Capítulo 2 CAPÍTULO 1
El avión tocó tierra en la Ciudad de México pasadas las once de la mañana, y Renata bajó todavía con la sonrisa boba que llevaba horas sin poder quitarse, cosa que le fastidiaba porque ella no era de andar sonriéndole sola a la ventanilla como quinceañera.
Encendió el celular apenas pisó la sala de llegadas y le brincaron seis mensajes de Vero, cada uno más insistente que el anterior, "¿ya aterrizaste?", "avísame", "vente para acá directo del aeropuerto", "tengo una sorpresa", "no acepto un no", y el último, "te juro que si te vas a tu casa a encerrarte, voy por ti". Renata resopló una risa y negó con la cabeza, porque así era Vero, incapaz de esperar cinco minutos por nada.
Le marcó desde el taxi.
—¿Aterrizaste? —contestó Vero al primer tono.
—Buenos días a ti también.
—Nada de buenos días, ¿vienes o vienes? Llevo días esperándote.
—Voy para allá, pero solo un rato, vengo muerta —mintió, porque de muerta no tenía nada, se sentía más viva que en los últimos tres años—. ¿Cuál es la famosa sorpresa?
—Si te la digo ya no es sorpresa, Renata, por Dios, ¿en qué mundo vives?
Colgó sin dejarla responder, muy en su estilo, y Renata guardó el celular mordiéndose los labios para no volver a sonreír, porque Miami todavía le daba vueltas en la cabeza, o más bien un pedazo muy concreto de Miami, uno alto, insolente y quince años más joven que ella, con el que se había portado como una adolescente sin freno.
Renata Vega, la que tenía todo bajo control, la intocable, cogiéndose a un desconocido sin apellido en un hotel y tomando el vuelo a la mañana siguiente sin dejar ni el número. Bien hecho, se dijo, sin una gota de arrepentimiento.
La casa de Vero seguía siendo esa mezcla de museo y desmadre organizado que tanto le gustaba, y su amiga le abrió la puerta antes de que tocara, la jaló hacia adentro y la abrazó tan fuerte que le sacó el aire.
—A ver, déjame verte. —Vero la tomó de los hombros y la revisó de arriba abajo, entrecerrando los ojos—. Es increíble. Cuarenta y cuatro años, recién bajada de un avión y de una feria de una semana, y te ves mejor que yo el día de mi boda. Te odio un poquito.
—El secreto es no tener hijos que te chupen el alma —soltó Renata, dejándose caer en un banco de la isla.
—Ay, no empieces con eso justo hoy. —Vero sonrió con algo raro, una emoción contenida que Renata no supo leer—. Te preparé café.
Renata aceptó la taza y notó que su amiga se movía distinta, más acelerada, con las manos inquietas de quien trae algo grande entre ceja y ceja.
—Bueno, ¿me vas a decir la sorpresa o me vas a tener con el Jesús en la boca?
—Ya, ya, pero primero tú. —Vero apoyó los codos en la isla, con esa cara de fiscal que ponía cuando olía sangre—. Regresaste rara, estás brillando. ¿Qué hiciste en Miami?
Renata sintió el estómago apretarse y se llevó la taza a la boca para ganar tiempo.
—Trabajar. Amaranta arrasó, cerré tres tratos grandes y me traje una lista de compradores.
—Ajá, ¿y qué más?
—Nada más.
—Renata Vega, te conozco demasiado bien, a mí no me vengas con esa carita de mustia. —Vero la señaló con el dedo—. Conociste a alguien.
Por un segundo, uno solo, Renata estuvo a punto de contárselo todo, porque se moría por presumirle a alguien la mejor noche de su vida, pero algo la frenó, un instinto viejo que había aprendido a no ignorar.
—Conocí a muchos "alguien", soy diseñadora en una feria internacional, me la paso dando la mano.
—Eres imposible. —Vero se rindió con un gesto, aunque no le creyó ni tantito—. Da igual, porque mi sorpresa es mejor que cualquier romance tuyo, te lo firmo.
Se enderezó, y se le iluminó la cara de una forma que Renata solo le había visto cuando hablaba de una persona en el mundo.
—Está aquí. Por fin lo convencí de venirse a México y quedarse una temporada, ya sabes cómo es, vive metido en aviones cerrando negocios de un lado a otro, nunca lo pesco.
—Tu hijo el fantasma —dijo Renata, sonriendo.
—Mi hijo el inversionista, respeta. —Vero le dio un golpecito en el brazo—. Lleva años pidiéndome conocerte, le hablo tanto de ti que creo que ya te quiere sin haberte visto siquiera.
La palabra inversionista le rozó algo por dentro, una incomodidad mínima y tonta que Renata descartó al instante, porque había miles de inversionistas en el planeta y no iba a arruinarse el humor imaginando estupideces.
—Muero por conocerlo, en serio —dijo, y lo decía de verdad, porque el hijo de Vero era prácticamente su sobrino aunque jamás hubieran coincidido.
—Pues ya no vas a esperar. —Vero giró hacia la escalera, triunfal—. ¡Amor! ¡Baja, quiero presentarte a alguien!
Renata escuchó unos pasos en el piso de arriba, firmes, sin prisa, y por una razón que no supo explicarse se le tensó la mandíbula. Se levantó con la taza en la mano y se volvió hacia el arco que daba a la sala justo cuando una silueta empezó a bajar las escaleras.
Alto. Ancho de hombros. Esa manera de moverse como si el suelo le perteneciera.
Se le heló la sangre antes de verle la cara.
No, no, no, es una coincidencia, hay miles de hombres altos, cállate, se ordenó, mientras el corazón le golpeaba el pecho como si quisiera salírsele por la garganta.
El hombre terminó de bajar, levantó la mirada, y el mundo entero se le vino encima.
Era él. El mismo de Miami, el desconocido sin apellido, el inversionista con el que se había revolcado apenas la noche anterior.
La taza se le resbaló de los dedos y estalló en pedazos contra el piso, pero Renata ni la escuchó, porque toda ella estaba clavada en esos ojos que la habían desnudado completa en un hotel al otro lado del continente.
—¡Renata! ¿Estás bien? —Vero corrió hacia el desastre de vidrios.
Él no se movió. Él se quedó justo donde estaba, tranquilo, con una calma que a ella le revolvió las tripas, y esbozó media sonrisa mientras le tendía la mano por encima de los cristales rotos.
—Un placer —dijo, con esa voz grave que Renata conocía demasiado bien—. ¿Nos conocemos de algún lado? Su cara me suena muchísimo.
