Capítulo 6 Recen por mi alma
El padre Sebastián corrió como alma que lleva el diablo hasta el baño y, sin detenerse a tocar la puerta, entró de golpe.
—¡Ay... ay, Señor! —gimió llevándose una mano al estómago—. Creo que muy pronto iré a reunirme contigo.
Al otro lado de la puerta, la madre superiora frunció el ceño con evidente preocupación.
—¿Padre Sebastián, se encuentra bien? —preguntó, golpeando suavemente la madera.
—¡No, madre, no me encuentro nada bien! —respondió con dramatismo—. Creo que ha llegado mi hora. Llame a todas las hermanas, dígales que recen por mi alma.
La madre superiora arrugó ligeramente la nariz y negó con la cabeza mientras soltaba un suspiro.
Definitivamente, con el paso de los años, el padre Sebastián se había vuelto cada vez más dramático.
Mientras tanto, Mateo acomodó a Camila con sumo cuidado sobre la cama de sus aposentos. Permaneció unos segundos observándola en silencio mientras soltaba un suspiro casi imperceptible.
Era hermosa, demasiado hermosa.
Y, precisamente por eso, resultaba tan peligroso quedarse mirándola más de la cuenta.
Desvió la vista por un instante y se aclaró la garganta antes de inclinarse ligeramente hacia ella.
—Hermana Camila... ¿me escucha? —preguntó con voz suave mientras daba un par de leves palmadas sobre su mejilla—. Hermana Camila... abra los ojos.
Camila abrió los ojos de golpe.
Durante unos segundos permaneció completamente desorientada, hasta que los recuerdos regresaron de golpe a su cabeza.
Se incorporó tan bruscamente que estuvo a punto de volver a marearse.
—¡No... no! —exclamó con la respiración agitada.
Mateo reaccionó de inmediato y dio un paso hacia ella.
—Hermana, cálmese. Ya pasó todo.
Pero Camila negó una y otra vez mientras buscaba desesperadamente con la mirada.
—¿Y el padre Sebastián? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Dónde está?, ¿Está muerto?
Mateo arqueó una ceja y no pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios.
—No... aún no. Sigue con nosotros.
Camila soltó el aire que había estado conteniendo, aunque la preocupación seguía reflejada en su rostro.
Sin pensarlo dos veces, apartó la sábana y se puso de pie.
—Quiero verlo... por favor, padre. Quiero asegurarme de que está bien.
Mateo la observó durante unos segundos antes de dejar escapar una risa baja.
—Por supuesto.
Hizo una breve pausa y señaló discretamente hacia el pasillo.
—Pero tendrá que esperar a que salga del baño.
Camila frunció el ceño, confundida.
—¿Del baño?
Mateo asintió con total seriedad.
—Al parecer, el padre Sebastián está librando una batalla bastante intensa... y, por el momento, el baño va ganando.
Camila se sentó lentamente sobre la cama, incapaz de ocultar el nerviosismo que la consumía. Sus manos no dejaban de moverse sobre su regazo mientras intentaba recuperar la calma.
Al menos el padre Sebastián seguía con vida. Y ella... todavía no se había convertido en una asesina.
—La dejaré descansar, hermana Camila. Iré a ver cómo sigue el padre Sebastián —dijo Mateo con una leve sonrisa.
Camila asintió.
Esperó hasta que la puerta se cerró y solo entonces dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
Llevó una mano al bolsillo oculto de su hábito y sacó los pequeños frascos que escondía cuidadosamente. Los revisó uno por uno y, para su alivio, o quizá para su desgracia, el frasco con el veneno seguía allí.
Frunció el ceño.
—Entonces... ¿qué fue lo que le eché a la sopa del padre Mateo? —murmuró para sí.
Volvió a revisar cada uno de los frascos con más atención. De pronto abrió los ojos de golpe.
El único que faltaba era el purgante para caballos. Se llevó ambas manos a la cabeza y dejó escapar un largo suspiro.
Definitivamente matar al padre Mateo iba a ser mucho más difícil de lo que había imaginado. Si intentando envenenarlo casi enviaba al padre Sebastián a reunirse con San Pedro, no quería ni imaginar el desastre que provocaría si volvía a intentarlo.
Mientras tanto, Mateo caminaba por los pasillos del convento en dirección al baño. Necesitaba saber cómo seguía el padre Sebastián y, sobre todo, si estaría en condiciones de oficiar la santa misa de aquella tarde.
Al llegar encontró a la madre superiora esperando frente a la puerta.
—Madre superiora, ¿cómo sigue el padre Sebastián? —preguntó Mateo mientras se rascaba la nuca con preocupación.
La mujer negó lentamente con la cabeza.
—No creo que esté muy bien. Lleva más de media hora ahí dentro y todavía insiste en que todo esto es obra del mismísimo diablo.
Mateo volvió a rascarse la cabeza.
Definitivamente aquello sí parecía obra del demonio.
—Entonces será mejor llamar a un médico. De lo contrario, el padre Sebastián no podrá oficiar la misa.
La madre superiora abrió los ojos con sorpresa.
—¡Ay, padre Mateo! ¿Cómo se le ocurre? ¿Ya olvidó lo que pasó la semana pasada cuando le dio gripe? Apenas mencionamos la palabra "médico" y dijo que habíamos llamado a la parca. Por fortuna se recuperó antes de que pudiéramos convencerlo.
Mateo dejó escapar un suspiro.
Al menos la madre superiora comprendía que debían esperar a que el padre Sebastián mejorara.
Pero la mujer sonrió con total tranquilidad.
—Y por lo de la misa... no se preocupe.
Mateo sintió un pequeño alivio.
—Menos mal.
—Como le decía, no se preocupe por la santa misa, porque esta será su gran oportunidad.
Mateo abrió los ojos de golpe.
—¿Mi... oportunidad?
—Así es. Desde que llegó al convento aún no ha tenido la oportunidad de oficiar una misa. Estoy segura de que el Señor lo ha preparado para este momento, y esta tarde podrá demostrarlo.
La sonrisa desapareció del rostro de Mateo.
—¿Quiere decir... que yo debo celebrar la misa?
—Exactamente —respondió la madre superiora con total naturalidad—. El padre Sebastián no está en condiciones de hacerlo, así que todo queda en sus manos.
Mateo tragó saliva. Si fingir ser sacerdote ya era complicado...
Celebrar una misa sin serlo era, definitivamente, un milagro que solo Dios podía resolver.
***Bienvenidos a mi nueva historia, una historia llena de comedia, romance, drama y mentiras. No olviden recomendar, comentar y disfrutar.
