Capítulo 7 Punto crítico
Al día siguiente, a Keira le costó muchísimo trabajo levantarse de la cama. Se tragó unas pastillas, esperando que le suprimieran los síntomas por un rato.
Al menos lo suficiente para darle fuerzas para superar solo este asunto.
Tomó un taxi hasta la villa de Aiden, un lugar donde nunca había sentido ni un momento de calidez.
Tal como esperaba, Aiden la estaba esperando en la sala.
Al verla entrar, su mirada afilada recorrió su rostro, que se veía aún más pálido y demacrado que antes.
Al recordar las palabras de Joshua del día anterior, Aiden no pudo contener la irritación que le subía al pecho.
—¿Qué te pasa? En cuanto saliste de la familia Coleman, ¿ya ni siquiera eres capaz de mantener tu apariencia? ¿Para quién estás montando este acto tan lastimoso?
Ella bajó la cabeza, dejando que su cabello largo le cubriera los ojos, y dijo en voz baja:
—Vine por el cuadro.
Verla tan dócil solo hizo que Aiden se irritara aún más.
Se puso de pie y caminó hacia ella, mirándola desde arriba.
—Sé lo que pasó con la familia Lynn. Ese tal Brandon no es fácil de manejar, ¿verdad?
Hizo una pausa, con una especie de caridad malintencionada.
—Si me lo suplicas, por el tiempo que estuvimos casados, tal vez considere ayudar a la familia Lynn a pagar esos cinco millones de dólares.
La cabeza de Keira se alzó de golpe, mirándolo con incredulidad.
¿Suplicarle? ¿Rogar a Aiden, el hombre que pisoteó su dignidad y la empujó al borde del abismo?
El dolor en el corazón de Keira llegó a su punto máximo y, en cambio, le trajo una calma indescriptible.
—No se moleste, señor Coleman —su voz sonaba completamente plana—. Me haré cargo de mis propios asuntos.
—¿Tú te vas a hacer cargo? —Aiden soltó una carcajada fría, enfurecido por su respuesta—.
—Compláceme, como antes.
Hizo una pausa, tirando de ella para acercarla más, y continuó, palabra por palabra:
—Si estoy de buen humor, quizá te ayude a lidiar con esa gente.
—Señor Coleman, ya estamos divorciados. No tengo ninguna obligación de acostarme con usted.
—¿Ninguna obligación? —Aiden de pronto la sujetó por los hombros con una fuerza casi capaz de quebrarle los huesos—.
—Keira, ¡no seas desagradecida! ¿Crees que solo porque estamos divorciados puedes librarte de mí? Lo que tu familia me debe, lo que tú me debes… ¡no vas a poder pagarlo ni en esta vida!
Clavó la mirada en la falsa compostura de su rostro pálido, en el dolor contenido de su vacío ojo izquierdo.
Un retorcido placer vengativo se mezcló con una agitación inexplicable.
El cuerpo entero de Keira empezó a temblar violentamente; por fin las lágrimas se desbordaron sin control.
La humillación y el miedo la arrastraron al abismo como incontables manos.
Miró a Aiden, a ese hombre al que una vez había amado con toda el alma, y que había destruido todo lo hermoso de su vida.
Perdió al instante todas las fuerzas para resistirse.
Dejó que Aiden la arrastrara al dormitorio, soportando su trato casi brutal. Era como una flor arrasada por la tormenta, rota y marchita.
Cuando todo terminó, Aiden se dio cuenta de repente de que su rostro estaba terriblemente pálido, todo su ser en un estado de terror extremo, al borde del colapso.
Keira se esforzó por incorporarse, se puso la ropa a toda prisa y salió tambaleándose del dormitorio sin mirarlo.
El dolor físico y la desesperación en su corazón hacían que caminar fuera casi imposible. Cada paso era inestable.
“Morir así”, pensó. ¿Podía la muerte ser más humillante y miserable que su vida actual?
Un auto negro se detuvo de golpe a su lado.
—¿Keira? ¿Qué pasa? —era Sean.
Al verlo, la última pizca de fuerza de Keira se derrumbó por completo.
Las lágrimas rompieron el dique en silencio.
Sean bajó del auto y la sostuvo justo cuando estaba a punto de desplomarse. Su cuerpo estaba helado.
Cuando vio las marcas de besos en su cuello, su expresión se ensombreció al instante, una terrible furia agitándose en sus ojos.
—¿Fue él? ¿Es un animal?
En su voz había ira contenida, pero más aún, dolor.
No podía imaginar que la Keira de antes, viva y alegre, hubiera sido torturada hasta ese extremo.
Debería haberla detenido antes, pero ¿con qué derecho? Solo había estado vigilándola en secreto desde que supo que no estaba bien.
Keira le sujetó la manga, la voz rota.
—Es mi culpa. Le debo algo.
Sean respiró hondo, conteniendo de nuevo su rabia, y la ayudó con cuidado a subir al auto.
—Déjame llevarte al hospital primero.
—¡No! ¡No me lleves al hospital! —Las manos temblorosas de Keira se aferraron con fuerza a su brazo, los ojos llenos de una súplica desesperada—. Por favor, no me lleves al hospital. Estoy bien, de verdad.
Sean la miró y al final cedió.
Se quitó la chaqueta y la cubrió con suavidad.
El auto quedó en silencio, solo interrumpido por los sollozos reprimidos de Keira.
Tras un largo rato, Sean por fin habló:
—Keira, sé buena contigo misma. La última vez, en el lago, fue casualidad que te viera y te salvara. Puedes decir que soy quien te salvó la vida. No necesito tu agradecimiento, solo quiero que puedas vivir bien.
—¿La última vez? ¿Fuiste tú quien me salvó? —Keira alzó la mirada, conmocionada.
Sean la miró de reojo y asintió levemente.
Así que había sido él, él fue quien la arrancó de aquel frío desesperado.
¿Por qué era que cada vez que estaba en su momento más miserable, se cruzaba con él?
Una gratitud indescriptible y una profunda tristeza se entrelazaron.
Miró la espalda ancha y confiable de Sean y sonrió con amargura.
Para ella, seguir viva hacía mucho que se había convertido en una tortura prolongada.
