Perversa obsesión

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Capítulo 6 Cinco

Debo encontrar a Raquel, no me pareció que fuera ninguna de las personas que vi en la sala. Por alguna extraña razón, me viene a la mente el rostro de Tristán Diener, su cabello rubio platinado rebelde, los brazos fuertes, la piel pálida... Joder, este no es momento para andar fantaseando.

Percibo un aroma extraño, como algo metálico. El olor se cuela en mi nariz y me provoca náuseas. Respiro varias veces para acostumbrarme al aroma, no me permitiré vomitar... El retortijón es inevitable, corro hacia la tarja para evitar hacer un cochinero a media cocina, pero apenas doy un par de pasos y resbalo con algo viscoso en el suelo. Alcanzo a sostenerme del borde de una mesa de mármol, menuda de la que me salvé, el golpe habría sido duro.

Maldita sea, ¿qué tiraron?

Busco a tientas el interruptor de la luz en la pared más cercana, pero, un segundo antes de presionarlo, caigo en la cuenta de que hay algo raro en todo: El silencio es anormal. Es tan profundo y denso qué al percatarme de ello, cae un peso sobre mis hombros. No hay voces, no hay insectos, no hay ronquidos.

Se hace la luz y tengo que entrecerrar los ojos para mitigar el brusco cambio. Parpadeo un par de veces y entonces veo la escena que jamás podré olvidar.

La sustancia con la que resbalé es viscosa y rojiza. El olor metálico proviene de la sangre que mana de la herida del pecho de un cuerpo de chica ¡Tiene un cuchillo enterrado! ¿Qué mierda? Esto no es normal, esto no es... Alcanzo a ver otra herida en el cuello, la visión roja es demasiado para procesar.

Mi pulso se dispara y un peso aplastante cae sobre mi pecho, el dolor de cabeza pasa a segundo plano e intento no desmayarme a media cocina. Mi mente se paraliza por unos segundos, quiero correr en dirección contraria, pero las piernas no me responden. Reacciono gracias a que me olvidé de respirar y la sensación de asfixia me golpea.

Inhalo una bocanada de aire y entonces me dejo llevar por el pánico.

Grito, o al menos hago el intento.

Debo avisar a la policía, pero primero necesito algo para defenderme en caso de que el culpable siga aquí. Me acerco a la mesa y tomo una pala. No, esto no servirá de nada. Corro hacia un cajón para tomar un cuchillo y entonces noto la presencia de un segundo cuerpo, es un chico. La cabeza y el brazo están doblados en un ángulo extraño, la mandíbula está desencajada y los ojos sin vida abiertos de par en par reflejan puro dolor.

Esta vez el grito sale con fuerza, sin embargo, es acallado por un potente estrépito que por poco me detiene el corazón. Me debato entre ir hacia la fuente del sonido o escapar; mi mente grita que en las películas de terror el curioso siempre muere, pero si yo estuviera en peligro, querría que me ayudaran. Si termino muerta, sabré que fue por pendeja.

El sonido provino de una habitación con la puerta entreabierta pues es la única habitación de la que sale luz. Aún tengo la pala en la mano, no es tan útil como el cuchillo, pero peor es nada. Si Raquel me abandonó en este lugar de locos, la voy a odiar por siempre.

Tomo una profunda respiración antes de abrir la puerta de un empujón. Esperaba toparme con alguien cubierto con una máscara quien sostuviera un hacha en la mano, esperaba ver a alguien luchando por su vida o simplemente tirado en el suelo porque su ebriedad pudo con él.

Definitivamente ver tirada a Raquel con una soga atada al cuello superó mis expectativas.

Sus ojos color miel están inyectados en sangre y tiene el rostro hinchado con los labios azulados. Bajo su cuerpo está el lavabo convertido en añicos. Aparte, un chico de ojos azules reposa sobre el agua rojiza de la tina. Mira fijamente los azulejos, sus brazos están rajados desde la muñeca hasta el codo, se ve tan relajado que parece estar tomando un baño.

Esta vez no hay forma de evitarlo, vomito.

Hay una tercera persona, una chica de tez negra y cabello negro rizado hasta la espalda. Usa lentes cuadrados muy grandes cuyas micas se ven sucias. Tras los anteojos, un par de ojos grises se abren de par en par, reflejan terror.

No puedo respirar, siento que el aire me quema. ¿Qué mierda pasó? ¿Por qué Raquel está muerta? Ya no podrá construir la carretera, su padre no le cocinará más... Está muerta. Quiero llorar, quiero gritar, pero los alaridos de terror de la chica me impiden pensar con claridad. Trato de calmarla, pero es inútil.

—¡Calma! No grites —claro, como es normal ver muertos en el baño—. Por favor, tranquila.

—¡Estaba colgada de ahí! —señala un barandal roto—. Vine a orinar y se cayó.

Así que eso causó el estrépito. Ay, no, no puedo creer que esto sea real. Quisiera ponerme a llorar junto a la chica, pero mi mente está ofuscada.

—Esto está mal, quien hizo esto... —se me corta la voz—. Tenemos que llamar a la...

Me interrumpe el sonido de varios golpes, son desesperados, aunado a ello, escucho algo parecido a quejidos. La chica deja de llorar y me voltea a ver expectante. Esta vez siento que sí está alguien en peligro. Corro hacia la fuente de sonido, proviene del interior de una habitación; específicamente del interior de un armario. La chica niega con la cabeza dando a entender que no le abra, pero es demasiado tarde, ya estoy destrabando las puertas.

Como si tuviera un cohete en el culo, sale volando un chico con un trozo de tela en la boca a modo de mordaza. Tropieza y cae, entonces me percato de que tiene ambas manos amarradas con un cinturón. Se retuerce como loco en el piso mientras intenta decir algo, así que me acerco a él para quitarle la mordaza.

—¡¿Qué mierda de broma es esta?! —escupe saliva y me cae en el rostro—. DESÁTAME.

Hey, que no me reclame, no soy la culpable. Desatarlo es difícil, me hago un barullo con el nudo.

¿Quién hizo esto? Busco ayuda en la chica, pero está ocupada abrazándose a sí misma.

— ¿Están muy divertidas? Idiotas.

Los ojos claros del chico me miran con furia, su piel blanca adquiere un tono rojizo y traga saliva. A pesar de la poca luz, alcanzo a ver un retazo de barba mal afeitada. No puedo evitar sentir una pizca de ira hacia él, por mil demonios, que agradezca estar vivo, es mejor estar encerrado que desangrado.

—Hay dos muertos en el baño.

Maldita sea la chica inoportuna. No es manera de decir las cosas y menos algo tan grave.

—¿Qué?

El chico se nota incrédulo, furioso y parece que está viendo a dos personas con cabezas de gallina. Nos lanza una mirada irritada antes de salir corriendo de la habitación. Antes de salir, murmurar un: "Pinche gente loca". Intercambio una mirada confundida con la chica, no pasan ni cinco segundos cuando oímos una exclamación seguida de un golpe.

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