Capítulo 2 Capítulo: ¿Quién es ella?
Vittorio Mancini abrió los ojos lentamente, como si emergiera de un sueño pesado y denso.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo mientras su mente se aclaraba poco a poco. Entonces, bajó la mirada.
Ahí estaba ella.
Acomodada sobre su pecho, respirando con suavidad, como si el mundo no pudiera alcanzarla en ese instante.
La joven dormía profundamente, ajena a todo lo ocurrido, ajena incluso a él.
Su cabello rubio, claro como el trigo bajo el sol, caía en suaves mechones desordenados sobre su piel pálida.
Su rostro tenía una delicadeza casi irreal, y su cuerpo, aunque no exagerado, era sensual, difícil de ignorar.
Vittorio la observó en silencio durante varios segundos, una ligera sonrisa se dibujó en sus labios.
Con cuidado, la apartó lo suficiente para levantarse sin despertarla.
Se vistió con calma, como si no hubiera prisa alguna.
Pero no lo era. Sus ojos se desviaron hacia la cama.
Las pequeñas manchas de sangre destacaban sobre las sábanas claras.
—¿Era virgen?
Hizo una llamada, y su asistente respondió.
—Señor Mancini, tenemos las grabaciones del hotel, la chica llegó sola, y sin nadie más, al parecer, esperaba a su novio, pero él nunca llegó y el vino, se lo llevó un mesero, ya estamos averiguando quien es, todo indica que, la mujer es inocente.
Mancini colgó la llamada y la miró largo rato.
Sonrió.
Se acercó a la mesa de noche y tomó su cartera. La abrió y sacó un anillo.
Luego volvió hacia la cama.
Tomó la mano de la joven y deslizó el anillo en su dedo anular. Encajó perfectamente, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Se inclinó apenas hacia ella.
—Eres mía… no escapes de mí —murmuró con voz baja
Su sonrisa se acentuó.
Y sin decir más, salió de la habitación, dejándola atrás… dormida, cubierta y completamente ajena al peso de lo que acababa de suceder.
Aradia no despertó hasta casi una hora después.
Fue la luz del sol la que terminó por sacarla del letargo.
Los rayos atravesaban la ventana sin piedad, iluminando la habitación y obligándola a abrir los ojos poco a poco.
Al principio, no entendió nada.
Parpadeó varias veces, confundida, desorientada.
Su cuerpo se sentía pesado, extraño.
Se incorporó de golpe, alarmada, mirando a su alrededor con el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Dónde…?
Su mirada cayó sobre su mano… y ahí estaba.
Un anillo.
Frunció el ceño, completamente desconcertada.
Se lo quitó de inmediato, como si quemara, observándolo con temor. Sus dedos temblaban ligeramente mientras lo guardaba, sin saber por qué, como si una parte de ella sintiera que debía conservarlo.
El miedo comenzó a instalarse en su pecho.
Se levantó de la cama con torpeza, y fue entonces cuando los recuerdos empezaron a golpearla, uno tras otro, sin piedad.
Fragmentos. Sensaciones. Confusión.
—No… no puede ser…
Su voz salió quebrada.
—¡No puede ser!
Corrió hacia el baño, llevándose una mano a la boca. Apenas llegó al lavabo cuando el malestar la venció y terminó vomitando, como si su propio cuerpo rechazara lo ocurrido.
Se sostuvo del borde, respirando con dificultad.
Luego abrió el grifo y comenzó a lavarse, una y otra vez. Su rostro, su boca… como si pudiera borrar algo que iba más allá de la piel.
Al alzar la mirada hacia el espejo, se encontró con una versión de sí misma que no reconocía. Su expresión estaba rota.
Su cuerpo… dolía.
Era un dolor profundo, incómodo, como si realmente hubiera sido arrollada por algo imposible de detener.
Sin pensarlo más, se metió en la regadera. El agua cayó sobre ella, fría al inicio, luego templada… pero nada lograba calmar el torbellino dentro de su pecho.
Y ahí, finalmente, se quebró.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control, mezclándose con el agua.
—¿Qué hice…?
Su voz se perdió entre el sonido constante de la ducha.
“Me acosté con un desconocido… ¿cómo pude…?”
El pensamiento la golpeó con dureza.
“Blake no vino… nunca vino… y ese hombre… apareció…”
Cerró los ojos con fuerza.
“¿Cómo se lo voy a decir a Blake?”
El peso de la culpa la aplastaba.
“Me siento… tan sucia…”
Se quedó ahí varios minutos, dejando que el agua corriera, como si esperara que, de alguna forma, todo desapareciera.
Pero no lo hizo. Nada desapareció.
Cuando finalmente salió, su cuerpo seguía temblando. Se vistió con movimientos automáticos.
Y se fue.
El trayecto en taxi fue silencioso.
Aradia miraba por la ventana, pero no veía realmente nada. Su mente estaba atrapada en un ciclo constante de pensamientos, recuerdos fragmentados y emociones que no sabía cómo manejar.
Cuando finalmente llegó a casa, sintió un leve alivio… que desapareció en cuanto cruzó la puerta.
Su madrastra estaba ahí.
Apenas la vio entrar, se acercó rápidamente y la sujetó de los brazos con fuerza.
—¡Aradia! —exclamó con urgencia—. Dime que lo lograste. ¿Te acostaste con Blake?
Aradia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Dime que sí —insistió la mujer—. Se hará cargo de ti… y nos dará mucho dinero.
El tono no era de preocupación.
Era de ambición. El miedo volvió a apoderarse de ella.
Sin responder, se soltó bruscamente y corrió hacia su habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Su pecho subía y bajaba con rapidez. No podía, no podía con todo eso.
Entonces, su teléfono vibró. Lo tomó con manos temblorosas.
Era un mensaje, de Blake.
“Nena, no pude ir ayer, lo siento. Ven a la fiesta en la mansión Mancini… te lo compensaré, bebé.”
El mundo pareció detenerse.
Sus ojos se abrieron lentamente, llenos de una mezcla de miedo, incredulidad y angustia.
Un frío intenso le recorrió el cuerpo. Su voz fue apenas un susurro.
—¿Cómo le voy a decir a mi novio… que me acosté con otro?
