Sombras de Poder

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Capítulo 4 Capítulo 4.- La Primera Grieta

Perspectiva de Elena……

La oficina de Alejandro no es un lugar de trabajo; es una zona de guerra donde el silencio es el arma más letal.

En apenas seis días que llevo aquí trabajando, aprendí que mi cargo de Asistente Ejecutiva era un eufemismo para ser el escudo humano de un hombre que no conoce la palabra "suficiente".

—Vargas, ¿por qué el informe de Inversiones Altamira sigue en mi escritorio? —su voz llegó desde el intercomunicador, fría como un bisturí.

—Porque el abogado de la contraparte intentó suicidarse esta mañana, señor Montenegro. El proceso se detuvo por ética básica —respondí, entrando a su despacho sin esperar invitación.

Alejandro ni siquiera levantó la vista de su tablet.

—La ética no detiene las cláusulas de incumplimiento. Llame al suplente. Quiero ese edificio antes de que el tipo termine de lavarse el estómago en la clínica.

—Es usted un encanto, de verdad. ¿Vino así de fábrica o tomó un curso intensivo de sociópata?

Él dejó la tableta y me miró. Una de esas miradas de mercurio que suelen congelar a los directivos, pero que a mí ya solo me daban calor.

—Vino con el cargo, Elena. Y hablando de cargos, esta noche tenemos cena en Le Gourmet. Póngase algo que no grite "estudié con beca". Vamos a enterrar a Mauricio Zuloaga.

—Está bien —respondí, sosteniéndole la mirada con una confianza que desafiaba su arrogancia—. Considere que el entierro de Zuloaga ya tiene a su mejor sepulturera. No solo no gritaré que estudié con beca; haré que se pregunte cómo es que una mujer de mi origen puede opacar el brillo de sus propios cristales.

Él arqueó una ceja, un gesto casi imperceptible de asombro ante mi falta de sumisión. Me di la vuelta antes de que pudiera replicar, sintiendo la intensidad de sus ojos clavada en mi espalda.

—Prepárese, señor Montenegro —añadí desde el marco de la puerta—, porque esta noche voy a sorprenderlo. Y no será por mi conocimiento de las leyes, sino por lo rápido que aprendí a hablar el lenguaje de los lobos sin perder el estilo.

Salí de su despacho con el corazón galopando. Tenía el bono en la cuenta y una sed de triunfo que no conocía límites. Esa cena no sería solo un negocio; sería mi gran debut en su tablero de ajedrez.


El restaurante en Las Mercedes era el epítome de la opulencia caraqueña: luces tenues, cubiertos de plata que pesaban más que mi conciencia y un aire acondicionado que me obligaba a agradecer el grosor de mi nuevo vestido de cóctel.

Zuloaga, un hombre de unos sesenta años que sudaba ansiedad, intentaba mantener la compostura frente a Alejandro.

—Alejandro, por favor, hemos sido aliados por décadas —suplicó Zuloaga, ignorando el foie gras frente a él—. Mi familia depende de esa constructora.

Alejandro tomó un sorbo de un vino tinto que probablemente costaba más que mi alquiler anual.

—Aliados es una palabra muy generosa, Mauricio. Yo diría que fuiste un parásito útil hasta que decidiste que podías ocultarme las comisiones del proyecto en Lechería.

—Fue un error de contabilidad, te lo juro...

—Elena —interrumpió Alejandro, girándose hacia mí con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—, ¿qué dice nuestra "contabilidad" sobre el señor Zuloaga?

Saqué una tablet de mi bolso y recité las cifras como si fueran una sentencia de muerte.

—Tres cuentas en Panamá, un apartamento en Miami a nombre de su sobrino y un déficit de cuatro millones de dólares en la caja chica de la Torre Norte. Todo debidamente documentado, señor Zuloaga.

El hombre se puso pálido. Miró a Alejandro, luego a mí.

—¿Quién es esta mujer? ¿Tu nueva perra de ataque?

Sentí el impulso de lanzarle la copa de vino a la cara, pero la mano de Alejandro se cerró sobre mi antebrazo bajo la mesa. No fue un apretón de advertencia, sino un anclaje.

—Es la mujer que va a redactar tu declaración de quiebra —sentenció Alejandro con una calma aterradora—. Tienes diez minutos para firmar la transferencia de acciones o Elena enviará este archivo a la fiscalía. Y ya sabes que, en Venezuela, la cárcel no es tan cómoda como este restaurante.

Zuloaga firmó con la mano temblorosa. Se levantó sin decir palabra, derrotado, dejando tras de sí el olor a derrota y perfume caro.

—Fue brillante, Elena. Casi parecía que disfrutabas viendo cómo se le escapaba la vida —dijo Alejandro, volviendo a su vino.

—No lo disfruté —mentí, aunque el pulso me iba a mil—. Solo hice mi trabajo.

—Mientes tan bien que hasta tú te lo crees. Vámonos.

Alejandro dejó unos billetes sobre la mesa y se puso en pie, ajustándose la chaqueta del traje con una precisión quirúrgica. Salimos al aire húmedo de la noche caraqueña, donde el caos de Las Mercedes se sentía extrañamente distante.

—Tu eficiencia tiene un precio, Elena —murmuró mientras el chofer abría la puerta del blindado—. No solo el que te deposito cada mes. Hablo del peso de lo que sabes.


El estacionamiento estaba casi vacío. El vigilante se mantenía a una distancia prudencial, conociendo el temperamento del dueño del Aston Martin negro que brillaba bajo los focos.

Alejandro caminó hacia el lado del conductor, pero no entró. Se quedó apoyado contra la puerta, mirando hacia la oscuridad de la calle. Por un segundo, la máscara de hierro se deslizó.

Sus hombros se tensaron y vi cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar el volante con una furia silenciosa, contenida, casi desesperada.

Me acerqué con cautela, sosteniendo la carpeta con los documentos firmados.

—Señor Montenegro... Alejandro. Aquí están los papeles.

Él no se movió. Su respiración era errática, como si estuviera librando una batalla interna contra un fantasma que yo no podía ver.

—¿Crees que soy un monstruo, Elena? —preguntó sin mirarme. Su voz ya no era un barítono potente; era un susurro roto.

—Creo que es un hombre que olvidó cómo se siente el suelo porque vive en las nubes de este Olimpo —respondí con sinceridad—. Pero los monstruos no suelen preguntar si lo son.

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