Capítulo 10 La lujuria desatada
Tres días sin comer. Tres días de silencio. Tres días viendo cómo la muerte se acercaba arrastrándose desde la esquina de la habitación.
La rabia de Benjamin se negaba a apagarse. Así que se aseguró de que Jessica lo pagara, hora tras hora, minuto tras minuto, aliento tras aliento.
Ordenó que le cortaran todo suministro de comida.
Durante tres días completos, no entró nada a la habitación médica excepto el goteo lento y descolorido de la glucosa que la mantenía atada a la vida. Ni caldo. Ni pan. Ni siquiera agua.
El hambre se filtró en ella como un veneno lento: implacable, paciente, cruel. Se le metió en los huesos, se le anidó en los músculos, devoró la poca fuerza que le quedaba. El estómago se le retorcía en oleadas feroces. El mareo se la tragaba entera. Levantar un solo dedo se convirtió en una batalla que seguía perdiendo.
Jessica entraba y salía de la consciencia, con la respiración pesada como plomo, la mente flotando entre la lucidez y el delirio. Ya no estaba segura de dónde terminaba el dolor y dónde empezaba ella.
Entonces, la tercera noche, la puerta se abrió de golpe.
El olor la golpeó primero: intenso, abrumador, casi cruel. Carne recién hecha. Especias. Ajo. Su estómago vacío se contrajo con tanta fuerza que casi vomitó.
Harper entró empujando un carrito elegante, cargado de platos humeantes. Colores relucientes. Aromas provocadores. Cada bocado, una promesa.
Benjamin la siguió de cerca. Su rostro estaba en blanco, pero sus ojos recorrieron con frialdad el cuerpo esquelético de Jessica: las aristas marcadas de las clavículas, los huecos bajo las mejillas, la bata fina colgando de un cuerpo que apenas existía.
—Jessica, debes estar muriéndote de hambre—. La voz de Harper destilaba una preocupación dulce. Acercó el carrito a la cama como una enfermera que trae medicina—. Benjamin dice que ya aprendiste la lección. Me pidió que te preparara algo de comer. Anda… todo lo que antes te encantaba.
La mirada de Jessica bajó hacia los platos.
Cada platillo estaba ahogado en especias. Salsas picantes. Condimentos agresivos. Pimienta. Chiles. Cosas que ardían al pasar incluso en un estómago sano.
El de ella—debilitado por el parto, devastado por años de desnutrición—no podía tolerar nada mínimamente irritante. Ellos lo sabían. Tenían que saberlo.
Levantó la vista hacia Benjamin.
Él la sostuvo con la mirada.
—Come. Harper se tomó todo este trabajo. No insultes su esfuerzo.
Los labios de Jessica estaban partidos. La garganta era un puño cerrado.
Sabía qué pasaría si comía eso. El dolor. El sangrado. Las horas de agonía.
Pero también sabía qué pasaría si se negaba.
—¿Qué pasa? ¿La cocina de Harper no es lo bastante buena para ti?—. El ceño de Benjamin se frunció, y su voz se volvió hielo—. ¿O todavía crees que no hiciste nada malo? ¿No has aprendido ni un maldito detalle?
El rostro de Harper se contrajo con una gracia herida.
—Jessica, ¿sigues enojada conmigo? Admito que manejé mal lo de tu madre… pero de verdad solo quería que ella te viera…
Comeré.
Las palabras salieron ásperas, rotas, como si se las hubieran arrancado a arañazos de la garganta.
Jessica extendió una mano huesuda. Las venas se abultaban bajo una piel tan fina como papel. El tenedor tembló con violencia cuando ensartó un trozo de carne de res empapado en salsa roja ardiente.
Se lo llevó a la boca.
Masticó.
Tragó.
Luego un segundo bocado. Un tercero. Comía como una mujer poseída: rápido, desesperada, casi frenética. Como si detenerse la matara más rápido. Como si tragar fuego fuera la única rebeldía que le quedaba.
Benjamin la observó devorar la comida, y su ceño se profundizó. Esa no era la mujer que recordaba: la que antes se preocupaba por la gracia, por la compostura, por la dignidad.
Esa mujer había desaparecido. En su lugar había algo hueco y en llamas.
El calor en el estómago se intensificó en cuestión de minutos: de tibieza a fuego, a cuchillas al rojo vivo retorciéndose dentro de ella. Un sudor frío le brotó en la frente al instante. Su rostro pasó de pálido a un blanco enfermizo, grisáceo.
Dejó el tenedor. Se sujetó el vientre. Se le escapó un gemido bajo antes de poder contenerlo.
—¿Y ahora qué?—. La voz de Benjamin cortó la bruma, afilada de irritación—. ¿Unos cuantos bocados y ya estás haciéndote la enferma otra vez? Jessica, ¿no se te ocurre algo nuevo?
—No es… no puedo…—. No pudo terminar. El sudor frío le empapaba el cabello, la bata, las sábanas debajo de ella.
