dedo, con fuerza, los detalles del caso que había ordenado, con los ojos afilados.

—La situación ahora está muy clara —repasó Daniel punto por punto—. Por el lado favorable, la marihuana que la policía encontró en la vivienda de asistencia era de apenas cuarenta y cinco gramos. Según la ley vigente, eso solo encaja como delito de tercer grado. Incluso si lo condenan, el máximo son cinco años.

Hizo una pausa y su tono se volvió grave:

—Pero lo realmente mortal es el testimonio.

Daniel levantó un documento.

—En su declaración, el sacerdote indicó con claridad que Perez intentó venderle droga. ¿Qué va a pensar el juez? De un lado, un marginado social con múltiples antecedentes, abandonado por sus padres; del otro, un miembro del clero que acogió al sospechoso, muy respetado en el vecindario, con una credibilidad impecable.

Daniel soltó una risa fría y arrojó el documento sobre la mesa.

—Ni hace falta juicio: el juez va a aceptar el testimonio del sacerdote al cien por ciento.

Para ganar ese caso imposible, no solo tenían que limpiar su nombre, sino también bajar a un sacerdote venerado de su pedestal y hacerlo pedazos.

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