Santo por accidente

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Capítulo 3 ¿Estoy muerta?

Mateo la sostuvo con cuidado entre sus brazos. Aquella mujer acababa de desmayarse apenas al verlo.

Sus pasos se volvieron rápidos hasta detenerse frente a una de las habitaciones del convento. Empujó la puerta con el hombro y la dejó suavemente sobre la cama.

Algunos segundos después, Camila abrió los ojos con lentitud, ella miró a todos lados, completamente desorientada. Pero no reconoció el lugar.

¿Dónde demonios estaba?

Giró apenas el rostro… y ahí seguía él, y lo peor él estaba mirándola fijamente.

Camila abrió los ojos de golpe, y se sentó de inmediato.

—¿Estoy muerta?

Mateo soltó una pequeña risa antes de acercarse a ella lentamente.

—No creo que estés muerta —murmuró con diversión mientras cruzaba los brazos y sacaba ligeramente pecho—. Aunque, si lo estuvieras… definitivamente pensarías que llegaste al cielo.

Camila tosió levemente, ahora sí estaba en verdaderos problemas.

Porque si apenas podía mirarlo a los ojos sin que su cerebro dejara de funcionar… ¿Cómo demonios iba a matarlo?

—Ya despertó.

Mateo giró la cabeza al mismo tiempo que Camila.

—Sí, madre superiora —respondió él con tranquilidad—. La bella durmiente acaba de despertar.

Camila soltó una sonrisa torpe mientras intentaba incorporarse en la cama sin parecer un completo desastre.

Una mujer mayor se acercó lentamente hasta ella con una expresión amable.

—Hola, Camila. Soy sor Juana, la madre superiora.

Camila dejó escapar un suspiro mientras se ponía lentamente de pie, acomodando el hábito con evidente torpeza.

—Soy Camila… me enviaron desde… me enviaron de Roma —dijo intentando sonar tranquila.

Sor Juana sonrió con amabilidad.

—Bienvenida al Convento Santa Lucía, hija. Esperamos que pueda adaptarse rápido.

Camila soltó una pequeña risa nerviosa.

Sí, claro.

Porque fingir ser monja mientras intentaba descubrir como matar a un hombre definitivamente sonaba como algo demasiado fácil.

Mientras tanto, Mateo caminó a pasos apresurados hacia su habitación. Aprovechó que la madre superiora se quedó al pendiente de Camila, para él empezar a buscar una solución a sus problemas. 

Ya casi era mediodía y aún no había recibido ninguna noticia de Manuel, su investigador privado.

Tres semanas. 

Tres malditas semanas escondido en aquel convento… y todavía no sabía quién estaba intentando matarlo.

Entró en la habitación y tomó el teléfono de inmediato.

—Por fin Manuel —gruñó apenas la llamada fue contestada—. ¿Qué respuestas tienes para mí?

Del otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.

—Nada, señor —respondió Manuel con evidente tensión—. Por ahora no hemos avanzado mucho. Lo único que puedo decirle es que tenga cuidado.

Mateo apretó la mandíbula.

—Eso ya lo sé.

—Y hay algo más —añadió Manuel—. No podemos enviar hombres a protegerlo. Si alguien llega hasta donde usted está… descubrirán su paradero.

Mateo cerró los ojos lentamente.

—Y no solo usted estaría en peligro, señor. Su madre y su hermana también.

Las manos de Mateo se tensaron tanto que sus nudillos se volvieron blancos.

Aun así, terminó soltando un suspiro pesado. No tenía una solución, nada. Tal vez, por ahora, Mateo tenía que hacer algo.

Tal vez hablar con el hombre de arriba. Ese al que muchos llamaban Dios.

Quizá ahora sí podría ayudarlo.

Salió de su habitación y caminó directamente hacia la pequeña capilla del convento, esa donde cada mañana tocaban las campanas como si el fin del mundo estuviera a punto de llegar.

Mientras tanto, Camila sonreía nerviosamente mientras sor Juana le mostraba cada rincón del convento y le explicaba las tareas que tendría que cumplir a partir del día siguiente.

Pero entonces algo llamó completamente su atención.

Una pequeña capilla ubicada justo en medio del convento.

—Madre superiora… Me gustaría ir un momento a rezar —pidió bajando su cabeza.

Sor Juana sonrió satisfecha.

—Por supuesto, hermana. Aproveche hoy para descansar. Porque mañana empezará con todas sus obligaciones.

Camila asintió con su cabeza rápidamente antes de alejarse. Necesitaba respirar, pensar o quizás desmayarse otra vez, por qué no, definitivamente si se desmayara sería la solución a sus problemas.

Entró a la capilla y sin pensarlo demasiado, cerró la puerta detrás de ella.

Después de todo… solo necesitaba un momento a solas para intentar entender cómo demonios iba a soportar tanto tiempo ahí dentro.

Pero al otro lado de la capilla, Mateo frunció ligeramente el ceño al escuchar el sonido de la puerta cerrándose.

Seguía arrodillado en el confesionario, tratando de hablar con Dios.

—Genial —murmuró sin abrir los ojos—. Ahora me quedaré encerrado en estas cuatro paredes, ¿A quién se le ocurrió la brillante idea de cerrar la capilla?

Camila se giró lentamente y alzó la mirada hacia el enorme crucifijo que descansaba justo al frente del altar.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—¡Ahhhhhh!

El grito retumbó por toda la habitación.

Perfecto… Eso era exactamente lo que necesitaba para terminar de perder los pocos años de vida que le quedaban.

Dentro del confesionario, Mateo dio un brinco del susto al escuchar aquel alarido.

Frunció el ceño de inmediato y se puso de pie rápidamente. Pero cuando abrió la pequeña puerta de madera… se quedó completamente inmóvil.

Porque la nueva monja estaba saltando frente al altar como si acabara de ver al mismísimo demonio.

O algo peor.

Como si estuviera poseída.

Mateo terminó soltando una pequeña risa antes de negar con la cabeza y empezar a caminar lentamente hacia ella.

—Hermana… ¿está segura de que vino a rezar y no a sacar demonios? —preguntó con diversión.

Camila, que seguía completamente alterada, pegó un brinco al escucharlo tan cerca.

Ella  se giró de golpe, tan rápido que terminó chocando directamente contra Mateo. Sus manos se aferraron instintivamente a la tela de su ropa mientras levantaba la mirada lentamente, y sin querer sus labios rozaron suavemente los labios de Mateo.

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