Capítulo 5 Capítulo 5.- La Primera Grieta (continuación)
Se giró bruscamente. Estábamos a centímetros. Podía ver el rastro de cansancio en sus ojos y esa chispa de vulnerabilidad que intentaba ocultar tras su arrogancia.
Extendí la mano para entregarle la carpeta y, por un error de cálculo o un impulso del destino, mis dedos rozaron los suyos.
Fue como una descarga eléctrica. No un simple contacto, sino una conexión violenta que me recorrió la columna y me dejó sin aire. Él no retiró la mano; sus dedos se cerraron sobre los míos por un segundo eterno, un ancla en medio de la tormenta de su furia.
—Tenga cuidado, Vargas —susurró, recuperando su máscara en un parpadeo—. El fuego quema, incluso a los que creen que están hechos de hielo.
—Yo crecí en el Oeste, Alejandro. El calor nunca me ha asustado.
Él soltó mi mano, tomó la carpeta y entró al coche sin despedirse. El rugido del motor rompió el silencio de la noche mientras se alejaba, dejándome sola con el corazón martilleando contra mis costillas.
Perspectiva de Sofía Montenegro……
Desde la ventana del segundo piso del restaurante, observé cómo el coche de mi hermano desaparecía en la noche. A mi lado, una copa de champaña permanecía intacta.
—¿Quién es ella realmente, Sofía? —preguntó mi asistente, nerviosa.
—Elena Vargas —pronuncié el nombre como si fuera un veneno—. Una abogada de la UCV con hambre de mundo.
Había visto el intercambio en el estacionamiento. Había visto ese roce de manos. Alejandro nunca permitía que nadie se acercara tanto, ni física ni emocionalmente. Él era un lobo, y los lobos no tienen adjuntas; tienen presas. Pero la forma en que ella lo miró... no era miedo. Era reconocimiento.
—¿Quieres que investigue más sobre su familia? —preguntó mi asistente.
—Ya lo hice. Su padre es el sindicalista que Alejandro ayudó a encerrar hace años para limpiar el terreno de la constructora. Ella cree que está escalando el Olimpo por mérito propio, pero mi hermano siempre tiene un motivo oculto para sus juguetes.
Sonreí, mirando mi propio reflejo en el cristal. Elena Vargas creía que estaba aprendiendo a morder, pero no sabía que estaba entrando en una jaula diseñada específicamente para alguien con su pasado.
—Vigílala —ordené—. Si esa chica es la grieta en la armadura de Alejandro, necesito saber exactamente dónde golpearla para que todo este imperio se venga abajo. Nadie, y mucho menos una muerta de hambre del Oeste, va a quitarme lo que por derecho de sangre me pertenece.
Bajé a la entrada del restaurante, cruzándome con el mismo recepcionista que minutos antes había despedido a Elena.
—Dígame —le dije, deteniéndome—, la señorita que salió con el señor Montenegro... ¿dejó alguna impresión?
El hombre dudó antes de responder.
—Parecía... diferente, señora Sofía. Como si no le tuviera miedo a nada.
—Ese es su error —susurré para mí misma mientras subía a mi camioneta blindada—. El miedo es lo único que nos mantiene vivos en esta ciudad. Y yo me encargaré de que Elena Vargas aprenda esa lección muy pronto.
Saqué mi teléfono y deslicé la pantalla hasta encontrar la fotografía que mi informante me había enviado minutos antes: Elena, de espaldas, subiendo a su modesto vehículo con la barbilla en alto. Esa arrogancia era su mayor activo y, pronto, su sentencia de muerte.
—Conduce hacia la oficina —le ordené al chófer—. Quiero revisar el expediente del caso del Oeste. El de su padre.
Mientras avanzábamos por la autopista Francisco Fajardo, las luces de Caracas pasaban como hilos de oro frente a mis ojos. Alejandro siempre se había creído el arquitecto de su propio destino, pero incluso el edificio más alto cae si se socavan sus cimientos.
Si él pensaba usar a Elena como una herramienta de distracción o un simple capricho, se había equivocado de pieza.
Ella era una bomba de tiempo con un cronómetro que yo acababa de activar.
—¿Crees que ella lo sabe, Sofía? —Preguntó mi asistente desde el asiento del copiloto—. ¿Crees que sabe que duerme con el hombre que destruyó a su familia?
—Nadie es tan cínico, ni siquiera ella —respondí, sintiendo una fría satisfacción recorrer mi pecho—. Elena busca justicia envuelta en ambición, y Alejandro busca redención envuelta en crueldad. Es una combinación explosiva.
Llegamos a la Torre Montenegro. El logo iluminado en la cima parecía un faro de poder absoluto. Bajé del vehículo, sintiendo el peso de mi apellido en cada paso. Mañana, Elena Vargas se despertaría creyéndose una loba entre hombres.
No sabía que yo ya había empezado a afilar los colmillos que terminarían por desgarrar su fantasía. En esta ciudad, los secretos no se entierran; se usan para asfixiar.
Perspectiva de Elena
Llegué a mi apartamento y tiré los tacones al suelo. Me miré en el espejo del baño, quitándome el maquillaje que Alejandro me había obligado a usar. Mis dedos aún hormigueaban donde él los había tocado.
"Me pertenece", había dicho el primer día.
Sentí una mezcla de náuseas y una ambición oscura. Alejandro Montenegro era un hombre peligroso, pero su vulnerabilidad en el estacionamiento me había dado algo más valioso que diez mil dólares: una debilidad.
Me acosté, pero el olor a sándalo y tabaco parecía impregnado en mi piel. Mañana iríamos al Sector 4, a mi antiguo barrio.
Mañana tendría que elegir entre ser la salvadora de mi gente o el arma definitiva del hombre que, por un segundo, me había mostrado que su corazón no era de mármol, sino de carne y fuego.
El juego acababa de volverse personal. Y en Caracas, cuando algo se vuelve personal, alguien termina bajo tierra. Cerré los ojos, sabiendo que la primera grieta en el muro de Alejandro era yo, y que no me detendría hasta que toda la torre se sacudiera bajo mis pies.
Al día siguiente, el sol de Caracas golpeaba el asfalto con violencia. Entré a la oficina y encontré un sobre negro sobre mi teclado. Dentro, no había órdenes, sino una foto vieja de mi padre en el sindicato. Alejandro ya no jugaba a ser jefe; estaba marcando su territorio con sangre.
