Sed de Venganza

Descargar <Sed de Venganza> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 4 Órdenes son órdenes

Nathan observó el Black Tide desde su asiento habitual, y aunque extraño, encontraba reconfortante el aroma a madera vieja del lugar.

Walter entró como un vendaval, apartando a un cliente de un empujón, y Nathan negó con la cabeza ante la arrogancia de su amigo.

Con una sonrisa pícara que delataba sus años como propietaria, Gloria se acercó a la mesa.

—¿Las chicas de siempre para los chicos de James?

La mención de su padre borró cualquier diversión que pudiera sentir Nathan por el nerviosismo de su amigo ante el gesto de la madura mujer.

Su mandíbula se tensó, y Gloria captó la señal, alejándose con cadencia.

Lo observó deslizar un sobre manchado de café. Nathan lo abrió y encontró las instrucciones del atentado: ubicación, fecha y puntos ciegos para evitar cámaras. Aun así, frunció el ceño.

—¿Esto es todo?

—Parece que sí. No dijeron más. —Walter se encogió de hombros.

Tras memorizar cada detalle en segundos, quemó el papel con la brasa del cigarro. Pero la ausencia de datos sobre el objetivo le inquietó.

Observó las cenizas desmoronarse en el cenicero mientras confirmaba el pronóstico del tiempo en su móvil y se lo mostraba a su amigo. Lluvia. Perfecto, pero complicado para la ejecución limpia que prefería.

—Sabes que detesto trabajar a ciegas —murmuró, estudiando el rostro de Walter.

Su amigo tamborileó los dedos sobre la mesa, evitando su mirada.

—Mierda, solo sigue las instrucciones. Con la lluvia todo saldrá a pedir de boca —Walter se pasó una mano por el rostro—. No me vengas con tonterías, ya tengo suficientes problemas.

Nathan entrecerró los ojos. Esa actitud despreocupada, en alguien que solía repasar cada variable hasta el cansancio, no era propia de él.

Finalmente, soltó un pesado suspiro.

—June está embarazada.

El vaso se detuvo a medio camino de sus labios. June era la hija bastarda del maldito Obispo Andrews.

Observó la expresión derrotada de Walter mientras encendía un cigarrillo y exhalaba el humo sin dejar de mover la pierna derecha.

—Si yo fuera tú, ya le habría entregado un buen fajo de billetes antes de que todo esto explote en tu cara. No es un ambiente para un niño, y mucho menos con alguien así.

Walter asintió a medias.

—Lo sé… lo hice —sonrió de mala gana y le mostró el pequeño corte en la mejilla—, pero ya es tarde. El viejo lo sabe.

El silencio se instaló entre ellos. Nathan contempló su vaso, el líquido ámbar reflejando las luces tenues del bar.

June era un desastre andante, una bomba de tiempo con sus arranques y su necesidad constante de desafiar a su padre. Recordó su brillo pervertido la vez que la sacaron de una pelea de perros y desde entonces, supo que Walter estaba acabado.

—Quiere que nos casemos —terminó.

Observó a su amigo hundirse más en su asiento y no pudo reprimir la carcajada.

Andrews lo destruiría en la primera semana que se diera cuenta del tipo de demonio que estaba metiendo a su casa. Walter rio también al tiempo que le daba un puñetazo en el hombro.

—Estaba por sentir lástima por ti, pero…

—No seas imbécil —Nathan se puso serio—. Sabes bien las implicaciones de esto.

En su mundo, las familias eran una debilidad que no podían permitirse. Un hijo significaba vulnerabilidad, y muerte.

Walter lo miró con una ceja levantada.

—Si fueras yo, ¿qué harías?

Nathan se encogió de hombros, dejando escapar una carcajada.

—Si se trata de June, preferiría que el obispo esparciera mis miembros en el mar —bromeó.

