Sombras de Poder

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Capítulo 6 Capítulo 6: El Fantasma de Don Víctor

Perspectiva de Elena…….

El sobre negro sobre mi escritorio no era un regalo, era una advertencia.

Mirar la foto de mi padre, joven y combativo frente al sindicato, me revolvió las entrañas.

¿Cómo la había conseguido Alejandro? ¿Era su forma de decirme que sabía quién era yo, o simplemente estaba jugando con los restos de una guerra que él mismo ayudó a ganar?

No tuve tiempo de procesarlo. El intercomunicador rugió.

—Vargas, deje de mirar el pasado y venga a mi oficina. Ahora.

Entré con el sobre apretado contra el pecho. Alejandro estaba de pie frente al ventanal, dándome la espalda.

—Vaya a la quinta en el Country Club —dijo sin girarse—. Mi padre tiene que firmar los traspasos de la Torre Norte. Es un trámite, pero él disfruta haciendo que la gente pierda el tiempo.

—¿Su padre? Pensé que usted manejaba todo, señor Montenegro.

Él se giró lentamente. Sus ojos eran dos pozos de fatiga y rabia contenida.

—Don Víctor sigue siendo el patriarca, el dueño de todo. Y aunque sus piernas no funcionen, su lengua sigue siendo un látigo. Vaya, que firme y salga de ahí. No acepte café, no acepte conversación y, sobre todo, no lo mire a los ojos más de lo necesario.

—Parece que me está enviando a una fosa de leones —mascullé.

—Es peor, Elena. Es la mansión Montenegro.

Salí de su oficina sin decir una palabra, sintiendo el peso del sobre negro quemándome la piel a través de la blusa. El eco de mis tacones sobre el mármol del pasillo sonaba como una cuenta regresiva. Al cruzar el vestíbulo de cristal de la corporación, el aire frío de la tarde me golpeó el rostro, pero no logró despejar la bruma de mis pensamientos.

¿Qué buscaba Alejandro hurgando en mi pasado? Un taxi amarillo ya aguardaba frente a la acera. Subí al asiento trasero y, al cerrar la puerta, el bullicio de la ciudad quedó sofocado por un silencio tenso.

—Al Country Club, por favor —indiqué, mientras veía el edificio Montenegro hacerse pequeño en el retrovisor, sintiendo que me dirigía directamente a las fauces del lobo.


Después de unos minutos llegué al Country Club en el taxi, sintiéndome como una mancha de aceite en un lienzo de seda. La mansión era un mausoleo de mármol blanco y hiedra perfectamente recortada. Al cruzar el umbral, el aire se volvió pesado, cargado de un olor a cera de muebles caros y algo rancio, algo que olía a encierro.

Un enfermero de rostro impasible me guio hasta la biblioteca. Allí, rodeado de estanterías que llegaban al techo, estaba él. Don Víctor Montenegro.

Su silla de ruedas era de cuero negro, casi como un trono moderno. Su rostro era un mapa de arrugas profundas y su mirada... Dios, su mirada era la de un tiburón que ha olido sangre en el agua.

—Buenos días, Don Víctor.

—Así que tú eres la nueva adquisición de mi hijo —su voz era un rasgado seco, como papel de lija.

—Soy Elena Vargas, su asistente ejecutiva —corregí, extendiendo la carpeta—. Traigo los documentos de la Torre Norte para su firma.

Él no tomó la carpeta. Me analizó de arriba abajo, deteniéndose en mi cuello, en mis manos, en la forma en que sostenía la mirada

—Vargas... —repitió el apellido, saboreándolo como un vino amargo—. Tienes un fuego en los ojos que me resulta familiar. Me recuerdas a alguien, niña. Alguien que no sabía cuándo callarse.

—Espero que ese "alguien" haya tenido éxito, señor —respondí con una calma que no sentía.

Don Víctor soltó una carcajada que terminó en una tos seca.

—Ese "alguien" terminó bajo tierra por creer que la moral podía vencer al capital. ¿Tu padre está vivo, Elena?

El aire se congeló en mis pulmones.

—Mi vida personal no está en el contrato, don Víctor. Firme los papeles.

—Igual de altiva que Alejandro —murmuró, tomando la pluma con dedos nudosos—. Él cree que te controla porque te paga el alquiler, pero no sabe que ha metido a una víbora en el nido. O quizás sí lo sabe y es masoquista.

Firmó con un trazo violento y cerró la carpeta de un   solo golpe.

—Dile a mi hijo que la próxima vez que venga  él. Me aburre ver caras nuevas que huelen a resentimiento social.

—Entiendo, señor Montenegro —respondí, sosteniendo su mirada sin que me temblara el pulso mientras guardaba la carpeta—. Pero no confunda el resentimiento con la memoria. Lo que usted huele es simplemente la realidad de quienes construimos los peldaños por los que otros suben. Con su permiso, que tenga un buen día.

Me di la vuelta para salir, pero en el marco de la puerta me esperaba otro obstáculo. Sofía Montenegro. Lucía un vestido de lino beige que costaba más que mi carrera universitaria y una sonrisa que era más peligrosa que un cuchillo.

—Elena, querida. Qué sorpresa verte en el "mausoleo" —dijo Sofía, bloqueándome el paso—. ¿Ya conociste a nuestro encantador padre?

—Fue breve, por suerte —respondí, intentando pasar.

Sofía puso una mano en mi hombro. Su tacto era frío.

—No te apresures. En esta familia, las piezas útiles se guardan en vitrinas; las decorativas... bueno, esas terminan rompiéndose por accidente. ¿En qué categoría crees que estás tú?

—Yo no soy una pieza, Sofía. Soy la que lleva la cuenta de los daños.

Sofía soltó una risita cristalina y se inclinó hacia mi oído.

—Mi hermano te mira como si fueras un milagro, pero Alejandro solo colecciona tragedias. Ten cuidado, Elena. Si crees que puedes jugar a los dos bandos entre él y yo, terminarás aplastada. Aquí, los hermanos no nos amamos; nos sobrevivimos.

Salí de esa mansión casi corriendo, buscando el aire contaminado de la ciudad como si fuera oxígeno puro. Sentía que el Country Club era una jaula de oro donde los monstruos vestían de etiqueta.

Sofía me dedicó una última mirada cargada de un veneno elegante antes de apartarse, permitiéndome finalmente cruzar el umbral.

El aire gélido del aire acondicionado fue reemplazado por el calor sofocante del mediodía, pero lo agradecí; cualquier cosa era mejor que la atmósfera rancia de los  Montenegro.

Caminé por el sendero de piedra con las piernas temblorosas, apretando la carpeta contra mi costado como si fuera un escudo.

Al llegar a la reja forjada, el taxi que me había traído seguía allí, una mancha amarilla y mundana que representaba mi única vía de escape de ese universo de espejos y puñales.

—A la Corporación Montenegro, por favor —dije al subir, cerrando la puerta con una fuerza que buscaba sellar aquel encuentro en el olvido.

Mientras el vehículo se alejaba del Country Club, apoyé la cabeza contra el vidrio caliente.

Las palabras de Don Víctor sobre mi padre y la advertencia de Sofía daban vueltas en mi mente como un torbellino.

No era solo una asistente; era una pieza en un tablero que apenas comenzaba a comprender. Alejandro me había enviado a esa fosa de leones sabiendo exactamente lo que encontraría.

Miré mis manos; aún estaban frías.

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