PROHIBIDO ENAMORARME DE TI

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Capítulo 7 CAPÍTULO 6

Max entró a su casa mirándolo todo con una curiosidad que la puso más nerviosa que si la hubiera mirado a ella. Renata cerró la puerta, se recargó en ella y se cruzó de brazos, poniendo distancia a propósito.

—El reloj corre. Habla.

Max se giró, y ya no quedaba nada del hombre torpe del porche, había vuelto el otro, el seguro, aunque esta vez traía algo tenso en la mandíbula.

—Bianca y yo estamos comprometidos porque lo arreglaron mis padres, no yo. —Lo dijo sin adornos—. Es un acuerdo entre familias, un negocio con anillo. No la elegí, no la amo, y no me he acostado con ella en tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Así que lo de Miami no fue una infidelidad, no como tú lo tienes montado en la cabeza.

—Ah, qué alivio. —Renata ladeó la cabeza—. Entonces solo es un compromiso de mentiras con una mujer que te adora y que no tiene ni idea de que su prometido se revuelca con desconocidas en hoteles. Mucho mejor, felicidades.

—No le des la vuelta.

—¿Que no le dé la vuelta? —Se despegó de la puerta sin darse cuenta—. Tienes prometida, Max. Anillo, boda, familias arreglándolo todo. Me da exactamente igual si la amas o si es un contrato, yo no voy a ser la otra. Ya fui la esposa engañada una vez, no pienso cambiarme de bando.

—Tú no eres la otra. —La voz le bajó y se le endureció—. Y no te atrevas a compararme con el imbécil de tu ex.

—¿Por qué no? Los dos tienen una mujer en casa y andan cazando emociones fuera.

Eso le dolió, lo vio en cómo apretó los dientes, y por un segundo tuvo el impulso estúpido de disculparse. No lo hizo.

—Si tanto odias ese compromiso, rómpelo. —Lo soltó sin pensar, y en cuanto lo dijo se odió, porque sonó exactamente a lo que era, a un reclamo de novia celosa—. Ya, olvídalo, no me hagas caso, no es mi problema.

—Claro que es tu problema. —Max dio un paso—. Porque si rompo con Bianca mañana, la primera en preguntarse por qué serías tú. Y los dos sabemos la respuesta.

—No te des tanta importancia, chamaco.

—Entonces dime que me vaya. —Otro paso—. Dímelo en serio, mirándome a los ojos, sin que te tiemble la voz, y me largo ahora mismo y no vuelvo a molestarte en la vida. Anda, dilo.

Renata abrió la boca. No le salió absolutamente nada.

—¿Sabes qué es lo único que no me puedo sacar de la cabeza? —Max se separó de donde estaba y caminó hacia ella, despacio—. No es Bianca, no es la sociedad. Es que llevo todo el día viéndote fingir que Miami no pasó, sonreírle a mi prometida, decirme "socio" con esa carita, y me está volviendo loco. Dime que a ti no.

—A mí no.

—Mentira.

—Piensa lo que quieras. —Retrocedió, porque él seguía acercándose y el aire empezaba a espesarse—. Pero aunque fuera verdad, aunque me estuviera muriendo por dentro, no cambiaría nada. ¿Lo entiendes? No puede cambiar nada.

—¿Por Bianca? ¿Por mi madre?

—Por eso, y porque... —Se calló, con la garganta cerrada.

—¿Y porque qué?

Y ahí fue donde Renata soltó lo que llevaba todo el día tragándose, lo que le carcomía más que Bianca, más que Vero, más que Patricio.

—Porque me veo ridícula. —Se le quebró la voz de pura rabia—. ¿Tú te das cuenta de lo patética que me siento ahora mismo? Tengo cuarenta y cuatro años, Max. Cuarenta y cuatro. Y estoy aquí, en mi propia casa, temblando como una quinceañera por un chamaco de veintinueve que además es el hijo de mi mejor amiga. ¿Sabes cómo se ve eso desde afuera? La gente se reiría de mí. Yo me río de mí. La ridícula que se dejó calentar por un niño.

Max se quedó muy quieto.

—¿Terminaste?

—Te estoy hablando en serio, no es un...

—Yo también hablo en serio. —Cerró la distancia de golpe y le tomó la cara con las dos manos antes de que ella alcanzara a retroceder—. Me importa una mierda tu edad, Renata, ¿me oyes?, una mierda. En Miami no me acosté con un número, me acosté contigo. Y llevo todo el maldito día muriéndome por volver a hacerlo.

—Eres el hijo de Vero —susurró ella, como último clavo al que agarrarse.

—Lo sé.

—Me va a odiar. Voy a perderla.

—Lo sé. —Le rozó el pómulo con el pulgar, sin apartarse ni un milímetro—. Y aun así aquí sigo, ¿ves lo grave que está la cosa? Ni yo me entiendo.

Renata tenía las manos sobre su pecho para empujarlo, la orden clarísima en la cabeza. Empújalo. Dile que se largue.

No lo empujó.

Nunca supo quién cerró el último centímetro, si él o ella, solo supo que de pronto su boca estaba sobre la de Max y que fue como en Miami pero peor, porque ahora sí sabía todo lo que estaba a punto de perder.

Fue un beso con rabia, con un día entero de tensión reventando de golpe. Max la levantó por la cintura y ella le rodeó el cuello con los brazos, y las llaves cayeron al piso por segunda vez ese día, y de repente dejó de importarle todo, Bianca, la edad, el ridículo, Patricio, todo.

La espalda de Renata chocó contra la pared del recibidor. La boca de Max bajó por su cuello y ella jadeó, con los dedos enredados en su pelo, con el cuerpo entero encendiéndose igual que aquella noche.

—Esto es un error —alcanzó a murmurar, sin soltarlo.

—El mejor error de tu vida —le respondió él contra la piel—. Tú lo dijiste.

Y entonces tocaron a la puerta.

Los dos se congelaron.

Fueron tres golpes alegres, familiares, seguidos de una voz que a Renata le heló la sangre hasta el último rincón del cuerpo.

—¡Renata! ¿Estás? Vi luz. —Otro golpe—. ¡Ábranme, traje vino!

Vero.

Del otro lado de la puerta, a un metro escaso, con el coche de su hijo estacionado enfrente como una confesión firmada, estaba su mejor amiga.

Y Renata, con los labios hinchados, la blusa a medio salir y al hijo de esa mujer todavía pegado a su cuerpo, entendió que se había quedado sin una sola salida.

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