Capítulo 3 3
Capítulo 3
Lo que dijo Ernesto en la mesa cambió todo. Yo sabía lo que significaba más peleas, más discusiones, más presión.
Rodrigo me agarró de la mano con tanta fuerza que me dolió. Su mirada me quemaba, en silencio me estaba culpando de todo.
Siempre decía que yo era la infertil, que era mi cuerpo el que no servía. La verdad, en el fondo, yo pensaba otra cosa. Que mi cuerpo simplemente rechazaba la idea de darle un hijo a un hombre como él. Era por eso que aún no le decía lo del embarazo, No estaba lista, Y mucho menos ahora que me usarían como su cheque de herencia.
Rodrigo explotó frente a todos.
—He cuidado de tus empresas, papá. Siempre he estado aquí, soy yo quien protege tu legado.
Ernesto lo miró serio.
—Lo que tienes lo lograste con dinero, Rodrigo. Josh lo ha hecho con su talento. Y eso siempre lo voy a valorar.
Rodrigo apretó los puños. Se levantó de golpe, con la cara roja de rabia. Yo lo seguí al pasillo para intentar calmarlo.
—Basta, Rodrigo, no vale la pena discutir con tu padre —le dije, tomándole del brazo.
Él me sujetó fuerte de los brazos.
—Todo esto es tu maldita culpa. Si me hubieras dado un hijo, no estaríamos en esta situación. Pero no, siempre estás seca, inútil. Y escucha bien: si no me das un hijo, olvídate de la ayuda para tu padre.
Me empujó contra la pared. Yo me quedé sin aire, lo vi irse sin siquiera voltear.
Me quedé unos minutos quieta, tratando de no llorar. Después caminé hacia la playa. La tensión dentro de la casa era insoportable. Necesitaba escapar aunque fuera por un rato. El aire, el sonido de las olas… era lo único que me calmaba.
Entonces lo vi. Josh estaba ahí, caminando en dirección contraria, nos cruzamos y sentí que el corazón se me salía del pecho.
—Aléjate de mí —le dije apenas nos vimos—. No puedes acercarte.
Él no se detuvo, me miró fijo con sus ojos penetrantes.
—No he podido olvidarte desde aquella noche en el bar. Te busqué como un loco.
—Olvidate de eso, estoy casada —intenté sonar firme, pero mi voz temblaba.
Josh dio un paso más cerca. Su mirada me desarmó. De repente, me besó. No me resistí, cerré los ojos.
Le correspondí, sentí lo mismo que aquella noche: vida, fuego, deseo.
—Me quedaré en un chalet pequeño, a la orilla de la playa —me susurró—. No pienso dormir en esa casa. Ven conmigo.
Me tomó de la mano y yo cedí, por un instante. Lo dejé guiarme unos pasos, Pero enseguida me solté, asustada.
—No puede volver a pasar —le dije jadeando—. lo que pasó fue un error y debes olvidarlo.
Salí corriendo de regreso a la casa, con el corazón latiendo rápido.
Apenas entré a la casa me topé con Constanza, la hermana mayor de Rodrigo. Estaba esperándome en el pasillo, como si llevara rato allí, con los brazos cruzados y esa sonrisa que siempre tenía cuando se sentía superior.
—Por tu culpa, Rodrigo va a perder todo —me dijo, dándole una cachetada—. Eres una cualquiera inútil, No vales nada.
Me quedé helada unos segundos, podía ignorarla, como siempre hacía, pero estaba cansada. Ese día no pensaba agachar la cabeza.
—Tu opinión no me importa, Constanza. Si tanto te preocupa el futuro de tu hermano, preocúpate por ti. Porque a este paso te vas a quedar sola, amargada y dependiendo de él. Una solterona con miedo de quedarse en la calle.
Se puso roja de la rabia y sin pensarlo me dio una cachetada, El golpe me ardió en la cara, pero no me quedé callada.
—No vuelvas a ponerme una mano encima —le grité, devolviéndole la cachetada con la misma fuerza—. No soy tu sirvienta ni tu muñeca.
