Su Luna roja

Descargar <Su Luna roja> ¡gratis!

DESCARGAR

El despertar:

Umara:

Reposa boca abajo, sobre cojines finos y suaves. Sin duda, el paraíso es un lugar cómodo, silencioso, pacífico... Suspiro felizmente. Puedo escuchar a lo lejos el burbujeo del agua al caer, de allí también proviene el canto de un pájaro. Sonrío, sin duda he llegado al gran Oasis celestial, donde fluyen doce ríos cristalinos, donde los árboles dan fruto cada mes del año, donde nunca volveré a tener hambre... ni sed. Donde no tendré memoria de...

Abro los ojos bruscamente y levanto la cabeza. Puedo recordar todo. La larga peregrinación, el hambre, la sed, el mercado de esclavos, el calor intenso, el ardor del látigo en mi espalda... los gritos de misericordia del mercader y luego nada...

Gimo impotente y me enrosco en una bola, acostada sobre mi lado derecho. Ante mí tengo una pared blanca inmaculada. Exhalo frustrada. No he llegado al Paraíso... sigo prisionera en el plano terrenal, y estoy aquí... El Omnisciente sabrá dónde.

— Veo que te has despertado. —susurra una suave voz femenina detrás de mi espalda—. Su Majestad estará complacida...

Pongo los ojos en blanco.

— Sería bueno que intentaras ponerte de pie lo antes posible. Has estado dormida demasiado tiempo. Primero perdiste el sentido por deshidratación, y luego nuestros sanadores tuvieron que mantenerte en un sueño profundo para que tus heridas sanaran más rápido.

— Déjame en paz. Habría sido preferible que me dejaran morir. Ahora estaría reunida con mis ancestros. —gruño.

La mujer suspira detrás de mi espalda.

— No era el momento para que la muerte te reclamara. Estabas débil, sí, pero no era nada que un buen descanso y líquidos no pudieran curar.

Pienso por un segundo y puedo entender la verdad de sus palabras. Pero aún así estoy enojada. Poco a poco me giro para observar a mi interlocutora y me sorprendo. Todo a mi alrededor parece emitir un resplandor dorado cegador. Entrecierro los ojos para que el resplandor no me moleste tanto. Hasta donde sé, esto es un símbolo de riqueza y jerarquía entre los Kurani, cuanto más alto y poderoso es el rango del noble, más lleno de oro y otras piedras preciosas estará su hogar. Por el aspecto de este lugar, diría que un príncipe me compró. Pero eso no tiene sentido, lo último que recuerdo es caer de cara en el barro en el mercado de esclavos.

Mis ojos se posan en mi interlocutora. La mujer lleva un vestido de colores brillantes, largo y estrecho en sus piernas, lleva calcetas blancas y zapatos de madera que seguramente son muy incómodos. Mis ojos suben y veo un rostro cubierto de grueso maquillaje blanco, ojos tan rasgados que parecen medio cerrados, una nariz pequeña y labios delgados pintados de un rojo intenso. Mi mandíbula cae de asombro. Nunca había visto a una persona así. Con todo y zapatos, la mujer es diminuta.

Labios carmesí me ofrecen una sonrisa.

— La primera vez que alguien me ve, siempre obtengo la misma reacción.

Cierro la boca rápidamente y aclaro mi garganta.

— No te avergüences —continúa dulcemente la pequeña mujer—. Estoy convencida de que descubrirás maravillas mayores aquí en el Palacio —dice, riendo.

— Soy Lady Citiê. Vengo de una tierra lejana, pero eso no importa ahora. Vamos, acompáñame. Debemos bañarte y prepararte para tu presentación esta noche. —Aplaude un par de veces y una docena de chicas aparecen de la nada, arrastrándome fuera de la cama y hacia una bañera rebosante de agua tibia.


— Señor, la séptima luna ha despertado —susurra Lady Citiê desde su cojín, donde está arrodillada.

El emperador asiente, indicando que está complacido con la noticia. Extiende la mano y lleva la taza humeante de té a sus labios, tomando un sorbo.

— Estará lista y esperándote esta noche, Señor —continúa la dama, bajando la mirada y agachando la cabeza.

Una media sonrisa siniestra se extiende por los gruesos y sensuales labios del hombre sentado frente a ella.


Umara:

He sido bañada y restregada, enjabonada y secada. Mientras algunas doncellas lavaban mi cabello, otras cortaban mis uñas. Estoy desconcertada. Las heridas en mis muñecas y tobillos han desaparecido por completo. He aprendido de las doncellas que he estado dormida durante quince nacimientos y muertes solares. Han tenido que alimentarme principalmente con caldos y brebajes curativos. Es increíble. No entiendo cómo pude haber dormido tanto.

Ahora estoy de pie. Frente a un objeto de lo más peculiar. Es como un lago, que me devuelve mi imagen, pero no contiene agua, sino que es duro y frío al tacto. Está enmarcado por gruesas tallas brillantes y pequeñas piedras de colores. Las doncellas me dicen que se llama "revelador" o "plata" y que su propósito es mostrar el reflejo de la persona frente a él.

Soy irreconocible. Las chicas han untado sustancias perfumadas por todo mi cabello y cuerpo. Han trenzado y adornado mi cabeza con pequeñas cuentas blancas en un peinado intrincado, han aplicado negro sobre mis pestañas y pintado mis ojos para hacerlos parecer más grandes y exóticos, han aplicado un tono rosa claro a mis labios, han cubierto mi cuerpo con telas ligeras y totalmente transparentes.

Y al mirar mi reflejo, soy capaz de descubrir que tanto adorno solo puede significar una cosa: he sido tomada como concubina.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo