Querido ex, ahora soy tu tía

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Capítulo 6 Capítulo: No eres una puta

El llanto de Aradia no era ya un simple desahogo; era una caída lenta y silenciosa, como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo sin posibilidad de reparación.

Sentía el pecho apretado, la respiración irregular, la mente atrapada en un solo pensamiento que no dejaba de repetirse una y otra vez, como una sentencia cruel.

Entonces llegó el golpe.

No lo vio venir.

Solo sintió el impacto seco en el rostro, seguido por un estallido de dolor que la hizo girar levemente la cabeza.

El mundo se desajustó por un segundo, como si el aire hubiera cambiado de densidad.

—¡Dices que ya no eres virgen, maldita…!

La palabra quedó suspendida en el aire, pesada, humillante.

Aradia levantó la mirada con dificultad.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no solo de tristeza; también de incredulidad.

Frente a ella ya no estaba el hombre que había conocido en los días buenos, ni el que había fingido cuidado o ternura.

Era otra cosa. Algo frío, violento, irreconocible.

Era como si una máscara perfectamente tallada hubiera caído al suelo, revelando una versión distorsionada de Blake, una versión que no contenía nada de amor, solo rabia y desprecio.

El auto se detuvo de golpe. La puerta se abrió con violencia.

Blake bajó rápidamente, la tomó del brazo sin cuidado y la empujó hacia afuera.

Aradia perdió el equilibrio y cayó al suelo, sintiendo el impacto en las palmas y la rodilla. El polvo de la calle se pegó a su piel húmeda de lágrimas.

—¡Blake! —su voz salió quebrada, más por dolor emocional que físico.

Él no la escuchaba. Su respiración era agitada, su rostro tenso, los ojos encendidos por una furia descontrolada.

—¡Eres una… una maldita puta! —escupió con rabia—. Te odio. Esto no se va a quedar así. Lo vas a pagar.

Las palabras la atravesaron más que el golpe. Aradia sintió un vacío abrirse en el estómago, como si algo dentro de ella hubiera dejado de sostenerse.

Se incorporó con dificultad. Sus manos temblaban, pero algo en su interior, una mezcla de dolor y orgullo herido, la impulsó a reaccionar.

Cuando Blake volvió a acercarse, ella levantó la mano y lo abofeteó.

El sonido fue seco, inesperado.

Por un instante, todo se detuvo.

Blake la miró con los ojos abiertos, sorprendido. El aire entre ellos se volvió denso, peligroso.

Levantó la mano como si fuera a devolver el golpe, pero en ese mismo instante su teléfono vibró con insistencia en su bolsillo.

Frunció el ceño, molesto, y lo sacó con brusquedad.

—¿Qué? —respondió con rabia contenida.

La voz al otro lado era firme, autoritaria.

—¿Por qué no estás en la última junta? O vuelves ahora o te despido.

Blake apretó la mandíbula.

—Tío, yo…

—¡Ahora! —cortó la voz sin dejar espacio a réplica.

La llamada terminó.

Blake respiró hondo, mirando a Aradia con un odio aún latente, como si ella fuera responsable de todo lo demás en su vida.

—Esto no se queda así —murmuró, acercándose apenas—. Lo vas a pagar.

Subió de nuevo al auto sin decir más. El motor rugió segundos después y el vehículo se alejó dejando atrás una nube leve de polvo y silencio.

Aradia quedó sola.

El mundo parecía demasiado grande y vacío al mismo tiempo. Se quedó de pie unos segundos, sin saber qué hacer, hasta que el dolor en el labio —ahora partido— la obligó a tocarse con cuidado. Sus dedos se tiñeron ligeramente de sangre.

El aire le ardía en la cara. Todo le dolía, pero lo peor no era físico.

Era la humillación.

Caminó sin rumbo fijo, alejándose de la calle como si cada paso la desconectara un poco más de lo ocurrido.

Sentía el cuerpo pesado, la ropa sucia, la piel sensible a todo. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no con fuerza; eran gotas lentas, agotadas.

Fue entonces cuando escuchó el sonido de otro motor.

Un auto de lujo se detuvo a su lado con una precisión casi silenciosa. El brillo del vehículo contrastaba con su estado: ella rota, él impecable.

Aradia se tensó de inmediato.

La puerta se abrió. Y lo vio.

Era Vittorio Mancini.

Su presencia era imponente incluso en silencio. No necesitaba hablar para ocupar el espacio entero. Aradia sintió una mezcla de rechazo y algo más difícil de nombrar, algo parecido a cansancio emocional.

—Aradia… —dijo él, con una voz baja, controlada.

Ella retrocedió un paso.

—Ya lo hice —respondió rápidamente, intentando sostenerse—. Terminé con Blake. Ahora… por favor, déjeme en paz.

Vittorio frunció el ceño. No era un gesto de enojo inmediato, sino algo más profundo, como si sus palabras hubieran golpeado en un lugar inesperado.

—No estás bien —dijo acercándose.

—¡No me toque! —su voz se quebró, pero aún tenía fuerza.

Él se detuvo un instante, observándola mejor. Fue entonces cuando la vio realmente: el labio roto, el pómulo ligeramente hinchado, el brillo húmedo en sus ojos, la forma en que sostenía su propio cuerpo como si intentara no desmoronarse.

La expresión de Vittorio cambió.

La calma desapareció.

—¿Quién te hizo eso? —preguntó, y su voz bajó un tono, más peligrosa que suave.

Aradia soltó una risa amarga, sin alegría.

—¿De verdad cree que no lo sabe? —lo miró directo—. Fui infiel a mi novio, él me trató como una basura… como una puta, si quiere llamarlo así. ¿Eso era lo que esperaba? ¿Que terminara así?

El silencio que siguió fue pesado.

Vittorio dio un paso más cerca. Esta vez no había indiferencia en su mirada, sino una tensión contenida, como si algo dentro de él estuviera a punto de romperse.

Con cuidado, casi con una delicadeza que contrastaba con su presencia dominante, levantó la mano y le tocó el rostro apenas.

Aradia se tensó, pero no se apartó de inmediato.

—Tú no eres eso —dijo él con firmeza—. No eres lo que te dijeron.

Ella bajó la mirada.

—¿Ah no? Entonces dígame qué soy.

Vittorio dudó solo un segundo.

—Eres una mujer que no merece esto —respondió—. Y eres mía.

Aradia reaccionó al instante, alejándose de él con un movimiento brusco.

—No —dijo con fuerza—. Terminé con su sobrino. Con usted no tengo nada. Déjeme en paz.

El aire se volvió tenso otra vez.

Vittorio la observó como si estuviera evaluando algo más allá de la situación.

Luego, sin previo aviso, se acercó y la tomó en brazos.

Aradia abrió los ojos, sorprendida.

—¿Qué hace? ¡Suélteme! —intentó moverse, pero su cuerpo estaba débil, cansado, herido.

—No vas a quedarte aquí —dijo él simplemente.

—¿A dónde me lleva?

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