Soy la amante del sobrino de mi esposo

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Capítulo 2 2

Capítulo 2

La casa de la playa siempre me pareció hermosa, pero también era como una prisión con vista al mar.

Cada Diciembre, Rodrigo y yo veníamos a pasar Navidad con su familia. No era una opción, Era una orden como todo lo que venía de el

Desde el primer año, sus hermanas dejaron claro que no me querían ahí. No soportaban que Rodrigo se hubiera casado conmigo. Ellas siempre quisieron que su mejor amiga, Helena Thompson, fuera la esposa perfecta para él. Según ellas, yo era demasiado joven, una recién llegada, una oportunista. Y lo de mi padre en ruinas solo les dio más motivos para despreciarme.

—¿Ya conseguiste estar a la altura de nuestra familia ? —me dijo una de ellas apenas me vio.

—Lástima que tu papá no pudo venderte más caro, ¿no? —susurró la otra mientras se reía.

No dije nada, me tragué las ganas de contestar, lo hacía por mi madre, por mi padre enfermo, me tragué el orgullo, y agacha la cabeza otra vez.

Busqué al único que me hacía sentir bien en esa casa: el señor Ernesto, el padre de Rodrigo. Él siempre fue bueno conmigo y me abrazó con fuerza.

—Me alegra verte, hija. Esta casa se siente menos fría cuando estás tú.

—Gracias, don Ernesto. Yo también me alegro de verlo.

Subimos a la habitación. Cuando cerré la puerta, pensé que tendría un respiro. Pero no. Rodrigo me siguió. Me agarró de la cintura por detrás y empezó a bajarme la falda.

—Espera, estoy cansada del viaje —le dije, alejando sus manos.

Se puso serio, me agarró fuerte de los brazos.

—Hoy es tu día de ovulación ,no vamos a perderlo.

—¿De verdad? ¿Otra vez con lo mismo? Estoy cansada de que me trates como si fuera una yegua en celo.

Me soltó, Fue hacia mis maletas y empezó a sacar mi ropa, una por una. Los vestidos ajustados, los tops, los shorts.

—¿Esto es lo que vas a ponerte delante de mi familia? —dijo levantando uno de los vestidos cortos—. Yo quiero una esposa, no una puta. No quiero que ningún hombre te mire, Eres mía.

—No soy tuya. No soy un objeto —dije, pero ya se había dado la vuelta.

Se fue, cerrando la puerta de un portazo.

Me senté en la cama. No podía llorar, pero sentía una presión en el pecho y quería desaparecer.

Minutos después, Ana, la empleada más cercana a la familia, tocó la puerta. Entró en silencio, con un par de prendas dobladas en los brazos.

—El señor me pidió que te subiera esto —dijo, bajando la mirada.

Eran blusas largas, faldas por debajo de la rodilla. Ropa para una mujer de cincuenta años.

No dije nada, Solo asentí, Llorando, las acepté, Tenía que hacerlo por la familia.

Bajé al rato, vestida como querían. Rodrigo se acercó y me besó en la mejilla.

—Así me gustas, hermosa y elegante.

No respondí. Me senté a su lado, como si todo estuviera bien. Como si no quisiera romperle la cara.

Ernesto levantó su copa y pidió atención.

—Quiero que todos escuchen. Mi hijo Josh vendra está Navidad. Es hora de integrarlo oficialmente a la familia.

Todos se quedaron en silencio, Rodrigo frunció el ceño y Sus hermanas se miraron entre sí, molestas, la noticia les cayó como un báldado de agua fría.

Las caras lo decían todo. Nadie estaba contento con la noticia de Ernesto, Rodrigo se tensó de inmediato.

—No puedes estar hablando en serio —le dijo a su padre—. Josh no tiene por qué estar aquí, es un bastardo, la prueba de tu infidelidad.

—No es parte de esta familia —añadió una de sus hermanas—. Siempre ha estado lejos, eso fue lo que él quiso, además es una humillación a la memoria de mamá, esta es la casa de sus sueños y va a ser manchada por ese bastardo

Yo no entendía del todo la situación, realmente me importaba nada, Había escuchado rumores, Ernesto había tenido un hijo fuera del matrimonio, y que aunque siempre lo ayudó económicamente, nunca lo presentó formalmente como parte de la familia.

Era el hijo ilegítimo, o el bastardo como le decían sus hermanas, El que estaba lejos, desterrado, El que no debía existir,

para mí todo eso era solo chisme… hasta que Ana entró al comedor.

—Señor Ernesto, ya llegó su hijo. Está en la entrada.

Todos se giraron, Yo también. Y cuando lo vi, sentí que el aire se me fue del cuerpo.

Era él.

El hombre del bar.

El desconocido con el que me había acostado la noche de mi cumpleaños. El que me hizo sentir viva por primera vez en años.

Él me miró. Por un segundo, sonrió. Pero en cuanto escuchó las palabras de Ernesto, su cara cambió.

—Ella es Viviana, la esposa de Rodrigo —dijo Ernesto , orgulloso.

Su expresión se congeló, bajó la mirada solo un segundo, y luego volvió a levantarla, serio, sin mostrar ninguna expresión en su rostro.

—Mucho gusto —dijo él, como si no me conociera, y era lo mejor fingir que éramos dos desconocidos.

Mi cuerpo temblaba por dentro, pero fingí normalidad, Tenía que hacerlo.

Rodrigo lo miró con rabia.

—No tiene sentido que esté aquí. Tú mismo dijiste que no querías ser parte de esta familia.

—Las cosas han cambiado —respondió Ernesto.

—¿Y ahora va a venir a aprovecharse? ¿Eso es lo que quieres? —dijo una de las hermanas, molesta.

Josh no se quedó callado.

—Qué miedo tienen todos de un simple bastardo, ¿no?

Rodrigo se levantó.

—No le hables así a mi familia, eres un altanero que no merece nada.

—¿Entonces cómo quieres que les hable? ¿Con la misma hipocresía con la que siempre lo hicieron con papá?

—Basta —interrumpió Ernesto, con voz fuerte.

Todos callaron.

—He tomado una decisión —dijo, mirando a cada uno a los ojos—. Ustedes saben que el apellido Cárdenas no puede terminar aquí, Sus hermanas no tuvieron hijos. Rodrigo, tú tampoco. Y no voy a dejar mis empresas a cualquiera. Quiero que mi legado quede en manos de quien lo merezca, de mi sangre

Rodrigo lo miró con nervios, las palabras de su padre le quemaban

—¿Qué estás diciendo?

—Que entre tú y Josh, el primero que me dé un nieto… será mi heredero.

Se hizo un silencio incómodo, nadie sabía cómo reaccionar, no lo esperaban

Yo no podía respirar.

Rodrigo apretó la mandíbula. Su hermana se levantó de golpe y Josh solo sonrió con sarcasmo.

—Qué manera tan moderna de resolverlo —dijo él, casi riéndose—. ¿Una carrera de esperma?

—No estoy bromeando —respondió Ernesto—. Quiero un nieto y quiero que el apellido siga, Y será de ustedes dos la responsabilidad de lograrlo.

Rodrigo me miró en ese momento, Sentí su

mirada como una daga que me castigaba, Y entonces lo entendí: ahora era una competencia.

Una en la que yo era solo un vientre.

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