Capítulo 7 Familia
Mi coche está estacionado de forma segura en su lugar al día siguiente, como si no hubiera pasado nada. Como si mi mundo no se hubiera puesto de cabeza por completo.
Voy al teatro para mi última función en esta ciudad. Bailo con el alma, sabiendo que mi familia me está viendo.
—¡Mi bebé, estuviste perfecta! —Mi madre me abraza después de la función, haciendo que el latido en mi tobillo sea más llevadero.
Casi nunca veo a mi familia durante una temporada. Todo se trata de descansar entre funciones para estar impecable.
—¡Te extrañé tanto! —me estampa un beso ruidoso en la mejilla.
—Yo te extrañé más —la abrazo más fuerte antes de ir a los brazos de mi padre.
—Estuviste genial, mi niña —me levanta con sus brazos fuertes como siempre, como si yo todavía fuera una niña pequeña, y me encanta. Siempre me ha consentido y me ha atesorado.
Mis padres son guapísimos, y los han apodado los David y Victoria Beckham de Estados Unidos porque mi papá solía ser el mariscal de campo favorito del país, y mi mamá es una magnate de la moda.
Saqué mi belleza de ella. A mi padre le gusta bromear con que lo único que heredé de él fue su capacidad atlética.
Recibo abrazos y felicitaciones del resto de mi familia. Mis protectores son mis primos: son trillizos y ridículamente famosos por mérito propio, haciendo que las mujeres se les deshagan por dondequiera que van, pero los tres están felizmente casados. Yo los idolatraba cuando era niña. Quiero lo que ellos tienen. El éxito, los felices para siempre. Por alguna razón, siempre pensé que yo tendría eso con Ben, que está aquí y parece estar discutiendo con su hermano.
¿Qué demonios hace su hermano aquí?
Miguel Cargill es una espina en la vida tanto de Benedict como de Caroline. Es el recordatorio constante de que su familia está muy lejos de ser perfecta: Miguel es el hijo ilegítimo de Benedict Cargill padre, y su madre es una inmigrante de Colombia. Es la mancha en su mundo blanco.
Curiosamente, Miguel y Ben se parecen de forma inquietante: los dos rubios y de ojos azules; jamás dirías que no vienen de la misma madre.
Miguel es tres años mayor, y recuerdo cómo las chicas se volvían completamente locas por él en la preparatoria cuando yo iba en mi primer año y él estaba en el último. El atractivo es evidente: en esa época era la estrella del equipo de natación, y aun ahora su físico es imponente y está deliciosamente vestido con un traje negro a la medida.
—Miguel sí que se ve bien —Amelia, una de las esposas de los trillizos, me guiña un ojo con picardía—. ¿Alguna vez pensaste en cambiar de hermano?
—¿Qué? ¡No! —siento el calor subiéndome por el cuello.
Ella suelta una risita.
—Es broma, sé que tú y Ben son el destino final.
La culpa me araña el subconsciente, y mi coño se contrae deliciosamente al recordar esos dedos enguantados empujándose dentro de mí. He estado masturbándome como una maldita adolescente, intentando replicar esa sensación, pero no creo que nada pueda hacerle justicia.
En términos simples, estoy jodida, y ver a mi guapísimo novio aquí apoyándome me convierte en una mala persona. Alguien que jamás pensé que sería.
—Escucha —la voz de Amelia se pone seria, y vuelvo a enfocarme en ella—. Te vi estremecerte durante la función esta noche. ¿Qué pasa?
Y yo que pensaba que estaba siendo discreta; debí haber sabido que no voy a poder esconderme de gente que, además, son malditos médicos y atletas profesionales.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? —Su voz baja un tono para que nadie pueda oírnos—. Solo llámame mañana o pasado, lo que sea, déjame ayudarte. Y no se lo diré a nadie, confidencialidad médico-paciente, ¿recuerdas?
La idea de que pudiera haber algo realmente grave en mi tobillo da demasiado miedo como para siquiera pensarla. Pero Amelia tiene razón: no puedo exactamente huir del hecho de que algo está mal, y ella es la mejor persona para revisarlo.
El miedo sigue instalado en mi pecho. He visto carreras de primeras bailarinas destruidas por lesiones en el pie y el tobillo. No quiero ser la siguiente. Todavía no estoy lista para colgar las puntas.
Me disculpo con mi familia antes de dirigirme hacia los dos hombres Cargill. Estamos en una sala llena de gente influyente, y sé que a Ben no le gusta atraer atención negativa.
Me fastidia que ya esté pensando como una esposa obediente.
Deslizo mi brazo alrededor de la cintura de Ben y me pongo de puntillas para besarle la mejilla.
Nunca dejo de asombrarme de la forma en que me mira. A veces me saca de quicio, pero me mira como si yo hubiera colgado la luna. ¿Cómo podría hacerle daño?
Lo decido ahí mismo. Nada más de Black. Nada más de buscar problemas solo por una emoción retorcida. Ben merece algo mejor que eso.
—Hola, preciosa. —Atrapa mis labios con los suyos. Se siente familiar y seguro—. No te he visto en siglos.
Sonrío.
—Me estás viendo ahora. Puedo sacarte un rato.
Él suelta una risita y me besa otra vez.
—Madison.
Me enderezo cuando mis ojos se encuentran con los serios de Miguel.
—Miguel, qué gusto verte. —Sonrío con educación y tomo la mano que me ofrece.
Podrán parecerse, pero mientras Ben tiene una complexión elegante, de alguien que pasa el tiempo justo en el gimnasio para mantenerse en forma, Miguel es todo líneas duras y más alto que su hermano menor, con un cuerpo imponente. El hombre es absolutamente guapísimo, pero sus ojos azul brillante siempre están serios y, sinceramente, nunca lo he visto sonreír.
—Estuviste brillante. —Asiente con severidad, y sus ojos se desvían un instante hacia el lugar donde estoy unida a Ben—. Si me disculpas, tengo que prepararme para salir hacia California por la mañana.
Se da la vuelta, dejándome un poco confundida. En todo el tiempo que he estado con Ben, su hermano nunca había ido a uno de mis ballets.
—Eso fue… extraño. —Me giro entre los brazos de Ben y lo beso otra vez.
—Está siendo un dolor de cabeza, como siempre. —Hay dolor en los ojos azules, tan parecidos, de mi novio—. Acaba de aprobar el maldito examen de abogacía del estado.
—Ah, no sabía que estudiara Derecho. —Frunzo el ceño.
Ben es abogado y trabaja en el prestigioso despacho de su familia. Siempre tuvo planes de, algún día, estar en la cima de ese bufete. Que yo sepa, Miguel nunca había mostrado interés alguno por el Derecho.
—Porque quiere todo lo que yo tengo. —Ben irradia tensión por todo el cuerpo—. Amor, tengo que irme, tengo que ir a ver a mi padre.
—Pero es que no te he visto de verdad en como dos semanas —le recuerdo.
En sus ojos brilla el remordimiento.
—Lo sé. Te lo compensaré, te lo prometo.
Se va después de un beso rápido en los labios, dejándome con pensamientos sobre nuestro futuro juntos.
¿Así será?
¿Me caso con Benedict Cargill y me quedo esperándolo como la ama de casa solitaria que es su madre?
Eso no se siente nada tentador.
