Sed de Venganza

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Capítulo 6 Doble traición

Elizabeth se quedó paralizada, incapaz de apartar la mirada cuando se fundieron en un apasionado beso, riendo entre dientes como un par de adolescentes enamorados.

Avanzaron hacia los ascensores, ajenos a todo lo que no fueran ellos mismos, mientras cada caricia, cada mirada cómplice, se hundía como una puñalada en ella.

Las manos de Richard recorrieron la espalda de Amelia con una familiaridad que le escoció, porque ni siquiera recordaba la última vez que recibió ese tipo de cercanía de su parte  a menos que fuera una mera puesta en escena para otros.

Él presionó a su amiga contra la pared de metal y antes de que las puertas se cerraran, deslizó la mano bajo su vestido y el aire se le atascó en los pulmones al comprender la cruel verdad.

Era como si su cerebro hubiera dejado de funcionar de manera correcta. El bar giró a su alrededor y salió dando traspiés, dispuesta a seguirles, pero sus piernas parecían de gelatina cuando miró la pantalla digital del ascensor marcando el avance de los pisos hasta detenerse en el dieciséis.

Luchando por controlar su respiración, esperó frente a las puertas cerradas. Su mente trabajaba a toda velocidad, tratando de dilucidar cómo y cuándo inició esto entre ellos. ¿Llevaban juntos meses? ¿Años?

Había sido tan estúpida.

Aún hacía unas horas, creía que le hablaban mal del otro porque no se soportaban.

Richard no dejaba de repetir lo snob que era Amelia, cómo lo miraba por encima del hombro por ser un huérfano sin familia ni fortuna. Y ella, nunca dejó de repetir que no entendía qué veía en un hombre que no tenía nada que ofrecer, y que ni siquiera era tan atractivo.

¿Cómo no lo vio?

Con un tintineo suave, el otro ascensor se abrió y una pareja mayor salió charlando. Sin pensarlo más, se coló dentro con la sensación de que estaba en un mundo paralelo, casi fuera de su cuerpo.

Cuando llegó al mismo piso, apretó el bolso contra su cuerpo, como si de esa forma se insuflara de valor para no caer.

Al salir, el pasillo alfombrado se extendía frente a ella, y con cada paso que daba, parecía que el corredor se alargaba más y que era imposible avanzar.

Dobló la esquina, pero reconoció las risas de ambos y tuvo que detenerse, con el corazón martillándole las costillas con tanta fuerza que temió que pudieran oírlo.

Un gemido femenino a pocos metros hizo que retomara el camino y vio la puerta de la habitación 1602 entreabierta.

Se acercó despacio, con la bilis en la garganta antes de escuchar el gruñido salvaje de su esposo y tuvo que apoyarse contra la pared, incapaz de sostenerse.

Se dio cuenta en ese momento que no tendría el valor de enfrentarlos, porque podía imaginar la escena: ella irrumpiendo, ellos riéndose, Richard diciéndole que era patética, que siempre lo había sido. Amelia con esa mirada de lástima mezclada con superioridad.

El llanto amenazó con ahogarla, pero no podía moverse, porque no sabía qué hacer.

Entonces su teléfono vibró contra su pierna. Una, dos, tres veces.

Sacó el móvil del bolsillo con manos temblorosas. "Ana" parpadeaba en la pantalla.

Emma.

La culpa la atravesó como un rayo. Estaba aquí, escuchando a su esposo follar con su mejor amiga, mientras su hija estaba en casa esperándola. ¿Qué tipo de madre era?

No contestó. No podía. Pero el teléfono siguió vibrando en su mano, insistente, y escuchó a Richard maldecir del otro lado de la puerta.

—Tienes una boca deliciosa, Amelia.

—Solo para probarte mejor —respondió ella entre risas.

Su esposo emitió un sonido gutural antes de que algo chocara con la puerta y se cerrara con violencia.

Eso la desencajó y se echó a correr lejos de ahí, con las lágrimas nublando su visión.

Cobarde.

Tropezó con sus propios pies. Chocó contra la pared, pero no se detuvo hasta llegar al ascensor y salir de él como si tratara de asfixiarla.

Atravesó el vestíbulo y bajó las escaleras del exterior aferrándose al pasamanos. El aire frío de la noche golpeó su cara entumecida y no supo cómo llegó al estacionamiento porque solo veía un borrón de colores y sonidos distorsionados.

Escuchó su nombre, pero no paró hasta que alguien la hizo voltear cuando le cogió el brazo y chocó contra el duro pecho de un hombre.

El olor a tabaco y sándalo contrastaba brutalmente con el sabor agrio del vino en su garganta y cuando elevó el rostro se encontró con el ceño fruncido de Nathan Kingston.

Lo vio mover los labios, pero no entendía nada. El vino, el dolor y la traición se mezclaron en su sistema, se inclinó sobre sus brillantes zapatos italianos y vomitó.

Esperaba que la insultara o que la alejara. En cambio, le apartó el cabello de la cara mientras ella seguía agachada. Sintió una suave caricia en la espalda y cuando ella se irguió, la sostuvo con firmeza mientras ella temblaba.

Dejó caer su frente contra él, demasiado rota para fingir que seguía entera hasta que la voz de una mujer llamando a Nathan la trajo de vuelta a la realidad y entonces, huyó.

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