Capítulo 4 CAPÍTULO 3
—Me parece perfecto —repitió Max, y a Renata le dieron ganas de estrellarle la bandita en la cara.
—Pues a mí no. —Se puso de pie tan rápido que se mareó—. Vero, te lo agradezco de verdad, pero no puedo. No estoy buscando socios nuevos, tengo la agenda hasta el tope, no es buen momento para meter a nadie en la operación.
—Ay, no me vengas con eso. —Vero se levantó también, con el botiquín en la mano y cara de que no iba a ceder ni un centímetro—. Llevas meses diciéndome que necesitas capital fresco para abrir en Estados Unidos, y mi hijo mueve más dinero del que tú y yo veremos juntas en toda la vida. Es perfecto y lo sabes.
—Vero...
—Renata. —Su amiga le puso una mano en el hombro, más suave—. Confía en mí. No te estoy metiendo a un extraño, te estoy metiendo a mi hijo. Nadie va a cuidar tu empresa como alguien de mi propia sangre.
Y ahí estuvo el golpe, porque Renata no podía rebatir eso sin abrir una puerta que tenía que quedarse cerrada con candado, y Vero lo había dicho sin saber que le clavaba el cuchillo hasta el mango.
Max, que había seguido todo desde el sillón con una tranquilidad insultante, se enderezó al fin.
—Señorita Vega, entiendo su reticencia. —Lo dijo con un respeto tan fingido que solo ella alcanzó a oler el sarcasmo por debajo—. Le propongo algo, revisemos los números juntos esta semana, sin compromiso. Si no la convenzo, me hago a un lado y no vuelve a saber de mí.
Mentira, pensó Renata, tú no te haces a un lado ni aunque te empuje un tráiler.
—¿Ves? Es de lo más razonable —festejó Vero—. Solo escúchalo, es lo único que te pido.
Renata los miró a los dos, a la amiga que la quería como a una hermana y al hijo que la observaba como si ya la tuviera desnuda de nuevo, y sintió las paredes cerrándose despacio a su alrededor.
—Una reunión —cedió, entre dientes—. Una. Reviso los números y ya. No prometo nada más.
—¡Perfecto! —Vero aplaudió como si le hubieran dado un premio.
—Perfecto —repitió Max, y esta vez la sonrisa fue solo para ella.
Renata agarró su bolsa de la isla con la mano buena, porque necesitaba salir de esa casa antes de decir o hacer una estupidez.
—Me tengo que ir, tengo pendientes en el taller.
—¿Tan pronto? Si acabas de llegar. —Vero hizo un puchero—. Al menos deja que Max te acompañe a la puerta, con esa mano no vas a poder ni con el volante.
—Puedo perfectamente...
—Yo la acompaño. —Max ya estaba de pie.
No había forma de negarse sin que se viera raro, así que Renata apretó la mandíbula y caminó hacia la entrada con él pegado a la espalda, sintiendo su presencia como una mano puesta en la nuca.
En cuanto doblaron el pasillo y quedaron fuera de la vista de Vero, ella se giró de golpe.
—Ni se te ocurra. —Le clavó el dedo en el pecho—. No voy a ser tu socia, no voy a ser nada tuyo. En cuanto encuentre la forma de salirme de esto sin lastimar a tu madre, desaparezco.
Max bajó la mirada al dedo sobre su pecho, después a ella, con una calma que la desarmaba.
—¿Sabes qué es lo único que escuché de todo eso? —Se acercó un paso—. Que todavía no encuentras la forma, y que sigues aquí.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues sin quitar la mano.
Renata la retiró como si el pecho de él quemara, porque otra vez quemaba, y se odió por eso con todas sus fuerzas.
—Escúchame bien, mocoso, esto no es un juego para mí. Tengo demasiado que perder.
—Créeme que para mí tampoco. —Por un segundo, uno solo, algo serio le cruzó la cara, y luego desapareció—. Pero no voy a fingir que no eres lo mejor que me ha pasado en años solo porque a ti te dé miedo.
Renata abrió la boca para soltarle otra grosería, y no le dio tiempo.
La puerta principal se abrió sin que nadie tocara, y una voz cantarina inundó el recibidor.
—¡Amor, sorpresa! Adelanté el vuelo, no aguantaba un día más lejos de ti.
Renata se quedó congelada.
Una mujer entró como si la casa fuera suya, joven, rubia, con un vestido que costaba más que el coche de Renata, y se colgó del cuello de Max antes de que él pudiera dar un paso atrás. Lo besó en la boca, corto pero con aire de dueña, y después se giró hacia Renata con una sonrisa impecable.
—Ay, perdón, qué maleducada. —Le extendió una mano de uñas perfectas—. Bianca Ferrer. ¿Y usted es...?
Max se tensó de arriba abajo. Renata sintió cómo algo se le desplomaba en el estómago, frío y pesado, por más que se ordenó a sí misma no sentir absolutamente nada.
Fue Vero quien contestó, apareciendo por el pasillo, feliz de la vida.
—Ella es Renata, mi mejor amiga. —Y luego, con todo el cariño del mundo, sin sospechar el filo de lo que estaba diciendo, agregó—: Renata, te presento a Bianca, la prometida de Max.
Y Renata, que llevaba media hora jurándose que ese hombre no le importaba, sintió los celos treparle por la garganta como bilis.