Las risas resonaron entre ellos, pero se desvanecieron al instante. Aunque Nathan se quedó pensativo un momento. La idea de tener una familia en este mundo oscuro parecía una locura.

Miró por la ventana. El puerto estaba en calma, pero a lo lejos se veían relámpagos que anunciaban una buena tormenta.

Si él estuviera en esa situación… casi obligado a formar algo que pudiera llamarse hogar.

Suspiró, recordando la promesa que le hizo a su madre mientras sostenía su mano ensangrentada y se miró la suya, con la misma sensación tibia y pegajosa y el olor penetrante en sus fosas nasales.

Iba a responderle a su amigo con sinceridad. Se iría sin mirar atrás, ejercería como abogado y disfrutaría de una rutina aburrida en un suburbio decente.

Abrió la boca, pero se detuvo. Solo una loca abandonaría el poder de los Kingston por una vida modesta.

Se sacudió la silueta voluptuosa de Liz de la cabeza y alzó la mano hacia Gloria señalando el trío de chicas nuevas pero antes de seguir a Walter que ya iba hacia ellas, lo pensó mejor.

La noche seguía avanzando, y su lista de pendientes también. Así que lanzó un billete bajo el vaso y dejó otro entre los senos de la mujer de ébano que venía hacia él.

—Será la próxima, dulzura —dijo, lamentando no poder quedarse.


Las llaves cayeron sobre la mesa de cristal con un tintineo metálico. Nathan aflojó su corbata mientras el silencio del ático lo envolvía y encendió su laptop.

Pasó por los informes de las irregularidades en las importaciones marítimas sin procesar del todo la información por culpa del trabajo que le envió su padre. Así que tomó su teléfono y marcó.

No quería hacer esto, pero no tenía opción. Benson era la mejor fuente para resolver sus dudas sobre cualquier persona en la ciudad.

—Kingston —respondió el policía.

—Tengo un número de placa —dijo Nathan—. ¿Puedes buscarlo?

Esperó unos minutos hasta que Benson respondió.

—Ana Fiallos. Hispana. Limpia, sin antecedentes.

El expediente de la mujer apareció en su bandeja de entrada. Estudió la foto una vez más; la recordaba del estacionamiento de los Windsor. Era la niñera de Richard Crawford.

—¿Revisaste bien?

La respiración pesada del policía resonó al otro lado de la línea.

—Sí, pero deberías preguntarle a Crawford. Tal vez se cansó de su cara, porque no veo una amenaza aquí —consejo velado incluido en la respuesta.

Terminó la llamada y contactó a su equipo de seguimiento. El informe solo confirmó sus sospechas: Llevaba una vida predecible.

Exhaló con irritación, intentando adivinar qué podría saber esa mujer sobre ese imbécil, pero entendió que su trabajo no era cuestionar órdenes, sino cumplirlas.

Si Richard Crawford la quería fuera del mapa, él se aseguraría de hacerlo.

Así era como funcionaba el mundo.


Las carpetas estaban esparcidas sobre su escritorio sin las respuestas que necesitaba. Ese cargamento no podía haberse desvanecido. El retraso ponía a su equipo bajo la lupa, y necesitaba una solución antes de que escalara a investigación federal.

Y una vez que empezaran a tirar del hilo correcto, la imagen de su familia se vería afectada.

Abrió otra carpeta mientras se frotaba las sienes. Los números de expediente bailaban frente a sus ojos hasta que un nombre captó su atención.

Lo había visto antes, en otro contexto. Sus dedos se movieron hacia la segunda carpeta, abriéndola con precisión quirúrgica.

El nombre de Regina Blackwood saltó de la página. La abogada, amante del alcalde y en algún momento suya, había metido las narices donde no debía. Esto era más que pérdida de mercancía.

Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando los contenedores apilados a lo lejos; eran solo una parte del imperio familiar.

Una sonrisa fría curvó sus labios. Esta intrusión en su territorio no quedaría impune.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo