Soy la amante del sobrino de mi esposo

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Capítulo 6 6

Capítulo 6

Josh me había hecho la pregunta más difícil de mi vida: si el bebé era suyo.

Estaba a punto de responderle cuando la puerta de la habitación se abrió, Rodrigo entró, con esa sonrisa arrogante que siempre me hacía temblar de rabia.

—¿Qué haces aquí, bastardo? —le dijo a Josh con desprecio—. Aléjate de mi hijo.

Josh apretó la mandíbula, pero no respondió. Rodrigo se acercó a la cuna y acarició la cabeza del bebé.

—El primer nieto es mío¿Lo entiendes? —dijo sin dejar de mirar a Josh—. Resígnate a vivir sin la herencia. No tienes nada que hacer aquí.

Yo me quedé paralizada, Tenía ganas de gritar, de decirle la verdad a Rodrigo en la cara. Pero no lo hice. Miré a Josh, decidí apoyar a Rodrigo

—Por favor, vete —le dije con voz apagada—. Rodrigo y yo necesitamos paz y descanso, No te acerques más al bebé.

Vi cómo sus ojos se llenaron de lágrimas, Asintió, aunque sé que por dentro estaba destrozado. Y no supe si al decir eso le confirmé, sin querer, que el bebé era de Rodrigo.

Los días siguientes fueron un infierno. Rodrigo estaba feliz con el niño. Lo cargaba, lo presumía, lo llamaba heredero. Ernesto había anunciado que haría un evento en honor al nuevo miembro de la familia, y ahí oficializaría al bebé como sucesor.

Mientras tanto, yo tenía que volver a mi papel de esposa trofeo. Rodrigo me ordenó entrar a dieta inmediatamente.

—Necesito que vuelvas a estar perfecta —me dijo, mirándome de arriba abajo—. No quiero una esposa gorda.

—Acabo de dar a luz, Rodrigo.

—No me importa. Ya pedí un entrenador personal. Y tu madre se encargará de tu dieta.

Como siempre, mamá lo apoyó sin dudar.

—Es lo mejor para ti, hija. No seas ingrata.

Yo me callé, maba a mi bebé, pero mi vida era una mierda. No tenía voz, no tenía elección.

Llegó el día del evento de Ernest, me probé un vestido ajustado. Había recuperado parte de la figura y eso parecía bastar para que Rodrigo sonriera satisfecho.

—Así me gustas. Vuelves a ser la mujer de la que todos hablan.

Le respondí con un silencio frío.

Llegamos al evento. Era lujoso, lleno de empresarios, políticos y gente que fingía ser amiga de la familia. Ernesto estaba en el centro, orgulloso, esperando hacer el gran anuncio. Rodrigo caminaba de un lado a otro como un rey.

Yo aproveché para alejarme. Me acerqué a la barra de bebidas para tomar un vaso de agua. Y entonces la vi: Mariana, la esposa de Josh. Estaba pálida, incómoda, sudando. Se agarraba el estómago.

—¿Estás bien? —le pregunté.

Negó con la cabeza. Alcanzó a decir “baño” y la ayudé a caminar hasta allí. Apenas entramos, empezó a vomitar.

Le sostuve el cabello y le pasé pañuelos. Cuando terminó, se sentó en el suelo, agotada.

—¿Estás embarazada? —me atreví a preguntar, casi en un susurro.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Negó con la cabeza.

—No… —dijo temblando—. Tengo cáncer.

Me quedé helada.

—¿Qué…?

—No puedo tener hijos. Nunca podré. Y además… —hizo una pausa, respirando con dificultad—. Josh es impotente. No hemos consumado el matrimonio.

Sentí que el piso se me movía. Lo miré incrédula.

—Eso no puede ser cierto…

—Lo es. Estoy en tratamiento. Y él… —sus labios temblaron—. Él se casó conmigo por lástima, Me quiere, sí, pero no como hombre a mujer. Él ama a otra, Y yo… yo no sé quién es.

Me quedé muda, el corazón me golpeaba en el pecho. Esa confesión me cayó como un balde de agua helada.

Mariana lloraba en mis brazos.

La ayudé a levantarse, la llevé a un rincón apartado y traté de llamar a Josh para que viniera. No respondió. Finalmente, Mariana pidió a su escolta que la llevara a casa.

Me quedé sola, con la mente hecha un caos.

