Poseída por el SEAL de la Marina

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Capítulo 4 Responsabilidad

Me está siguiendo.

Debería avisarle a mi padre. Debería llamar a T. J., que es el jefe de seguridad de mi familia.

Ni siquiera sé cómo es que, para empezar, me las arreglo para andar sin la mínima seguridad. Logré convencer a mi familia de que no necesito un guardaespaldas pegado a mí a todas partes, y no lo necesito, en mi opinión. Manejo a todos lados a donde tengo que ir, aunque a veces eso signifique quedarme atrapada en el tráfico. Lo que pasó en aquella calle lateral fue algo aislado.

Y ahora lo estoy pagando.

Sé que es él en la motocicleta negra y elegante que va detrás de mí todas las noches después de que termino en el teatro. Sé que es él acelerando y alejándose en cuanto entro con el coche al garaje.

Sabe dónde vivo. Me tocó de manera inapropiada. Debería tener miedo. Debería ir corriendo a la policía.

Y, sin embargo, no hago nada de eso.

Porque por primera vez en mi vida dejo que la emoción de lo desconocido me sobrepase.

Siempre he seguido las reglas. He sido perfecta toda mi vida. Tan perfecta que asfixia.

Ahora puedo ser otra persona.

Alguien a quien siguen, probablemente acechan, un asesino.

No soy perfecta.

Mi piel cremosa está manchada, marcada por el tacto de un hombre cuya identidad ni siquiera conozco.

Y ni siquiera me siento culpable por ello.

Ni siquiera cuando entro al bistró de lujo para el brunch y reunirme con la madre de mi novio.

—¡Madison! —Se levanta cuando el maître me conduce hasta su mesa. Dejo que me dé un beso falso en las mejillas y me abrace apenas—. Ay, siempre te ves tan hermosa, incluso sin maquillaje.

No sé si eso es una pulla o un cumplido, porque en el mundo de Caroline Cargill una mujer siempre debe verse impecable.

—Voy directo al teatro después del brunch, y ya sabes cómo me cubren la cara de maquillaje, así que estoy dejando que mi piel respire. —Le devuelvo una sonrisa igual de falsa.

¿Cómo no me harté de toda esta mierda antes? ¿Por qué acepté siquiera verme con ella para el brunch?

—¡Trabajas tanto! —Me palmea la mano con suavidad—. Espero que no te moleste, pedí tu ensalada habitual de pollo a la parrilla, sin crutones.

Mantengo la sonrisa en la cara, aunque me dan ganas de sacarle la lengua como una niña de primaria. En realidad habría pedido algo con un poco más de energía, porque voy a estar bailando durante horas.

El caso es que no encajo con la imagen Cargill. Mi familia podrá ser rica, pero nos consideran nuevos ricos, y si el padre de Ben no necesitara el dinero de mi tío para sus campañas, jamás me habrían aceptado en esta sociedad.

—Benedict me dijo que has estado tan ocupada que casi no tienes tiempo para él. —Caroline da un sorbo a su mimosa, que sé que tiene más champán que jugo de naranja. Yo también me emborracharía si tuviera que aparentar todo el tiempo que tengo un palo metido en el trasero.

—Bueno, tanto Ben como yo estamos concentrados en nuestras carreras ahora, así que eso es un hecho—. Acepto con gratitud el vaso de agua que el mesero deja frente a mí. —Además, la temporada del espectáculo termina en dos días; entonces tendré más tiempo.

—¿Mencionó algo sobre tu tobillo?

Se me encienden las orejas al oír las palabras salir de su boca. ¡Maldito Benedict! Lo quiero, de verdad, pero a veces le suelta información a su maldita madre que yo no quiero que ella sepa. Hace que ya no me den ganas de confiar en él.

Hace que el recuerdo de él y yo, siendo unos malditos adolescentes, perdidamente enamorados, se vuelva borroso.

Porque ¿dónde está ese tipo?

El que me cargaba si me quejaba de que me dolían los dedos por unas puntas nuevas. El que me decía que admiraba mi ambición. Porque ahora mismo se ve como un cobarde, y me resulta muy poco atractivo.

—Mi tobillo está bien—. La mentira sale con facilidad. No voy a permitir que esta mujer me vea sudar, jamás.

Me vuelve a palmear la mano como si yo fuera su maldito perro.

—Solo está preocupado por ti, y está tan ocupado que quizá sientas que te está descuidando.

Retiro la mano despacio de debajo de la suya.

—Bueno, no lo siento así, porque yo tengo mi propia carrera.

Mis palabras provocan la reacción deseada, porque su máscara se resbala apenas un instante, antes de recomponerse.

Mujeres como Caroline Cargill han construido su vida alrededor de las carreras de sus maridos y de sus hijos. Les preocupa más el éxito de un apellido que ellas mismas, proyectando una imagen de clase y elegancia.

Pero no es difícil ver lo que hay debajo de los malditos diamantes y las perlas. Son carroñeras como el resto de la población humana, y que me condenen si permito que esta mujer me convierta en una copia al carbón de ella.

—Benedict está muy estresado en este momento—. Da un sorbo desmedido a su bebida, nada propio de una dama. —Como su novia, se espera que estés a su lado. Sabes que está hablando de casarse, ¿verdad?

Todo el mundo está hablando de matrimonio ahora mismo: sus padres y los míos. Junto con el maldito público, esperando algún tipo de anuncio de que nos vamos a casar. Algunos tabloides ya han especulado que será la boda del siglo.

¿En qué me he metido?

¿Me veo casándome con Ben?

La respuesta simple es sí.

Porque todavía lo veo como ese chico de la escuela que me dijo que soy la chica más hermosa que había visto cuando un bailarín comentó sobre la forma de mi cuerpo. Es el mismo chico que se enfrentó con valentía no solo a mi padre, sino también a mi tío y a mis primos. Incluso cuando mis primos le advirtieron que se mantuviera bien lejos de mí o le romperían los brazos, él se presentó todos y cada uno de los días hasta que cedieron.

Pero cuando miro el cabello perfectamente peinado de su madre y su blusa y falda de diseñador, me doy cuenta de que quizá yo ya no sea la misma chica.

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