Capítulo 5 CAPÍTULO 4
Renata le tomó la mano a Bianca porque los años tratando con clientes insoportables le habían enseñado a sonreír mientras se moría por dentro.
—Renata Vega, mucho gusto. —Le sorprendió lo firme que le salió la voz, considerando que sentía el suelo moviéndose bajo los pies.
—Vega. —Bianca ladeó la cabeza con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Ah, ya sé quién es, la diseñadora, ¿verdad?, la que dejó a su marido en la calle. —Soltó una risita—. Es usted toda una leyenda, señora.
—Señorita. —Renata sostuvo la sonrisa sin ceder un milímetro—. Y no lo dejé en la calle, le di exactamente lo que firmó. Es distinto.
Bianca parpadeó, sin saber muy bien qué hacer con eso, y Renata sintió un placer pequeño y mezquino al ver que el primer golpe no le había salido como lo tenía ensayado.
Alcanzó a ver de reojo cómo a Max se le curvaba apenas la boca, esa media sonrisa de espectador que disfruta el espectáculo. Pero Bianca también lo vio, claro que lo vio, porque esa mujer podía ser muchas cosas menos tonta, y sus ojos saltaron de Max a Renata y de vuelta con una rapidez que a Renata no le gustó nada.
—Amor, ¿ustedes ya se conocían? —preguntó, con un tono dulce que traía filo por debajo.
Y ahí, por primera vez desde que lo había visto bajar esas escaleras, Max no contestó de inmediato.
Fue apenas un segundo, medio segundo, pero Renata lo notó porque llevaba todo el día pendiente de él sin quererlo, y vio cómo abrió la boca, la volvió a cerrar, y por un instante brevísimo su mirada buscó la de ella antes de despegarse.
—No —dijo al fin—. Nos... acabamos de conocer. Es la socia que mi madre me consiguió.
El "nos" le salió torpe, y ese tropiezo mínimo colgó en el aire lo suficiente para que Renata entendiera algo que le sirvió más que cualquier otra cosa en todo el día. Max Montero, el hombre que hasta ese momento no había fallado en una sola frase, acababa de titubear.
—Qué raro. —Bianca entrecerró los ojos—. Te quedaste mudo, y tú nunca te quedas mudo.
—Estoy cansado del vuelo. —Recuperó el tono, pero demasiado rápido, con esa prisa que delata al que se siente descubierto.
Bianca no dijo nada más, aunque no se lo tragó, y Renata supo que esa mujer se iba a acostar esa noche masticando la escena hasta el hueso.
—¿Socia? —Bianca cambió de frente, girándose hacia Vero con una sonrisa apretada—. Ay, Vero, tú y tus planes. ¿No decías que Max iba a invertir conmigo en lo de la galería?
—Eso puede esperar —zanjó Vero, restándole importancia con la mano—. Amaranta es oro puro, ya lo verás.
Renata decidió que ya había tenido más que suficiente para un solo día.
—Bueno, no quiero interrumpir. —Se colgó la bolsa del hombro con la mano buena—. Tengo que llegar al taller. Vero, gracias por todo, te llamo. Bianca, un placer.
Se giró hacia Max al final, solo porque no hacerlo habría sido más sospechoso que hacerlo, y le regaló la sonrisa más dulce y más falsa de todo su repertorio.
—Y usted, socio, debería descansar. Se le nota que hoy no trae su mejor día. —Hizo una pausa mínima, apenas lo suficiente—. Se le está viendo todo.
Fue un golpe bajo, y los dos lo supieron. Max apretó la mandíbula, abrió la boca para contestar, y por primera vez no encontró qué decir, ni una frase ingeniosa, ni una salida elegante, nada. Se quedó ahí, con la respuesta atorada en la garganta, mientras Renata daba media vuelta y caminaba hacia la puerta sintiendo, por un segundo delicioso, que por fin le había ganado la mano.
—Nos vemos en la reunión —alcanzó a decir él a su espalda, y hasta a ella le sonó a que lo decía nada más por no quedarse callado.
Renata no volteó.
Salió de esa casa como quien sale de un incendio, sin correr pero con el corazón a mil, y no soltó el aire hasta que se dejó caer en el asiento de su coche y azotó la puerta.
Se quedó ahí un momento, con las manos en el volante y la venda de la palma ya manchada de rojo, mirando la fachada de la casa de su mejor amiga como si de un segundo a otro se hubiera vuelto territorio enemigo. Y aun así, en medio de todo el desastre, una parte de ella no podía dejar de repasar la cara de Max cuando se quedó sin palabras. Le había gustado. Le había gustado demasiado.
Ordenó los hechos, porque ordenar los hechos era lo único que la mantenía cuerda. Se había acostado con un desconocido en Miami. El desconocido era el hijo de Vero. El hijo de Vero le llevaba quince años menos. El hijo de Vero tenía prometida. Y ahora, por obra y gracia de su amiga del alma, el hijo de Vero era su socio.
—Felicidades, Renata —murmuró para sí misma, con una carcajada amarga—. De todas las formas que hay de arruinarte la vida, tenías que elegir la más creativa.
Podía salirse, tenía que salirse. Inventaría un problema con los otros inversionistas, una cláusula, lo que fuera, cualquier cosa con tal de no pasar una sola tarde a solas con ese hombre y su maldita sonrisa. Sí, eso haría, un correo mañana temprano, formal y cortante, cerraba la puerta y santo remedio.
Metió la llave en el switch, y justo antes de arrancar, el celular vibró en el asiento del copiloto.
Número desconocido.
Lo levantó con el ceño fruncido, y en cuanto leyó la pantalla se le heló hasta el último hueso del cuerpo.
"Hola, preciosa. ¿Qué tal Miami? Espero que te hayas divertido, porque yo tengo cada minuto grabado.
Me pregunto cuánto pagaría la prensa por ver a la intachable Renata Vega, la dueña de Amaranta, revolcándose con un desconocido en un hotel. Sería el final de tu preciosa marca, ¿no crees?
Tenemos que hablar, y esta vez no vas a poder ignorarme.
Patricio."
Renata leyó el mensaje tres veces, y a la tercera las manos le temblaban tanto que casi suelta el teléfono.
Patricio creía que con ese video podía arrancarle lo material, la marca, el nombre, el prestigio que le costó la vida entera levantar, y tenía razón, podía. Pero el muy imbécil ni siquiera sabía lo que en realidad tenía entre las manos, porque si ese video se hacía público, Vero también iba a verlo, y su amiga no reconocería a una mujer cualquiera con un desconocido cualquiera.
Reconocería a su hijo.
Renata levantó la vista hacia la casa, donde detrás de esa puerta la única familia que le quedaba se reía en la cocina sin imaginar que la bomba ya estaba puesta debajo de la mesa. Si ese video salía a la luz, no solo perdería Amaranta, perdería a Vero.
Y el hombre al que ella había hundido tres años atrás acababa de encender la mecha.