Después de acompañar a Mariana hasta la salida, caminé sin rumbo fijo por el jardín del evento. La cabeza me daba vueltas. No solo por lo que ella me había contado, sino porque algo dentro de mí se revolvía.

Me acerqué al cobertizo de la finca. Escuché risas. Una risa femenina que reconocí de inmediato. Me acerqué más, empujé suavemente la puerta y ahí estaban. Rodrigo y Helena. Desnudos. Ella sobre él, en el sofá viejo que usaban para las reuniones de los empleados.

Me quedé congelada, el me vio primero.

—No es lo que parece —dijo, como si eso sirviera de algo.

Me acerqué sin pensarlo y le di una cachetada que sonó fuerte.

—Eres un cerdo.

Helena se cubrió con una manta, Ni siquiera tuvo la decencia de hablarme.

Salí corriendo de ahí. Los ojos me ardían. Las piernas me temblaban. Caminé entre los autos hasta llegar a la entrada. Y entonces lo vi. Josh, de pie, hablando con un grupo de invitados. Me acerqué sin pensar.

—Necesito que vengas conmigo. Ahora —le dije, sin dar explicaciones.

Él me miró serio. No preguntó nada, Asintió y le pedí que me llevará a casa.

Entré sin saludar a nadie. Subí las escaleras directo a la habitación donde estaba Andrés, mi bebé. Mi madre lo tenía en brazos.

—¿Qué haces? —me dijo al verme tan alterada.

—Me llevo a mi hijo —respondí, tomando al bebé con cuidado.

—No hagas una locura, Viviana.

—Ya la hice hace años casándome con Rodrigo.

Mi madre intentó detenerme, pero la esquivé. Bajé las escaleras con el bebé en brazos y salí de la casa sin mirar atrás. Josh abrió la puerta del auto y nos fuimos.

Me llevó a su departamento de soltero. Un lugar pequeño, sobrio, pero tranquilo.

Apenas llegamos, preparó una manta en el sofá, cambió al bebé con una dulzura que me hizo temblar, lo alimentó mientras yo me sentaba a un lado sin poder hablar. Andrés se quedó dormido en sus brazos y no acosto en la habitación principal.

—Eres increíble con él —susurré.

Josh sonrió.

—Siempre quise ser padre. Pero creo que no lo voy a lograr.

—Voy a dejar a Rodrigo —le dije, mirándolo a los ojos—. Ya no puedo más, No quiero criar a mi hijo en esa mentira de familia.

Josh no dijo nada. Solo me tomó la mano. Sentí que algo se soltaba dentro de mí. Un peso, como si por fin pudiera respirar.

Nos quedamos dormidos en el sofá, yo abrazada a su costado.

Cuando amanecimos, todo estaba en silencio. Andrés seguía durmiendo en la cuna improvisada que Josh había armado con cobijas.

Nos miramos. Y nos besamos. Sin pensarlo, fue un beso largo, sincero, lleno de todo lo que habíamos callado.

—Tengo una pregunta —le dije, en voz baja—. ¿Por qué le mentiste a Mariana?tu no eres impotente.

Josh me miró serio y sonrió

—No le mentí. Es verdad, soy impotente.

—¿Cómo? ¿Entonces lo que pasó entre nosotros…?

—Por eso lo recuerdo tanto. Porque hace mucho no tenía una erección, He estado en tratamiento durante años, Medicamentos, terapia, pruebas. Nada funcionó, Hasta que llegaste tú.

Mi piel se erizó.

—¿Solo yo?

Asintió.

—Solo contigo. No sé si es tu voz, tu cuerpo, tu forma de mirarme… pero contigo mi cuerpo responde. Es como si tú fueras la única que me conecta.

Sentí un calor en el pecho. Me acerqué, lo besé otra vez. Esta vez más intenso.

Él me acostó en el sofá. Yo abrí las piernas, estaba lista, lo deseaba. Pero antes de que pasara algo, la puerta se abrió. Mariana.

Nos separamos de golpe. Ella entro con algunos víveres y una gran sonrisa.

—¿Como te sientes? ¿Como está el bebé?

Caminó hacia mí y me habló con dulzura.

—Sé lo que pasó, y puedes contar conmigo te voy a cuidar.

—Gracias pedo Rodrigo tiene much

o poder.

—Soy hija de uno de los mafiosos más importantes de esta ciudad —añadió Mariana—. Si Rodrigo intenta algo contra ti, te protegeré, es una promesa.

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