Capítulo 7 7
Capítulo 7
No sabía nada de lo que Mariana acababa de revelar y un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando entendí quién era realmente.
Hija de un mafioso, eso lo cambiaba todo. No solo se trataba de una esposa enferma ella era alguien con poder, con una familia que podía destruirnos si se lo proponía.
Después de que se fue, el ambiente en el departamento cambio, Me acerqué a Andrés, que dormía en su cunita improvisada. Lo acaricié despacio, respirando su olor, sintiendo que era lo único puro en medio de todo este caos. Josh me observaba desde la cocina.
—No te asustes por lo que dijo —me habló al fin—. Ella no es de las que hace daño.
—¿Cómo estás tan seguro? —pregunté en voz baja.
Suspiró y se pasó una mano por el cabello.
—Ella es buena, está enferma, y su padre la cuida mucho, me pidió que me casará con ella, y estoy en deuda con el, cuido de mi y mamá cuando Ernesto nos dejó solos, Lo mío con ella no es amor, Viviana, es una deuda.
Me quedé mirándolo, le crei sus palabras.
—¿Entonces por eso te casaste? —insistí.
—Porque era lo único que podía darle a cambio en gratitud, Ella sabe que no la amo. Nunca la he amado, pero quería una familia conmigo, a la unica sus amor es a ti.
Se acercó, me tomó de la cara y me besó. Fue un beso profundo, desesperado, lleno de amor.
Yo le correspondí unos segundos, pero después me separé.
—No lo hagas. No podemos seguir con esto, lo mejor es que nos alejemos.
—¿Quieres que desaparezca de tu vida?
—Sí… —mentí, bajando la mirada—. Es lo mejor para todos.
En ese momento sonó mi teléfono. Era mamá, Contesté y Su voz se escuchaba rota, temblaba.
—Viviana… tu papá…
—¿Qué pasó?
—Murió, hija. Murió.
Me quedé en silencio, sentí que se me acababa el mundo.
—¿Cómo? ¿Qué ocurrió?
—Rodrigo vino a verlo, le hizo un escándalo y Lo amenazó con dejarlo en la calle, con arruinarlo aún más. Tu padre se alteró, empezó a gritarle, y… le dio un infarto.
Me quedé sin aire, apoyé la mano en la mesa para no caerme.
—No… mamá…
Ella lloraba al otro lado de la línea.
—Es tu culpa… si hubieras soportado, si no lo hubieras provocado… tu padre estaría vivo.
Cerré los ojos con fuerza.
—No, mamá. No me culpes a mí. Rodrigo lo mató.
Colgué, No podía escuchar más.
Tomé a Andrés en brazos y salí rumbo a la casa, tenía que enfrentarlo, Josh fue conmigo, me dijo que no me dejaría sola.
Cuando llegué, Rodrigo estaba en el vestíbulo. Apenas me vio, me habló con su tono autoritario de siempre.
—Vas a regresar conmigo. Ahora mismo.
Me acerqué, con el bebé en brazos, y le di un golpe en el pecho con la mano libre.
—¡Por tu culpa mi padre está muerto!
—Él ya estaba enfermo. No me culpes por lo inevitable.
—Lo presionaste, lo humillaste y le quitaste lo único que le quedaba.
Él dio un paso hacia mí, con la cara roja de rabia.
—Te ordeno que vuelvas conmigo.
—No. Voy a divorciarme. Ya no tienes nada con qué chantajearme. Papá se fue, No puedes seguir usándome.
Me miró con una sonrisa fría.
—Entonces me quedaré con lo que más te importa. Andrés es mío, y voy a quitártelo.
Lo abracé con fuerza, como si pudiera protegerlo con mi cuerpo.
—Ni lo sueñes.
De pronto, Josh apareció detrás de mi y Se paró entre Rodrigo y yo.
—No vas a tocar ni a Viviana ni al niño.
Rodrigo se rió con sarcasmo.
—¿Y quién te crees para meterte en esto?
—Soy su hermano. Y sé que papá Ernesto no apoyará nunca lo que estás intentando hacer.
Rodrigo lo miró con desprecio, pero no respondió. Dio media vuelta y se marchó, golpeando la puerta con fuerza.
Me quedé temblando, con el bebé en brazos. Josh me abrazo
—Tranquila, no estás sola.
El funeral de mi padre fue solemne y frío. Todos los invitados hablaban en voz baja, pero yo apenas escuchaba. Andrés dormía en mis brazos y era lo único que me daba fuerzas para mantenerme de pie. Rodrigo y Josh discutían a un costado del altar, como siempre, lanzándose miradas de odio.
