PROHIBIDO ENAMORARME DE TI

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Capítulo 6 CAPÍTULO 5

Renata se quedó mirando el mensaje hasta que la pantalla se apagó sola, y cuando la volvió a encender para releerlo ya había tomado la decisión, porque conocía a Patricio y sabía que un hombre así no amenazaba en vano.

Ignorarlo era darle permiso de apretar el gatillo.

Tecleó con los dedos todavía temblando. "Una hora, tú dices dónde. Y no te hagas ilusiones, voy a escuchar, nada más."

La respuesta llegó en segundos, con una dirección y una carita sonriente que le dieron ganas de vomitar.

El departamento de Patricio estaba en una torre nueva de Polanco, discreta por fuera y carísima por dentro, muy en su estilo, el disfraz perfecto para un hombre podrido. Le abrió él mismo, con la camisa abierta en el cuello y esa sonrisa de dueño del mundo que ella había aprendido a odiar.

—Llegaste. —La recorrió de arriba abajo sin el menor disimulo—. Sabía que vendrías.

—Guárdate el numerito. —Renata entró sin quitarse la chaqueta, sin sentarse, con la bolsa apretada contra el costado—. ¿Qué quieres?

—Directa, como siempre, me encanta eso de ti. —Se sirvió un whisky sin ofrecerle nada—. Siéntate, esto va a tomar un rato.

—Estoy bien de pie. Habla.

Patricio bebió un trago, la observó por encima del vaso y saboreó el silencio como si fuera parte del castigo.

—¿Sabes cuánto me costó levantarme después de lo que me hiciste? —La voz se le endureció—. Me dejaste sin empresa, sin nombre, con la mitad de mis amigos cambiándose de acera para no saludarme. Tres años, Renata, tres años reconstruyéndome desde el piso.

—Deberías mandarle flores a tu secretaria, ella empezó la fiesta.

—Cuidado. —Dejó el vaso con un golpe seco—. Porque ahora el que tiene algo en las manos soy yo. —Sacó el celular del bolsillo, lo giró, y en la pantalla apareció una imagen congelada que a Renata le revolvió las tripas, ella en Miami, contra la pared, con las piernas alrededor de la cintura de un hombre—. Nítido, ¿verdad? Buena cámara.

Renata no se movió, pero por dentro se le vino todo abajo, porque ese enfermo la había estado vigilando en Miami, hasta dentro de una habitación de hotel.

—Me seguiste.

—Te cuido, nunca dejé de hacerlo. —Guardó el teléfono—. Y por eso sé algo que a ti se te escapó, algo que deberías agradecerme que te diga.

—No quiero nada de ti.

—Ese desconocido con el que te revolcaste... —Ladeó la cabeza—. Lo vi pegándose a ti toda la noche, ¿sabes?, no me perdí un solo detalle. Y déjame decirte algo, un hombre no se le echa encima así a una mujer nada más porque sí. —Soltó una risa baja—. ¿En serio te creíste que fue casualidad? Por favor, tú eres más lista que eso. Ese cabrón quería algo, Renata, todos quieren algo de ti. La diferencia es que yo tengo los huevos de decirte de frente qué quiero.

Renata sintió el piso moverse por segunda vez en el mismo día, y odió que la duda le entrara tan rápido y tan fácil.

—Mientes.

—¿Miento? —Se encogió de hombros—. Piénsalo con calma. Y el día que entiendas que ningún hombre te da nada gratis, vas a saber que el único que de verdad te quiso siempre estuvo parado frente a ti.

—Estás enfermo.

—Estoy enamorado, que es casi lo mismo. —Se acercó, y Renata retrocedió hasta que la espalda topó con la puerta—. Aquí está el trato, preciosa. Vas a darnos otra oportunidad, vas a cenar conmigo, vas a dejar que te recuerde lo que fuimos. Y si te portas bien, ese video se queda entre tú y yo para siempre.

—¿Y si no?

Patricio sonrió, y fue la sonrisa más fría que ella le había visto nunca.

—Entonces ese video acaba en cada periódico, cada revista y cada cuenta de chismes del país. La intachable Renata Vega, la dueña de Amaranta, revolcándose con un desconocido en un hotel. —Chasqueó la lengua—. Adiós marca, adiós prestigio, adiós el imperio que te costó la vida entera levantar.

Renata lo miró, y en lugar del miedo que él esperaba, dejó salir a la parte de ella que ese mismo hombre había ayudado a crear.

—Escúchame bien, Patricio. —La voz le salió baja, firme, sin un solo temblor—. Ya te destruí una vez sin despeinarme, y puedo volver a hacerlo. Manda el video si quieres, arriésgate. Pero el día que lo sueltes, se acaba tu única carta, y ahí ya no vas a tener nada con qué retenerme. Piénsalo muy bien.

Le sostuvo la mirada un segundo más, giró la perilla y salió sin darle del todo la espalda, porque a las serpientes no se les da la espalda.

Solo cuando las puertas del elevador se cerraron dejó caer los hombros y soltó el aire que traía atorado en el pecho. Le temblaban las piernas, pero había aguantado.

La semilla, sin embargo, ya estaba sembrada, y por más que quería arrancarla, la voz de Patricio le repetía lo mismo en la cabeza. Ningún hombre te da nada gratis.

Subió a su coche y manejó sin música, con esa frase zumbándole todo el camino, hasta que a fuerza de repetírselo casi se convenció de que Patricio mentía, porque mentir era lo único que ese hombre sabía hacer bien.

Y entonces, al doblar hacia la entrada de su casa, los faros iluminaron una figura sentada en los escalones del porche.

Renata frenó de golpe.

Max se puso de pie despacio, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión que no tenía nada que ver con la del hombre intocable de esa mañana. Se veía incómodo, casi torpe, como si llevara un buen rato ensayando algo que no terminaba de salirle.

—Antes de que me corras. —Levantó una mano apenas ella bajó del coche—. Mi madre me dio tu dirección, no te asustes. No vine a nada raro. —Se pasó la mano por el pelo, buscó las palabras, y por segunda vez en el mismo día no las encontró a la primera—. Vine a explicarte lo de Bianca. Y lo de la sociedad. No quiero que te quedes pensando que soy un canalla.

Renata se quedó parada junto al coche, con las llaves apretadas en la mano y el corazón latiéndole por demasiadas razones a la vez, mirando al hombre prohibido plantado en su porche como un chiquillo que viene a pedir perdón.

Debía correrlo. Debía cerrarle la puerta en la cara y mandarle el correo formal por la mañana, tal como lo tenía planeado.

—Tienes cinco minutos. —Se oyó decir sin reconocer del todo su propia voz, mientras metía la llave en la cerradura—. Ni uno más.

Y al abrir la puerta de su casa para dejar entrar al hijo de su mejor amiga, con el veneno de Patricio todavía caliente y el recuerdo de Miami más caliente todavía, Renata supo que acababa de tomar la peor decisión del día.

Y llevaba un día entero tomando decisiones malísimas.

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