Harper se abalanzó hacia adelante, toda preocupación, extendiendo la mano para ayudar. Pero, cuando su mano se acercó al brazo de Jessica, Jessica se estremeció: apenas un movimiento pequeño, reflejo, un cuerpo intentando protegerse de más contacto, de más dolor.
Harper se echó hacia atrás como si la hubieran empujado con violencia. Retorció el cuerpo, giró el rostro y se abofeteó a sí misma, con fuerza.
El chasquido resonó en la habitación como un disparo.
En su mejilla pálida floreció la marca roja intensa de una mano. Las lágrimas le rodaron por la cara cuando miró a Benjamin; la voz le temblaba de dolor y pánico.
—Benjamin... estoy bien... por favor, no te enojes con ella...
—Jessica.
La furia de Benjamin se encendió como gasolina sobre brasas.
Vio la marca en la cara de Harper. Vio a Jessica encogida en la cama. Vio culpa, y eso fue todo lo que necesitó.
Con una zancada llegó junto a la cama. Sin preguntas. Sin dudar. Alzó el pie y lo descargó contra su abdomen encogido, directo a su frágil estómago, a las heridas cerca del vientre, a todo lo que ya estaba roto.
El impacto la destrozó.
Jessica ni siquiera tuvo aire para gritar. Rodó fuera de la cama como una muñeca de trapo desechada, convulsionándose con violencia sobre el suelo frío. Bilis ácida, manchada de sangre, le brotó de la boca. Sintió los órganos como si se los arrancaran, los dislocaran, los despedazaran.
La visión se le oscureció en oleadas. Le zumbaban los oídos con un sonido como de vidrio rompiéndose. Y, a través de todo, oyó sus propios jadeos irregulares y la voz de Benjamin, fría como una hoja.
—Puta desagradecida. Harper te cocina por bondad y no solo lo rechazas, ¿la atacas? Debí haberte acabado hace mucho.
—Benjamin, basta... Jessica parece estar sufriendo de verdad... —Harper tiró débilmente de su brazo, con lágrimas corriéndole por el rostro.
Pero la rabia de Benjamin no se enfrió. Mirando hacia abajo a Jessica —apenas consciente, temblando, sangrando—, gritó hacia la puerta:
—¡Sáquenla de aquí! ¡No dejen que su mugre contamine este lugar!
La llevaron de urgencia al hospital.
Hemorragia gástrica. Daño grave en tejidos blandos. Sospecha de sangrado interno por la patada. Horas de cirugía. Luego UCI. Luego dos días de silencio antes de que estuviera lo bastante estable para una habitación privada.
La puerta se abrió con suavidad.
Harper entró con el brazo enlazado con el de Samuel: íntima, casual, cómoda. Samuel iba con ropa de calle. Se veía perfectamente sano. Sin señales de ruina. Sin vergüenza. Si acaso, se movía como un hombre que hubiera ganado algo.
—Jessica, me dijeron que estás mejor. El doctor Harris y yo queríamos venir a verte —la sonrisa de Harper era dulce como veneno.
Jessica abrió los ojos. La voz le salió ronca, apenas un susurro.
—Samuel... eras un médico respetado. ¿De verdad valió la pena destruir tu carrera por ella?
Samuel se quedó inmóvil una fracción de segundo. Luego soltó una risa fría, despectiva.
—¿Carrera? Trabajando para Benjamin, nunca habría sido más que un empleado muy bien pagado. Pero con ella...
Miró a Harper con algo cercano a la devoción. Le apretó la mano.
—Puedo tener todo lo que de verdad quiero.
Harper se acurrucó con timidez en su abrazo.
Las pupilas de Jessica se contrajeron. Aflojó a la superficie una sospecha absurda.
—Ustedes dos...
Harper alzó la mirada, y su sonrisa cambió. Se volvió seductora. Venenosa. Triunfante.
—Jessica, ¿sorprendida?
Jessica estaba realmente atónita.
Todo el mundo había visto la posesividad obsesiva de Harper con Benjamin. Su apego desesperado. Sus arrebatos de celos. Siempre había asumido que todo lo que Harper hacía era para ganárselo.
—¿No tienes miedo... —Jessica obligó a salir cada palabra entre los labios secos— ...de que se lo diga a Benjamin?
Harper la miró durante un largo momento. Luego cruzó una mirada con Samuel, y los dos estallaron en carcajadas.
No era una risa nerviosa. Ni fingida. Era real, encantada, casi eufórica.
Entonces Harper se puso de puntillas, le rodeó el cuello a Samuel con los brazos y lo besó: profundo, apasionado, descarado, ahí mismo, delante de la cama de Jessica.
Samuel respondió al instante. Le subió la falda. La tomó sin vergüenza, ahí mismo en la habitación del hospital, con Jessica todavía tendida en la cama, todavía sangrando por dentro, todavía apenas con vida.
La escena era obscena. Deliberada. Una puesta en escena.
Jessica cerró los ojos. La náusea le revolvió el estómago.
Y entonces...
La puerta se abrió de golpe.
La silueta de Benjamin llenó el umbral.