—Basta ya, por favor, respeten el lugar —les pidió mamá con la voz quebrada.
Me dolía verla así. Estaba destrozada, pero aun así seguía defendiendo la imagen de familia que nunca habíamos tenido.
Al terminar la ceremonia, Ernesto se me acercó. Me tomó las manos con firmeza.
—Lamento mucho lo de tu padre, hija —me dijo, mirándome con esos ojos que nunca mostraban debilidad.
—Gracias… pero necesito hablar con usted.
Me aparté con él a un rincón. Le conté todo. El engaño de Rodrigo con Helena, los años de encierro, los gritos, las presiones. Le confesé que no quería regresar con él.
Ernesto me escuchó sin interrumpirme. Después mandó llamar a Rodrigo. Cuando llegó, se notaba que estaba molesto.
—¿De qué se trata esto? —preguntó con tono desafiante.
—Se trata de que no pienso volver contigo —le dije de frente—. Me engañaste, me trataste como una prisionera, Ya no más.
Rodrigo me miró con furia.
—No voy a tolerar un divorcio.
—¡Cállate! —interrumpió Ernesto con voz fuerte. Todos los que estaban cerca se quedaron en silencio.
Lo miró unos segundos y después habló conmigo.
—Te propongo un trato, Viviana. Tendrás un año de libertad. Durante ese tiempo podrás trabajar, estar lejos de Rodrigo y cuidar de tu hijo. Pero al terminar ese año deberás regresar con tu esposo. Si lo haces, yo garantizaré estabilidad económica para tu madre y la empresa de tu padre. Si no, estarán en la calle.
Sentí que me quedaba sin aire. Era un chantaje elegante, pero chantaje al fin.
—No es justo…
—Es lo único que puedo ofrecerte.
Miré a mi madre. Ella lloraba y me suplicaba con los ojos.
—Por favor, hija, acéptalo. Piensa en nosotros, en lo que queda de la empresa.
No tuve opción.
—Está bien. Acepto.
Josh dio un paso al frente.
—Yo cuidaré de ella. No estará sola.
Ernesto lo observó con atención, como evaluándolo. Finalmente asintió.
—De acuerdo. Rodrigo, le darás su espacio. Ella se quedará con Josh este año. Es mi decisión.
El rostro de Rodrigo se desfiguró de rabia. Pero no dijo nada.
Así fue como mamá, Andrés y yo nos trasladamos a la casa de Josh y Mariana. Ella nos recibió con amabilidad, sorprendentemente serena. Nos mostró las habitaciones. Me dio un cuarto amplio , y al bebé lo acomodamos en una cuna junto a mi cama.
Josh se convirtió en el padre que siempre había soñado para Andrés. Lo cargaba, lo alimentaba, lo bañaba con paciencia. Nunca se quejaba, nunca se alejaba. Lo cuidaba con una devoción que partía el alma, porque no sabía que era su hijo.
Pasaron un par de semanas en relativa calma. Una mañana me armé de valor y fui a hablar con él.
—Quiero trabajar. No quiero seguir encerrada.
Josh me miró sorprendido. Antes de responder, Mariana apareció.
—Podrías ayudar en la empresa. Justo la secretaria renunció. Podría ser tu lugar.
—¿Estás segura? —pregunté.
—Claro. Así estarás ocupada.
Josh dudó un momento, pero al final aceptó.
El primer día en su oficina sentí nervios como una adolescente. Ordené mis utensilios, coloqué el cuaderno sobre el escritorio y me acerqué.
—Dime qué debo hacer.
Él se levantó de la silla, caminó hacia mí y me tomó de la cintura.
—Tu única labor es amarme —susurró.
Me besó antes de que pudiera protestar. Su boca estaba caliente, ansiosa. Yo me separé un segundo.
—No es el lugar…
—Entonces dime que no lo deseas.
Lo miré y no pude.
—Claro que lo deseo. Me haces falta, Nadie me toca desde hace semanas.
Me sonrió, me abrió la blusa y hundió la cara entre mis pechos. Mi respiración se aceleró. Lo abracé fuerte, sintiendo que iba a perder la cabeza.
Pero justo entonces, la puerta sonó. Era Mariana.
Me aparté cerrando
la blusa con manos temblorosas.
Josh se quedó serio, mirando hacia la puerta.
Y yo, con el corazón latiendo como un tambor, supe que nuestra cercanía en esa oficina, nos haría estallar de deseo
