Sombras de Poder

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Capítulo 3 Capítulo 3.- La Confianza del Lobo

—¿Y el despacho? —pregunté, desafiándolo con la mirada.

—Mañana a las siete de la mañana —sentenció—. Su nombre ya está en la puerta contigua a la mía. Pero no se confunda... hoy demostró que puede destruir a un hombre débil. A partir de mañana, tendrá que demostrar que puede sobrevivir a mi lado sin que yo la destruya a usted.

—Mañana a las siete —repetí.

Salí de la torre con el sol hundiéndose tras las montañas. El calor de Caracas seguía allí, pero ya no me sentía asaltada por él.

Caminé hacia la estación del Metro Chacaíto, ignorando a los buhoneros y el ruido del tráfico. En mi bolso llevaba diez mil dólares y en mi mente, el plano de una guerra que apenas comenzaba.

Esa noche, en mi pequeño apartamento del Oeste, no pude dormir. Miré mis manos.

Estaban limpias, pero en mi interior sentía que algo se había roto para siempre. Ya no era la abogada idealista de la UCV.

Ahora era la sombra de Alejandro Montenegro. Y lo más aterrador de todo no era el hombre, sino lo mucho que me había gustado el sabor del poder.


A la mañana siguiente, el despertador sonó a las 5:00 a.m. No necesitaba el café.

La adrenalina de la victoria del día anterior corría por mis venas. Me puse un traje azul marino que había comprado esa misma noche en un centro comercial de Las Mercedes con parte del bono. Era elegante, cortante, una armadura de seda.

Cuando llegué a la Torre Montenegro a las 6:45 a.m., la recepcionista de hielo me vio llegar. Esta vez, antes de que pudiera decir mi nombre, ella se puso de pie.

—Buenos días, señorita Vargas. El señor Montenegro la espera. Su tarjeta de acceso directo está aquí.

Tomé la tarjeta dorada. El ascensor me llevó al Olimpo sin escalas. Al salir, vi la placa de latón en la puerta junto a la oficina principal: ELENA VARGAS – ADJUNTA A LA PRESIDENCIA.

Entré en la oficina de Alejandro sin tocar. Él estaba tomando un expreso, revisando unos gráficos en una pantalla gigante.

—Llega dos minutos tarde para mi gusto, pero cinco minutos antes de lo acordado —dijo sin mirarme—. Hay café del bueno en su oficina. Nada de "tueste barato".

—Prefiero ponerme a trabajar —dije, dejando mi bolso—. ¿Cuál es el siguiente objetivo?

Alejandro apagó la pantalla y se levantó. Caminó hacia el ventanal y señaló hacia el horizonte, donde las barriadas del Oeste empezaban a iluminarse con el sol de la mañana.

—Aquello —dijo, su voz volviéndose oscura—. Mi padre construyó este imperio robando tierras y sueños. Yo quiero comprar la ciudad entera, cuadra por cuadra, para borrar su rastro. Pero hay una zona que se resiste. Un sector del Oeste que no acepta mis ofertas. Casualmente, el sector donde usted creció.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Quiere que desaloje a mi propia gente?

Él se giró, atrapándome con esa mirada de mercurio que parecía leer mis pensamientos más íntimos.

—Quiero que les demuestre que el progreso es inevitable. O ellos aceptan mi dinero, o el gobierno los sacará por "utilidad pública" sin pagarles un céntimo. Usted es su heroína, Elena. La abogada que salió del barrio y triunfó. Si usted les dice que firmen, lo harán.

—Eso es traición —susurré.

—Eso es negocio —corrigió él, acercándose—. Y usted ayer me dijo que no le tiene miedo a ensuciarse las manos. ¿O es que su audacia solo funciona con socios mediocres y no con sus propios vecinos?

Me quedé en silencio, mirando el Ávila. El aire acondicionado rugía suavemente. Estaba en el despacho que quería, al lado del hombre más poderoso, pero el precio acababa de subir.

—Lo haré —dije finalmente, mirando a Alejandro a los ojos—. Pero bajo mis condiciones. Nadie quedará en la calle. Les daremos viviendas nuevas en el Este.

Alejandro sonrió, una sonrisa que esta vez sí llegó a sus ojos, cargada de una fascinación peligrosa.

—Negocia hasta con el diablo. Me gusta. Empiece a redactar los términos. Bienvenida oficialmente al Olimpo, Elena. Espero que no le tema a las alturas, porque desde aquí, la caída es mortal.

Me senté en mi silla de cuero, frente a mi nuevo escritorio de cristal. La guerra había cambiado de escala.

Ya no luchaba por sobrevivir; luchaba por dominar el juego. Y Alejandro Montenegro, mi jefe, mi captor y mi tentación, acababa de darme el arma más poderosa de todas: su confianza.

No sabía si terminaríamos siendo amantes o enemigos jurados, pero mientras observaba mi nombre en la puerta, supe que Caracas nunca volvería a ser la misma para mí.

El hambre de poder se había convertido en un festín, y yo apenas estaba empezando a abrir el apetito.

Pasé el resto de la mañana sumergida en mapas catastrales y proyecciones financieras. El "Sector 4" no era solo un conjunto de coordenadas para mí; era la calle donde aprendí a correr, la panadería que me fiaba el pan cuando mi padre estaba en huelga y las canchas donde soñé con ser alguien. Ahora, cada clic de mi ratón se sentía como un martillazo contra esos cimientos.

Alejandro entró en mi despacho alrededor del mediodía. No llamó. Simplemente se apoyó en el marco de la puerta, observándome con esa intensidad que lograba hacerme sentir desnuda bajo mi traje de seda.

—¿Remordimientos, Elena? —preguntó, su voz suave pero cargada de una ironía cortante—. Veo que ha estado marcando la zona escolar. ¿Acaso espera salvar también el parque donde jugaba?

—Espero salvar la dignidad de esa gente, señor Montenegro —respondí sin levantar la vista del monitor—. Si voy a ser la cara de este desalojo, no lo haré con las manos vacías ni con promesas de aire. Usted quiere el control total, y yo se lo daré, pero no subestime la fuerza de quienes no tienen nada más que su techo.

Él caminó hacia mi escritorio y colocó una carpeta negra sobre el cristal. Al abrirla, vi fotos mías de esa misma mañana, tomadas mientras bajaba del Metro. Me vigilaba.

—Me gusta su fuego, pero controle la dirección de la llama —susurró, inclinándose tanto que pude oler el sándalo y el tabaco de su traje—. La confianza que le di no es un cheque en blanco. Usted es mi adjunta, no su redentora. Mañana iremos juntos al sector. Quiero ver cómo les explica que su antigua vecina ahora trabaja para el lobo que viene a devorar sus casas.

Me sostuvo la mirada. En sus ojos grises no había piedad, solo una fascinación oscura por ver hasta dónde llegaría mi ambición antes de romperse. El banquete apenas comenzaba, y el primer plato era mi propio pasado.

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