Ella me miró sorprendida, nunca hubiera pensado que yo me atrevería a responderle. Se quedó quieta, temblando de ira. Yo me giré y subí corriendo a la habitación.
Cerré la puerta con llave y me apoyé en ella. Sentía el corazón salir de mi pecho. Me temblaban las manos, No podía creer mi mala suerte: cada paso que daba en esa casa era una trampa. Rodrigo me culpaba de todo, sus hermanas me odiaban, y Ernesto había lanzado esa bomba de la herencia que solo me convertía en un vientre de alquiler entre dos hombres que se odiaban.
Me miré al espejo. La mejilla estaba roja por el golpe, intenté calmarme respirando hondo, pero las lágrimas me salian de los ojos. No quería llorar, no podía darles ese gusto.
Pasaron unos minutos y escuché pasos fuertes en el pasillo. Rodrigo abrió la puerta de golpe, Estaba borracho, lo noté por el olor a whisky y por la forma en que se tambaleaba.
—¿Qué carajos hiciste? —me gritó apenas me vio—. ¿Cómo te atreves a pegarle a mi hermana?
—Tu hermana me atacó primero. No voy a dejar que me falte el respeto ni que me ponga una mano encima.
Se acercó tambaleándose, con la mirada llena de rabia.
—Ella dijo la verdad. Eres una inútil, no sirves para nada. Ni siquiera puedes darme un hijo.
No pude más. Le grité a la cara.
—Si no te sirvo, entonces divórciate de mí. Porque el inservible eres tú, Rodrigo. Tú eres el que no me deja embarazada.
Su cara cambió en un segundo, Me dio una cachetada tan fuerte que casi me caigo al suelo. Sentí un zumbido en el oído y el ardor en la mejilla, Me llevé la mano a la cara, sorprendida.
Él se quedó quieto, respirando agitado. Después pareció arrepentirse.
—Viviana… lo siento, no quise…
—No te atrevas a tocarme —le grité, retrocediendo—. No quiero verte más.
Agarré un bolso pequeño, metí lo primero que encontré y salí corriendo de la habitación. Rodrigo intentó detenerme, pero lo esquivé. Bajé las escaleras, crucé el pasillo y salí por la puerta trasera sin mirar atrás.
Corrí hacia la playa. El viento me golpeaba la cara, pero yo solo pensaba en huir de esa casa. Seguí caminando hasta que vi el chalet del que Josh me había hablado. Estaba iluminad así que toqué la puerta con fuerza, temblando.
Él abrió enseguida. Cuando me vio, su expresión cambió de inmediato.
—Dios mío, ¿qué te hizo?
No aguanté más. Lo abracé y rompí en llanto. Me aferré a él como si mi vida dependiera de eso. Sentí cómo me rodeaba con los brazos, firme y protector.
—Ven —me dijo con calma, guiándome hacia dentro—. Siéntate.
Me sentó en un sillón y fue por hielo. Regresó con una toalla y me la puso en la mejilla. Yo apenas podía hablar.
—Me golpeó… —susurré.
Josh apretó la mandíbula, furioso.
—Si vuelve a tocarte, te juro que…
—Ya no importa —lo interrumpí—. Estoy cansada. Cansada de todo.
Él me miró en silencio, el esperaba que le dijera la verdad Y lo hice.
—Me casé con Rodrigo porque se encaprichó conmigo. Y cuando mi padre estaba al borde de la quiebra, lo obligó a aceptar. Si no me casaba, lo destruía. Desde entonces me tiene en sus manos, Nunca lo quise, no quiero esto.
Josh bajó la mirada un momento y después me tomó la mano.
—Te juro que voy a liberarte de él. No tienes por qué seguir así.
Yo lo miré a los ojos, No era un discurso para conmoverme, Lo sentí real y sentí que lo decía en serio.
—Desde aquella noche no he podido dejar de pensar en ti —le confesé con la voz entrecortada—. Y ahora… ahora solo quiero estar contigo.
Me acerqué y lo besé. Él me correspondió sin dudar. Fue un beso profundo y desesperado, como si los
dos hubiéramos estado esperando ese momento desde siempre.
—Te deseo —le dije casi sin aire—. Te deseo desde esa noche.
