Capítulo 3 CAPÍTULO 2
Max mantuvo la mano tendida por encima de los vidrios y observó cómo la mujer frente a él intentaba, sin lograrlo, recomponer la cara.
La reconoció desde que bajó las escaleras, porque esa cara no se olvidaba ni aunque uno se esforzara, y él se había esforzado durante todo el vuelo de regreso. La del hotel de Miami. La diseñadora del stand que no se vaciaba, la que le contestó con esa lengua filosa antes de contestarle con el cuerpo. Y ahora estaba parada en la sala de su madre, blanca como el papel, con los pedazos de una taza a los pies.
—Renata, ¿segura que estás bien? —Vero se agachó a recoger los vidrios más grandes, sin enterarse de nada—. Amor, no te quedes ahí parado. Miren, por fin los presento, ella es Renata, mi mejor amiga, la que te he presumido toda la vida. Renata, él es mi hijo, Maximiliano.
Y ahí fue donde a Max se le cayó el piso, aunque no movió ni un músculo de la cara.
De todas las mujeres del planeta, de todos los hoteles y todas las ferias, se había ido a acostar con la única intocable, con la mejor amiga de su madre, con la mujer que Vero cuidaba como si fuera de cristal. Por dentro soltó una carcajada seca. El destino tenía un sentido del humor de mierda.
Pero Max no era de los que se quiebran en público, así que sostuvo la sonrisa y dejó la mano ahí, esperando, porque una parte suya, la más cabrona, se moría por ver qué haría ella.
—Un placer, señorita Vega —repitió, cargando el apellido apenas lo suficiente para que solo ella lo captara.
Renata le tomó la mano porque no le quedó de otra, y el contacto le mandó una corriente por el brazo que odió con toda el alma.
—Igualmente —logró decir, con la garganta tan seca que la voz casi no le salió.
La palma de él estaba tibia y firme, y ella la soltó como si quemara, porque quemaba, porque era la misma mano que un día antes le había recorrido el cuerpo entero. Le sudaban los dedos, le temblaban las piernas, y el corazón le retumbaba tan fuerte que juró que Vero iba a escucharlo desde el piso.
Esto no está pasando, se repetía, agáchate, recoge, disimula, haz algo con las manos antes de que se te note en la cara que quieres salir corriendo.
Se puso en cuclillas junto a Vero y empezó a juntar los pedazos sin pensar, solo por tener las manos ocupadas, y claro que lo hizo mal, porque un filo le abrió la palma de un tajo limpio.
—¡Ay! —Se le escapó, y la sangre brotó al instante.
—¡Renata! —Vero le agarró la muñeca—. Dios, qué torpe, no te muevas, voy por el botiquín, ¡no toques nada!
Y salió corriendo hacia el pasillo, dejándolos solos.
El silencio se volvió espeso de golpe.
Max se agachó frente a ella, le tomó la mano herida antes de que pudiera apartarla y le presionó la palma con un pañuelo que sacó del bolsillo, todo con una calma que a Renata la sacó de quicio.
—Suéltame —siseó.
—Estás sangrando.
—Dije que me sueltes. —Le clavó los ojos—. Y deja de fingir, sé perfectamente que me reconociste.
Él levantó la mirada despacio, y esa media sonrisa, la misma de Miami, le volvió a aparecer en la boca.
—Claro que te reconocí. —Su voz era apenas un murmullo, íntimo y peligroso—. Es difícil olvidar a alguien que gritaba mi nombre hace menos de veinticuatro horas.
A Renata se le encendió la cara de golpe, entre la rabia y algo más que se negó a nombrar.
—Cierra la boca. —Miró hacia el pasillo, aterrada—. Esto no pasó, ¿me oyes?, no pasó nunca. Eres el hijo de mi mejor amiga, tienes... —Se detuvo, con la cifra atravesada en la garganta—. ¿Cuántos años tienes siquiera?
—Veintinueve. —Ni se inmutó—. ¿Importa?
—Te llevo quince años, Maximiliano. Quince. —Arrastró el número como si fuera un insulto—. Y tu madre es mi mejor amiga, prácticamente eres mi sobrino, así que sí, importa muchísimo.
—No me miraste como a un sobrino en Miami. —Le apretó apenas los dedos por encima del pañuelo—. Y no me estás mirando así ahora.
Renata apretó la mandíbula hasta que le dolió. Quería abofetearlo, quería taparle la boca, quería que la tierra se abriera y se la tragara con todo y su estúpida cara perfecta.
—Escúchame bien, mocoso. —Le habló muy despacio, arrastrando cada palabra—. Lo de Miami fue un error, el peor de mi vida, y no se va a repetir. Vas a olvidar mi nombre, vas a fingir que me acabas de conocer, y por el bien de tu madre te vas a mantener lejos de mí. ¿Quedó claro?
Max la miró un segundo largo, sin soltarle la mano, y cuando habló ya no quedaba burla en su voz, solo esa seguridad que a ella le ponía los pelos de punta.
—Puedo fingir delante de ella todo lo que quieras. —Bajó todavía más el tono—. Pero que te quede claro a ti una cosa, Renata. Yo no olvido, y no pienso mantenerme lejos. Ni un poco.
Renata abrió la boca para contestar, pero los pasos de Vero regresaron por el pasillo y tuvo que tragarse la respuesta entera.
—¡Ya está, ya está! —Vero entró con el botiquín, se arrodilló y le tomó la mano—. A ver, déjame ver ese tajo, no es profundo, gracias a Dios. —Le limpió la herida con velocidad de madre veterana, y mientras lo hacía sonreía sola—. No saben el gusto que me da esto, mis dos personas favoritas en el mundo por fin en la misma habitación.
Max se levantó tranquilo y se recargó en el respaldo del sillón.
—El gusto es mío, mamá.
—¿Verdad que sí? —Vero le puso una bandita en la palma y le dio una palmadita cariñosa—. Y qué bueno que se rompió la taza, así rompieron el hielo, porque tengo una idea buenísima y no les acepto un no a ninguno de los dos.
Renata sintió el estómago cerrársele.
—¿Qué idea?
Vero los miró a los dos, radiante, con las manos juntas como niña en Navidad.
—Max anda buscando en qué invertir aquí en México. —Se giró hacia Renata—. Y tú necesitas capital para llevar Amaranta al siguiente nivel, me lo llevas diciendo desde hace meses. —Sonrió de oreja a oreja—. Así que ya está, ni una palabra más. Mi hijo y mi mejor amiga, socios. Van a trabajar juntos.
El silencio que siguió fue tan denso que Renata escuchó su propio pulso en los oídos.
Y Max, el muy desgraciado, sonrió.
—Me parece perfecto.
