PROHIBIDO ENAMORARME DE TI

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Capítulo 1 PRÓLOGO

Renata Vega siempre creyó que tenía la vida resuelta, y esa fue su primera pendejada.

Tenía a Amaranta, la marca que levantó con las uñas hasta que sus piezas se subastaban en tres continentes, y tenía un marido guapo, rico y encantador que le juraba amor cada mañana mientras se cogía a su asistente sobre el escritorio de caoba que ella misma había mandado tallar.

Se enteró el día que quiso darle una sorpresa.

Patricio cumplía años y le había pedido una sola cosa, nada de fiestas ni regalos caros, solo su atención completa, porque para él —lo dijo con esa voz de comercial de perfume— ella era el único regalo que necesitaba. Qué hijo de puta tan poético.

Ella andaba en Guadalajara montando un stand, pero la inauguración se adelantó y tomó el primer vuelo de regreso con la cabeza llena de ideas para consentirlo. Subió las escaleras de dos en dos, y desde el pasillo, antes de llegar a su propia recámara, escuchó los gemidos.

—Sí, Patricio, así, más fuerte, no pares...

No abrió la puerta. Se le cerró la garganta y se le heló el estómago, y por un segundo pensó en entrar a gritar, a romper cosas, a rebajarse al nivel de esos dos animales. Pero Renata no hacía escándalos.

Renata grabó.

Con el pulso frío sacó el celular y lo registró todo, foto, video, audio, las pruebas suficientes para dejarlo en la calle sin despeinarse, mientras por dentro algo se partía en silencio y otra cosa mucho más fría empezaba a despertar.

Bajó las escaleras igual de callada que subió, salió a la calle, y no se quebró hasta llegar al coche, donde por fin se dobló sobre el volante y soltó la rabia, la humillación y unas ganas nuevas de verlo arrastrarse. Después se limpió la cara con el dorso de la mano y marcó al único número que le importaba.

—Vero, necesito verte hoy. Trae el contrato prenupcial.

Su mejor amiga y abogada llegó a su casa en menos de una hora, vio el video completo sin pestañear, y al final sonrió con esa maldad que a Renata siempre le había fascinado.

—Con esto lo destruyes, nena. La cláusula es clarísima, infidelidad comprobada y lo pierde todo. La firmó por arrogante, por confiado.

—Qué idiota —murmuró Renata.

—Desde hoy te quedas con la empresa, con la casa y hasta con el perro que ni te cae bien. Vas a ser todavía más rica de lo que ya eres.

Pero a Renata el dinero le valía madres, ya era rica, y no era eso lo que le hervía en el pecho.

—Más que eso, Vero. Quiero que se arrastre, que me suplique, que sienta exactamente lo mismo que sentí yo, el vacío de perderlo todo creyendo que todavía lo tiene.

Y lo consiguió.

Patricio firmó el divorcio con las manos temblando y una demanda encima que lo dejó sin empresa, sin apellido que presumir y sin la bola de amigos que antes le festejaban los chistes. Renata no fue a verlo caer, no le hacía falta, le bastaba con imaginarlo.

Después se encerró en el trabajo y se reconstruyó de adentro hacia afuera. Metió toda su furia en Amaranta, abrió mercados, viajó, y por primera vez en años trabajó para ella y no para sostener el ego de un hombre. Tuvo otras noches y otros cuerpos, ninguno le tocó nada importante, y así le gustaba, deseada por muchos e imposible de alcanzar para todos.

Hasta Miami.

Amaranta era la sensación de la feria internacional de diseño, su stand no se vaciaba en todo el día, y Renata cerraba tratos con la seguridad de quien ya no le teme a nada ni a nadie. Entonces él apareció, más joven que ella, alto, con una seguridad que rozaba lo insolente, y la miró como si el resto del salón fuera puro cartón pintado.

—Sus piezas son lo único honesto que hay en toda esta feria —dijo, sin molestarse en presentarse—. Lo demás es humo con el precio inflado.

A Renata se le escapó media sonrisa antes de poder morderla.

—¿Y usted es el experto que anda decidiendo qué es honesto y qué no?

—Soy alguien que invierte en talento de verdad, y usted es lo más interesante que he visto en mucho tiempo, señora Vega.

—Señorita —corrigió ella, y él sonrió como si le hubiera dado justo lo que andaba buscando.

Le dio un nombre y una sola palabra, inversionista, nada más, ni apellido ni tarjeta, y Renata, que llevaba años blindada contra este tipo de estupideces, sintió el estómago apretarse de una forma que no reconocía y que le molestó todavía más porque no supo apagarla.

Coincidieron en el mismo hotel, se cruzaron en el bar más de una vez a lo largo de esos días, siempre con una frase filosa de por medio, siempre midiéndose. Y la última noche de la feria, con dos copas de más, la música baja y la guardia por fin en el piso, Renata hizo algo que no hacía jamás, dejarse llevar.

Fue la mejor noche de su puta vida, y ni siquiera le preguntó el apellido.

A la mañana siguiente tomó su vuelo de regreso a la Ciudad de México ligera, satisfecha, sonriendo sola como una adolescente y convencida de que ese desconocido guapo se iba a quedar donde debía quedarse, en un buen recuerdo que no volvería a tocar su vida.

Lo que Renata no sabía, mientras apagaba el celular para dormir en el avión, era que el inversionista sin apellido con el que acababa de acostarse tenía madre.

Y que su madre la estaba esperando en México, feliz, muriéndose por presentarle por fin, después de tantos años, a su adorado hijo.

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