Capítulo 7 Seis
En la sala de estar, dos personas están hundidas en una lucha cuerpo a cuerpo, uno de ellos es el de la mordaza; alto y esbelto. El otro es fornido y va ganando la pelea. Me acerco mientras grito que paren, que no es momento de pelear. Trato de separarlos, pero son reacios a escucharme. Entonces llega la chica y también trata de separarlos. Ambas gritamos, pero somos ignoradas épicamente.
—YA PAREN
El grito de la chica fue precedido por un silbido de albañil que nos toma por sorpresa a los tres, hasta los chicos detienen la pelea.
—Este pinche loco me atacó.
—Hay muertos en la sala, idiota —sisea el chico robusto, tiene rasgos asiáticos—. Pensé que eras el asesino.
¿Los de la sala también están muertos? Oh, no, por favor, no. Quiero vomitar otra vez, siento un mareo y me sostengo de una pared cercana. Creo que es el momento perfecto para decir que hay otros dos en la cocina.
—¿¡Hay más!? —la chica grita—. ¿Quién los mató? Ay, no. Esto es...
Otra vez entra en pánico, pero esta vez es más sencillo calmarla.
—¿Cómo te llamas?
—Dalia —dice en un murmullo—. Me puedes decir Dali.
—¿Esta es una puta reunión de asesinos anónimos y hay que presentarse? —dice el de la mordaza, molesto, mientras va hacia la puerta—. Yo no maté a nadie, me largo.
No puede irse, es un testigo. Estamos aquí por alguna razón y la policía querrá saber todo. La información es vital, cualquier dato es necesario para cerrar el caso.
—¿Escapas? —le reprocha el fornido, desde aquí noto los ojos oscuros—. ¿Qué escondes, cabrón?
El de la mordaza se da la media vuelta y se acerca en dos zancadas al otro. Están tan cerca, que parece una pelea por ver quien tiene la polla más grande.
—No me acuses, pedazo de mierda —murmura enfadado—. No hice nada malo.
—Pero estás aquí.
Y debemos ser útiles para algo. Hay que organizarnos, facilitaremos el trabajo de la policía.
—Hay que tener una historia para cuando llegue la policía —todos me miran conmocionados—. Y no hay que levantar sospechas. No matamos a nadie, ¿cierto?
Niegan con la cabeza.
—No podemos traer a la policía —dice Dalia, segura—. Seguro querrán inculparnos.
—Hay puta cocaína y mota en la mesa —el fornido la señala—. La posesión de drogas es delito. Juego de delantero en soccer, si me levantan cargos perderé mi beca y mi puesto. No quiero más mierda.
No puedo creer que hay ocho muertos... Siete, pues el de la maceta ya no está; supongo que es el fornido, y a este imbécil le preocupa que le quiten la puta beca. Que agradezca que no le quitaron la vida.
Hay que tener un poco de empatía, los muertos merecen justicia.
—No necesitamos a la policía —mierda, el de la mordaza también concuerda con ellos—. Nos investigarán, involucrarnos en esto no se verá bien en el currículum. Podrían suspendernos y no quiero perder un semestre.
Estoy a punto de explotar, hay muertos, universitarios como ellos y como yo cuya vida se detuvo en un instante. Malditos chicos egoístas. Entiendo que la cocaína, el alcohol y los muertos no se ven bien, pero... Estoy en la casa y no maté a nadie, aunque definitivamente seré sospechosa. Nos harán un examen de sangre u orina, tengo laguna mental, no sé si consumí algo. Si el examen sale positivo... Oh, no, aparte lo de investigarme... No he hecho nada malo, ni ilegal, pero si hurgan en mi pasado encontrarán sucesos que no quiero recordar.
Odio aquí.
—¿Alguien recuerda algo?
Dalia hace la pregunta del millón. El chico del armario parece avergonzado, algo comprensible dado que estuvo encerrado, tenía una mordaza y estaba atado. Literalmente salió del clóset. El fornido niega con la cabeza, traga saliva y frunce el ceño, parece estar concentrándose.
—Fui dónde los Diener —claro, media escuela fue hacia allá—. Todo es borroso, bebí cerveza, pero no para ponerme anal. Y a juzgar por esto ―mira alrededor―, terminé astral.
—¡Yo igual fui a la fiesta! —exclama Dalia, su voz hace eco—. Iba a encontrarme con alguien, pero no llegó. Y me puse muy mal.
El de la mordaza alza los brazos en señal de rendición, dice que también fue a la fiesta: bebió mucho, fue al baño y no recuerda más. Relato mi historia, la laguna mental me hace sentir impotente. Debí haberme quedado a hacer la tarea de Geometría. Ahora Raquel está muerta y yo...Yo...
―¿Conocen a alguien de los muertos? ―pregunto tímidamente―. Es que... No los vi a todos.
No sé por qué dudé en decir que una amiga mía está entre los asesinados. De repente me pareció mala idea.
Dalia no quiere ver a los muertos, pero jura que no es posible que conozca a alguien, el chico de la mordaza dice lo mismo. El fornido se acerca a quien tenemos más cerca (la persona de la mesa) y al descubrirle el rostro, suelta una maldición.
―¡La puta que me parió! Es Neli Torres ―su rostro refleja terror y angustia―. Alguien... Esto va a terminar muy mal.
Neli Torres y seis más. Vale, entiendo que les da terror pensar en los Diener, pero un muerto es un muerto. Aunque no estuviera Neli Torres, esto estaría de la chingada.
―Vámonos ―Dalia también está asustada―. Limpiemos nuestro rastro y finjamos que no estuvimos.
Lo correcto es llamar a la policía, esperar a que vengan y descubrir la verdad, pero no quiero ser investigada.
—Estoy de acuerdo —aspiro una bocanada de aire—. Por cierto, soy Kendra.
El fornido se llama Pavel y el de la mordaza es Sebastián.
La siguiente media hora la dedicamos a limpiar cada objeto y huella que pueda servir como evidencia. Borro mis huellas de la pala, las cerraduras y las malditas huellas de cuando pisé el charco de sangre.
Una vez que nos sentimos seguros, nos largamos de ahí. Aunque vamos hacia el mismo lugar, tomamos caminos distintos. La residencia estudiantil no está lejos, cuando Sebastián busca la ruta en el GPS, vemos que está a diez minutos caminando. Ya son las cinco de la mañana, es tarde, más vale que vuelva pronto, conociendo a Giuliana, puedo jurar que, si despierta y no estoy, empezará a hacer preguntas.
Más tarde, cuando estoy en mi habitación y me cercioro de que Giuliana sigue dormida, meto la ropa en una bolsa de plástico, tomo una ducha y me derrumbo. Lloro por Raquel, por los muertos, por mi ex. En medio de mi desesperación, caigo en la cuenta de lo que falló: El vidrio que me clavé, no lo recogí. Tiene mi sangre así que es evidencia.
Apago el grifo, sin detenerme a secarme, me pongo lo primero que encuentro y salgo hacia la casa.
Cuando llego, ya es demasiado tarde: La policía ha llegado, veo las patrullas y una ambulancia
¿Cómo pude ser tan idiota?
